Farewell, Laia…

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Se llama Laia. Treintañera. Periodista. Catalana. Contacta conmigo y se me presenta de una manera que hasta podría parecer una temeridad: me dice que fue corresponsal en un lejanísimo país de un periódico catalán del tipo histérico del que yo me tuve que ir después de que me censuraran un artículo. No contenta con introducirse así en mi vida, va y añade que ahora está en Londres y que prepara una serie de videoreportajes en inglés sobre la cuestión catalana, en el marco de su tesis doctoral pero también para “venderlos” a medios de comunicación británicos. ¿Estoy ante una loca de la vida o ante una agente de Oriol Junqueras? El caso es que le digo que sí, que se venga.

Entra por la puerta y al verla pienso: viva la intuición, qué bueno que todavía me quede la suficiente para acochinar a la comodidad y al miedo. Es ver a Laia y tener la inmediata certidumbre de que no me he equivocado. Hay algo tan vívido y tan despierto en su manera de andar, mirar, hablar y plantar la Nikon con su pequeño y esforzado trípode, la luz, etc, que afianza mi confianza para colaborar con ella en lo que sea.

Que a todo esto todavía no me queda muy claro en qué. ¿De verdad se cree que a mí me resulta tentador, ahora mismo, que me entrevisten junto a una galería de feroces partidarios de la independencia catalana? Tal y como está el patio, es para temerse que en la sala de montaje del vídeo me sometan a alguna manipulación o al peor escarnio. Y sin embargo, todo en mí se fía de esta chica. De Laia. Me pongo por instinto en sus manos. Me dejo entrevistar en el salón de mi casa y en inglés. Así, a pelo, yo que tuve que aprender la lengua de Shakespeare a toda pastilla y en plan casi autodidacta cuando hace nueve años me fui a Nueva York. De repente me doy cuenta de que me importa un rábano si confundo algún pronombre o participio, tantas ganas tengo de expresarme. Tan a gusto me siento.

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Poco a poco, ya a cámara apagada, se va haciendo la luz. Laia me cuenta su vida y milagros. Como de jovencísima se marchó por su propio pie y con lo puesto al lejanísimo país (¡China!) en el que fue corresponsal de ese periódico catalán del tipo histérico de donde mira por donde las dos salimos huyendo, cada una por razones distintas, aunque no tan desvinculadas en lo profundo. Yo porque me censuraron un artículo, ella porque le habían prometido que escribiría sobre temas de Asia y a la hora de verdad, perplejos al descubrir que Asia no era un suburbio de Reus, la pusieron a escribir de Berlusconi y sus velinas. Sin poner ni una sola vez los pies en Italia, faltaría más. Qué gran manera de rentabilizar el talento y las ganas de la gente joven.

Me cuenta Laia que ahora está en Londres apurando el doctorado y una beca Erasmus tras la cual se abre el vacío. Si pilla una corresponsalía española allí se va a morir de hambre o de frío (tendrá que elegir entre comer y pagar el alquiler). Si trata de trabajar en un medio británico tendrá que competir hasta con el último becario local en inferioridad de condiciones. Aun así yo le advierto: “pues haz lo que sea, menos volver”. Ni a Cataluña ni a España ni mucho menos al periodismo que se practica por estos lares. Ella que es joven y libre, sin ataduras como hijos, y cuya suma de talento, entrega y determinación roza lo insultante, cuanto más lejos, mejor.

Le cuento mi teoría de que en este país, cuando las cosas van bien, hay trabajo para todos, hasta para los mejores; pero cuando van mal, como ahora, sólo se colocan los peores. Los más abyectos y trepas. Los que nunca han perdido ni perderán un minuto trabajando o formándose porque conspiran a tiempo completo. Porque le dan una constante y siniestra vuelta de tuerca a aquello tan bonito de la férrea solidaridad familiar de nuestra cultura latina. Y es verdad que aquí nos ayudamos entre nosotros más que los anglosajones. Pero por lo mismo nos ayudamos a dejar en la cuneta al que de verdad vale para colocar a nuestro primo, cuñado o mero compinche así nos conste por activa o por pasiva que es una pura calamidad. Para nosotros la microlealtad predomina sobre la macro. Es decir, el nepotismo cotidiano se impone por sistema al mérito.

No pasa nada cuando ese llamémosle mecanismo de redistribución social de las oportunidades (ejem) queda por debajo de cierta masa crítica. Es decir, cuando todavía se permite que lleguen a puerto algunas personas capaces, enderezadoras del simpático (o no tanto) desastre del conjunto. Lo malo es cuando ya no se permite subir a bordo nadie que sepa nadar.

¿Vamos a empezar a parecernos a Cuba, esa isla de la que desertan los inteligentes y sólo se quedan los listos, los campeones de esa listeza que sólo sirve para echar sal al campo? ¿De cuántas Laias nos podemos dar el lujo de prescindir? La recuerdo agobiadísima por unos problemillas que tuvo con la cámara, muerta de vergüenza porque había que repetir parte de la grabación, pidiendo mil veces perdón por cada pequeño detalle que no funcionaba. Y cada vez que pedía perdón por no ser perfecta yo me la habría comido a besos. Qué pena no poder trabajar nunca con ella. Que la gente así no pueda volver jamás.

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