Penando con Isabel

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Isabel Pantoja, el pasado mes de octubre, llegando a la Audiencia Provincial de Malaga, donde ha sido juzgada. / Efe
Isabel Pantoja, el pasado mes de octubre, llegando a la Audiencia Provincial de Malaga, donde ha sido juzgada. / Efe

Acabo de firmar la petición de change.org para que indulten a Isabel Pantoja. Lo he hecho un poco porque sí, porque esa mujer me cae bien, quizás por encontrarse en unas fascinantes antípodas de mí misma, y porque es difícil no dejarse fascinar además por su tenaz, empecinada desgracia. Por esa bata de cola de la tragedia que lleva toda la vida caracoleando tras sus ancas.

Dícese de la Pantoja que es víctima de una maldición gitana que en su día le habría lanzado Lola Flores por hacer ostentación del amor del difunto Paquirri cuando tal ostentación todavía podía herir los sentimientos de una hija de la Faraona. ¿Leyenda urbana, por no decir lorquiana? Puede. Pero si es cierta la literalidad que se le atribuye a esta (“este amor –por Paquirri- no te va a durar lo que tú quisieras, y tú no vas a ser feliz con ningún hombre”…), juzguen ustedes.

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Juzguen también, si tienen tiempo, la hechizante pervivencia de la España más cañí, y como esta sale arquimédicamente a flote con todo el reflujo fecal de la corrupción. Es como si se hubieran atascado al unísono todos los wáteres de este país y no cupiera depositar en ellos ni una sola hez más. Ni la más pequeñita. Hay que limpiar a fondo antes de seguir excretando.

El caso Pantoja acredita que la famosa corrupción no es ni ha sido nunca sólo política. Que cuando la ciudadanía clama contra los Bárcenas y los Matas, contra los ERES (¿cuántas medallas de Andalucía no habría o habrá que descolgar de cuántos cuellos, cuántos honores a pie y a caballo no veremos derrumbarse como el monumento a Jordi Pujol en Premià?), contra Iñaki Urdangarín y su señora Cristina, contra el alcalde de Parla y contra el alcalde de Collado Villalba, etc, etc…en fin, que mucha de esa ciudadanía peca de farisea y de hipócrita.

¿Cuántos periodistas de investigación, real o presunta, cuántos tertulianos que chasquean la lengua como látigo contra corruptos no hacen cola por entrar en la pecera de los peces gordos, no se pirran porque tal y cual les inviten a una comida en sitio VIP, un fin de semana largo en el Caribe, un viajar de gorra a ver la Roja a Brasil?

¿Y esos escritores y hasta poetas de inmaculada y agresivísima ultraizquierda que luego se dedican a copar toda la cultura fáctica de Despeñaperros para abajo, donde no permiten que se gane un premio o una beca por otro mérito que el de ser amigo de ellos? ¿Cuántos primos, cuñados, hermanos grandes y pequeños no dan cotidianamente el coñazo para que les consigas cosas en este país? ¿Les he contado que tuve un suegro que en el aeropuerto de Barajas le dejaban pasar a donde no pasa nadie que no lleve en la boca una tarjeta de embarque, sólo por ser del mismo pueblo que el guardia civil que controlaba el acceso?

Jesús, extrañarse de que haya corrupción política en este país es como extrañarse de ver pingüinos en el Polo. ¿Y qué otra cosa va a haber en un país que se pirra por el pícaro, especialmente por la modalidad de pícaro que se lo lleva muerto sin dar palo? Es verdad que por ejemplo en Estados Unidos admiran frenéticamente, demasiado frenéticamente en mi opinión, a quien tiene pasta. Pero porque relacionan pasta y mérito, porque creen a pies juntillas que todo aquel que es rico ha hecho algo para merecerlo. Cuando Bernard Madoff (¿se acuerdan?) cayó, sus propios hijos se lamentaban, más incluso que de descubrir que su padre era un ladrón, de tener que asumir que no era, que nunca fue, un mago de las finanzas, un superdotado de Wall Street. Que aquellas deslumbrantes inversiones aparentemente infalibles tenían truco.

En España, en cambio, va la gente y se quita el sombrero con el pequeño Nicolás, como si este tipo hubiera hecho algo grande en la vida. Precisamente porque no, porque ha ganado fama sin merecerlo, por eso se lo quitan. El sombrero. Y con él la tapa de los sesos y del sentido común.

Qué cutre es todo, y qué triste que puestos a ejemplarizar le haya tocado a Isabel Pantoja, a la que, excepto cantar, nada ha salido bien en la vida, volviendo al principio de este artículo.

Y volviendo al fondo de la cuestión: la extrema, inusual dureza con que se ha querido castigar a Isabel Pantoja, tensando la horquilla punitiva al máximo, tiene que ver, o así entiendo yo que se argumenta, con la necesidad de “ejemplarizar” porque los capitales que la tonadillera ha blanqueado procedían de la corrupción política. Del sumidero enorme que antes decíamos.

De acuerdo, pero el caso es que no era ella la corrupta. Ella era la que pasaba por allí. Será verdad que se aprovechó, que fanfarroneó, que se dejó arrastrar por los ¿encantos? de Julián Muñoz a un tren de vida tan galopante como miserablemente hortera…pero el corrupto era él, él, él. Sólo él era el alcalde, el guardián de los dineros públicos y hasta, si me apuras, de la pública decencia. Ella fue la deslumbrada por ese sol de cartón piedra. Como los hijos de Madoff.

Mandar a la Pantoja a la trena será legal y será ejemplar. Puede ser incluso lo que esta España, esta fuente de corrupción con cinco chorros, necesita para sanar. Yo sólo digo que si cuaja esa severidad, ese listón de exigencia, muy poquitos o hasta ningunito van a salvarse de la quema. Porque aquí a lo de odiar el delito y compadecer al delincuente definitivamente le hemos dado siempre una vuelta de tuerca muy viciosa... Aquí por el delincuente nos pirramos. Por lo menos hasta que la crisis dispara la envidia masiva (nada que ver con la virtud, me temo).

Insisto en que esta mujer, Isabel, me da pena. Mucha. Y España más.

3 Comments
  1. Cristina says

    Lúcido artículo en muchos puntos.
    No comparto su percepción de filias y fobias hacia los corruptos , los ladrones y sus «amigantes».
    No he leído la sentencia ni tampoco voy a perder mi tiempo en hacerlo; pero doy por hecho que si ha sido juzgada y condenada por un tribunal, tiene que cumplir su sentencia…y punto.

    » me gusta utilizar la palabra amigantes porque rima con mangantes». E. LLedró

  2. blanca says

    Supongo que Grau sentirá la misma pena por Maite Zaldívar, y en breve le dedicará un artículo similar.

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