MIGUEL MUÑOZ | Publicado: - Actualizado: 11/1/2017 16:24

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Imagen de la cabecera de la manifestación celebrada el pasado 26 de octubre y convocada por asociaciones de expresos antifranquistas e inmigrantes. / lacomunapresxsdelfranquismo.org

En el castizo distrito madrileño de Carabanchel, pervive la memoria de un edificio. Simbólico para el franquismo por ser un recinto por el que pasaron numerosos presos políticos en el franquismo. Simbólico, hoy en día, porque la única parte que queda en pie de aquello, lo que era el hospital penitenciario, alberga un Centro de Internamiento de Inmigrantes (CIE). A finales del mes de octubre, colectivos sociales, de ex-presos y en apoyo de los inmigrantes volvieron a manifestarse para pedir que en esos muros se construya un centro por la memoria.

La petición es histórica. En 1998 se decidió el cierre definitivo. Cuatro años después se dieron nuevos usos a parte del edificio y se abrió el CIE. Pese a las peticiones de diferentes asociaciones para que se construyeran servicios públicos como un hospital o el mencionado centro por la recuperación de la memoria histórica, en 2008 fue derribada definitivamente. Colectivos como La Comuna Presos del Franquismo o la plataforma Salvemos Carabanchel, entre otras, aportan su granito de arena para mantener esta lucha viva.

Miles de personas han pasado días, meses o años encerrados allí. Existen infinidad de historias personales ocurridas dentro y fuera de la cárcel de Carabanchel. Cuartopoder.es ha recogido dos de ellas. Por un lado, la del ex-preso antifranquista Luis Puigcercús, encerrado a principios de los años 70. Por otro, la de Aliu Diallo, inmigrante africano que pasó un mes por el CIE en el año 2009.

Luis Puigcercús Vázquez, “Putxi”

“Yo me hice rojo por el asesinato del Che Guevara”. La vida de Puigcercús, Putxi para los amigos, en el barrio madrileño de San Blas a finales de los años 60 cambió cuando dentro de su grupo de amigos empezaron a “cansarse de contar chistes y chascarrillos contra Franco”. El paso lo dio en 1969 comenzando a militar en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). Tenía 18 años y ya trabajaba como tipógrafo. “Empecé a darme cuenta de que la publicidad que hacíamos estaba mal impresa, no se leía muy bien y tenía erratas”. Putxi consiguió que su partido le montara la imprenta que él había solicitado. Pequeña y artesanal, con un trabajo “lento, pero precioso”. “La policía se dio cuenta de un salto cualitativo en la propaganda del FRAP”, afirma. Allí se imprimían octavillas, carteles, algún libro y el periódico Vanguardia Obrera.

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Luis Puigcercús, más conocido como Putxi, expreso antifranquista en Carabanchel. / ElGarajeediciones

El aparato de propaganda del que formaba parte preocupaba a las autoridades hasta el punto de que en octubre de 1972 se lanzaron a por aquella imprenta. Para formar parte de aquel grupo era imprescindible no tener antecedentes penales. “Nos detuvieron. Nunca había estado ni en comisaría y para mi supuso una especie de trauma. Aquello era tétrico. A mi no me torturaron, simplemente me amenazaron con matarme. Yo tenía claro que no iba a hablar, era una de las obligaciones del militante. Hay que tener esa actitud sin ponerte límites. Por principios. Y saber que no vas a hacerlo aunque te maten”. Tras un breve paso por la Dirección General de Seguridad (DGS) llega a Carabanchel, ya encausado con 10 años, 5 por asociación ilícita y otros 5 por propaganda ilegal.

“Nada más entrar en la cárcel pensé en asumir lo que iba a pasar. Yo militaba, sabía que me podían matar, torturarme o encarcelarme. Antes de entrar sólo sabía cosas de allí por compañeros que habían estado, aunque como éramos un partido joven no teníamos mucha experiencia en esto”. Otra actitud que tomó Putxi fue la de “estar muy pendiente para recordar lo que pasaba allí dentro para no olvidar lo que el fascismo hacía con las personas que luchaban por una sociedad más justa”. Como, afirma, tiene buena memoria, esos recuerdos han sido plasmados en un libro, “Propaganda Ilegal” que se publicó el año pasado.

Dentro, los presos pasaron de “militar en la calle a militar en la cárcel”. Se hacían grupos de estudios, se debatía y se vivía solidariamente dentro de las llamadas comunas. “No sería el mismo sino hubiera pasado por la cárcel. Me hizo mejorar como persona, como militante, luchador y revolucionario”, explica Putxi, que define la cárcel como una especie de queso Gruyere por donde “pasaba de todo”. “Nunca he leído tantos libros de marxismo como allí. Nunca había cantado tantas canciones revolucionarias como dentro”. La importancia de la unidad en las comunas era clave y les hacía tener “cierta fuerza”. No sólo a nivel administrativo, juntando el dinero y las pertenencias para repartirlas, sino a todos los niveles. Putxi fue portavoz, “madre”, de una de ellas.

“Teníamos unas parcelas de libertad arrancadas con nuestra lucha. Los funcionarios sabían que no podían tocar el pelo a uno de nosotros sin hacerlo al resto. Daba fuerza y moral, una cosa fundamental”. A pesar de eso, había momentos duros. “En Carabanchel me dieron una paliza. Me tocó un repaso en el que me fastidiaron un riñón. Era la primera vez en mi vida”. “Teníamos que luchar contra el fascismo estando en su manos. Los funcionarios eran fascistas que cumplían el régimen a rajatabla”, añade.

Putxi llegó incluso a planear una fuga. “Descubrí un respiradero en el que había un hueco, seguramente con un candado, que daba al ático de la cárcel”. Su idea no fue aceptaba aunque recuerda como en 2009, en una de las visitas realizadas a las ruinas del centro, muchos coincidieron en que hubiera sido posible.

En total, Putxi pasó dos años en Carabanchel, un período más largo de lo habitual. De allí fue enviado a Jaén y posteriormente a Palencia. En la primera recuerda uno de los momentos más dolorosos de su vida al enterarse del asesinato de Puig Antich y de los 5 presos ejecutados en septiembre de 1975. “En la cárcel no podías hacer más que comerte los puños o llorar”. En su último destino vivió la muerte de Franco con “alegría” y acompañado de algunas bebidas que habían podido pasar.

Con la ampliación de los indultos gracias a la presión de familiares, Putxi salió en libertad poco después. Se volcó de lleno con la petición de amnistía y empezó a colaborar con asociaciones vecinales, el sindicato CCOO o la asociación de amistad Hispano-Cubana. Luego, junto con otros compañeros, formó la asociación La Comuna. “Estamos cumpliendo nuestra pequeña labor”, señala respecto a los últimos encausamientos por parte de la justicia argentina.

En el horizonte, Putxi contempla con cierta esperanza el discurso de Podemos. Incluso asegura que Pablo Iglesias le comentó en una ocasión que si llegaban al poder “iban a darle la vuelta a todo” en el tema de la memoria histórica. Pero mientras, sigue luchando porque es “su obligación”, reitera en varias ocasiones. “Hay que pasar la página. No romperla, pasarla. Pero que esa página se vea y no se arranque. No hay que olvidar jamás. Nunca”.

Aliu Diallo

El 27 de mayo de 2006 un barco se encontraba parado, sin gasolina, sin alimentos a 150 kilómetros de las costas de Tenerife. En su interior, cerca de 80 personas procedentes de África. Aliu Diallo, con 22 años entonces, y natural de Guinea-Conakry, fue la última persona en pasar de ese barco al de Cruz Roja una vez efectuado el rescate. “No podía casi ni levantarme cuando vino el rescate”, afirma.

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Aliu Diallo, ciudadano guineano que lleva 8 años en nuestro país y pasó un mes en el CIE de Aluche. / M.M

“En mi país a veces uno se levantaba por las mañanas y no había nada para comer. Había mucho sufrimiento. Y con pocos apoyos”. Así responde Diallo a la pregunta de por qué decide venir a España. Tras ganar algo de dinero con el comercio ambulante marchó primero a Senegal donde escuchó contactos que podían colocarlo en un barco hasta Canarias. “Decidí irme a buscarme la vida, en África mucha gente tiene ese pensamiento constantemente”.

Tras el rescate y un reconocimiento médico trasladaron al grupo a unas instalaciones de acogida en Tenerife. “Allí me quedé hasta el día 5 de Junio. Ese día nos llamaron pero no sabíamos para qué. Nos subieron a un autobús hacia el aeropuerto, la mayoría pensábamos que nos iban a repatriar. Duró el vuelo mucho, nadie nos dijo nada de dónde íbamos”. Pero llegaron a Barajas y de ahí fueron a Aluche, a la Brigada de Extranjería. “Nos repartieron por asociaciones, yo me quedé con el Colectivo La Calle. Nos llevaron a un piso, eso era un lujo. Nos orientaron y acompañaron. Daban clases de español también. También fuimos a otra asociación, Karibu, donde cogimos algo de ropa, sobre todo”.

Diallo siguió adelante gracias al apoyo asociativo, cambió de residencia y comenzó a salir al hospital de La Para aparcar coche, su primer “trabajo” en nuestro país. “La policía nos echaba muchas veces”. De ahí, con ayudas de amigos consiguió un trabajo de ayudante de cocina. Le iba más o menos bien pero ya empezaba a tener problemas con los controles de documentación. Se quedó sin trabajo. “Un día en un locutorio, que había muerto un primo mío y estaba llamando, vino la policía, entró y nos hicieron colgar. Nos pidieron la documentación, yo estaba muy enfadado y nervioso. Me pidieron algún documento que me identificara, pero yo no tenía nada. Nos llevaron a todos en autobuses, incluso a la responsable del locutorio”.

Era el 14 de octubre de 2009 y tras pasar dos días entre comisaría y los Juzgados de Plaza de Castilla, llegó al CIE de Aluche. Fuera, sus amigos comenzaban a trabajar para que no lo repatriaran. “Nada más entrar al CIE te vuelven a quitar hasta la ropa, a pesar de que nos habían registrado ya varias veces. Te dan un número y es por el que te llaman”, explica Diallo. De los primeros momentos dentro se acuerda de la la enfermera. “Cuando llegué ahí estaba sentada, alejada de ti, te preguntaba qué te dolía o qué tomaba. Pero ni te tocaba, estaba a una distancia como si se asustara de ti. Desde ahí decidí que no iba a volver ahí aunque me muriera”.

Describe las celdas abarrotadas de gente y con dificultades para salir al baño si era necesario. La comida, buena o mala dependiendo del día. De la relación con los otros internos señala que “era importante apoyarnos y lo hacíamos”. “Jugábamos al parchís dibujando cosas en papeles, y cosas así. Lo que pasa es que igual estabas con alguien y al día siguiente se lo llevaban”. Cuando eso pasaba, Diallo recuerda como te podían atar con fuerza para llevarte fuera si te resistías. Eso solía pasar por las mañanas temprano. Sobre los policías, “depende, había algunos muy violentos que no te dejaban salir al patio”. “O te bajaban a un sótano que era el sitio de castigo”, explica.

Afortunadamente Diallo no pasó por eso. Recibía algunas visitas de amigos de Karibu. “Esperaba que me repatriaran, pero la gente me daba esperanzas para salir”. Y salió. Algo que recuerda con mucha alegría. “Era por la mañana, estábamos en el patio jugando al fútbol, me llamaron por mi nombre en vez de por el número. Subí y todo el mundo empezó a gritar libertad. Incluso algunos policías que bromeaban conmigo también se alegraron”. Cuenta, entre risas, que algunos funcionarios lo llamaban Obama por su parecido físico.

Diallo sigue con su vida, evitando pasar por ciertas zonas donde sabe que hay muchos controles. Sigue sin poder regularizar su situación y, de nuevo gracias a amigos, consigue algún trabajo puntual en mudanza, jardindería o limpieza. “Los CIE son centros que no debían existir, son inhumanos y tenemos que hacer nuestra vida libre aunque no tengamos nada. No pueden privarnos de libertad”, afirma. Tiene dudas al responder si venir ha merecido la pena. “He sufrido mucho pero tengo la suerte de tener muy buenos amigos. Si estuviera en África no sé que podría hacer, no hay estabilidad, no hay tranquilidad”.

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