De donde crece la palma

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Un bicitaxista con la bandera de EEUU decorando su vehículo espera la llegada de clientes, ayer jueves, en La Habana. / Alejandro Ernesto (Efe)

Vuelco redondo del alma. Campanitas azules en las sienes. Mariposas amarillas en el estómago. Gratitud recién tierna como el pan. Ganas locas de salir a la calle a cantar y a reír. Y eso que estoy en la otra punta del mundo.

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Cuba estuvo siempre en un rincón de mi corazón muy difícil de barrer con la escoba de la razón. Donde anidan mis tres Cubas como las tres heridas de Miguel Hernández, porque tres veces la conocí, la quise, la desquise y la volví a querer. Porque no se eligen los sentimientos.

Mi primer contacto, mi primera idea de Cuba, se forma en 1991. Es posible que yo confundiera entonces la inocencia con la revolución y ambas cosas con la dignidad de todo un pueblo, de todo un mundo. Sólo sé que yo no quería irme de ahí. Que me dolía ser de otro sitio.

Con el tiempo descubres que precisamente los pueblos mejores son los más expuestos a lo peor. Aquellos con los que más se encarniza a veces cierto veneno histórico.

Volví a acordarme de la vigorosa, malhadada inocencia cubana, al conocer Camboya. Donde me negaría a visitar los campos de la muerte precisamente porque el horror, por desgracia, es lo menos original del mundo. Se huele y se comprende demasiado rápido. (¿A que sí, Hannah Arendt?)

Es lo otro, el delicado y frágil perfume de lo que pudo ser el edén, de toda una manera de ser que empieza trágicamente a deshelar, lo que hay que perseguir y aprehender como sea.

Aquel, mi primer e ilusionado contacto con Cuba incluyó un tête-à-tête con Aleidita Guevara, hija del Che, a la que tuve el 'morrazo' de juventud de pedirle cuentas. De decirle, Dios me perdone, que la política (y las revoluciones) eran para hacer felices a los pueblos, no para hacerlos perfectos.

Mal rollo, claro.

Mi segundo viaje a Cuba se entiende bastante bien leyendo este reportaje que muchos años después, en 2010, publiqué en FronteraDe. Echándole mucha ironía y mucha guasa, claro está. Menuda es una. Pero a buen entendedor…

Y ya luego en 2012, cuando le calcé esta entrevista a Yoani Sánchez para el diario ABC. Por cierto, calendario en mano, qué vidente la tal Yoani, ¿no?

En cualquier caso, para entonces Cuba ya no era ni el poema de Lorca sobre volver eternamente a Santiago ni era mi Macondo portátil. Era más bien un infierno a medida, un garrote vil de las ilusiones, tan apretado que no te atrevías ni a salir del hotel. Que te refugiabas en lo exterior, en lo extranjero, para no asistir a la feroz degradación de tanto paraíso.

Ya allí el mundo no se dividía entre ricos y pobres, entre disidentes y crédulos, entre soñadores y materialistas, entre comunistas y lo otro. Ya todo eran distintos pero generalizados grados de abyección a los que nadie podía escapar como no fuera de verdad, físicamente.

“Me da asco que entren los de Miami, que destruyan aquello”, me dice un amigo. Y yo lucho, sin demasiado éxito, por hacerle ver que la delicada burbuja de prodigio hace tiempo que estalló. Que fue aplastada por los sucios dedos del turismo y de la Historia. Más cruelmente de lo que lo habría hecho cualquier capitalismo normal, por hortera y por implacable que este fuese.

Estados Unidos admite al fin que lleva cincuenta años cagándola en Cuba. Obama le ha echado huevos o, si se quiere, le ha echado no tener nada que perder, excepto sus cadenas en el Capitolio. Raúl Castro, un poco lo mismo. El futuro ha de devorarles a ambos como Saturno a sus hijos.

¿Quién ha ganado? Difícil de decir. Porque si lo piensas ni siquiera ellos, los de entonces, fueron nunca de verdad los mismos. ¿Y si se pudiera volver a empezar la leyenda de cero? ¿A creer desde el principio? ¿A construir algo cierto con nuestros sueños?

Les dejo con la, en mi opinión, más hermosa versión que se ha cantado nunca del Guantanamera de José Martí. Con la garganta de luz y el corazón alborotado de palomas salvajes de Pete Seeger.

Porque alguna vez, en alguna parte, we shall overcome. Para que no haya siempre que esconder el corazón bajo toneladas de razón. Y de fingida guasa.

junbrukeat (YouTube)