ANNA GRAU | Publicado: - Actualizado: 8/1/2017 21:38

Discapacidad_políticas_públicas
Portada del libro de Susana Rodríguez Díaz.

Lo que son las cosas. Me empiezo a leer un libro porque conozco a la autora (Susana Rodríguez Díaz, socióloga transgresora que ya me subyugó con una historia irreverente del tabaco…) y me encuentro con algo que me pone los pelos de punta. Y las neuronas en alerta roja.

A ver. Ya sé que leer cuesta. Pero coño, hagan un esfuerzo. Título: Discapacidad y políticas públicas, por la antedicha Susana Rodríguez Díaz (no confundir con su semitocaya andaluza) y por Amparo Cano Esteban. Subtítulo: La experiencia real de los jóvenes con discapacidad en España. Edita Catarata. De ahora mismo, de ya.

Yo entiendo que con ese título de entrada apetece más tirarse a las Cincuenta Sombras… pero háganme caso y no se salten este libro. No se lo salten y no dejen de pensar a la sombra de sus páginas.

Se trata de un estudio de cómo se han implementado en España las políticas de integración de los discapacitados en la sociedad y de qué balance puede hacerse de las mismas. Es un análisis desgajado de otro mucho más amplio, de una comparativa internacional y a lo largo del tiempo, que incluye un penetrante estudio de cómo ha sido vista, definida y tratada la discapacidad física o psíquica desde la Roca Tarpeya de Esparta hasta nuestros días. Pasando por la idea de que toda deformidad del cuerpo o de la mente era un castigo divino, una ocasión para la caridad cristiana, un foco de derechos sociales, etc, etc.

Lo más interesante y a la vez aterrador de este estudio es que a través de su objetivo tan aparentemente parcial y concreto desencadena una entera visión del mundo. De NUESTRO mundo. Oigan, y no es una visión que guste. Es una visión que de repente te deja tiritando en un pasillo del hotel de El Resplandor…¿se acuerdan?

Poco a poco, sin estridencias maniqueas ni políticas, con científica suavidad, casi diría yo que con maternal paciencia, Susana Rodríguez y Amparo Cano nos llevan de la mano a reflexionar sobre qué se entiende exactamente por discapacidad. Que no es otra cosa, en el fondo, que alteridad. Que otredad. Discapacitado es todo aquel que se aparta de la norma de perfección física (y psíquica) y productividad económica que todos nuestros sistemas vigorosos de pensamiento han apuntalado sin desmayo y el capitalismo y sus recientes muletas socialdemócratas han llevado al cénit.

Abreviando y simplificando: hubo un tiempo en que a los discapacitados, imperfectos o simplemente distintos se les arrojaba por un barranco, se les dejaba abandonados en mitad del campo, se les recluía en horrendos limbos de castigo. Con el tiempo se tendió a medicalizarles, pero siempre manteniendo las férreas fronteras de la exclusión. Hasta que llegó la gloriosa edad dorada del progreso para todos, los derechos ilimitados para todos, la libertad universal. Y hete aquí que se prometió ElDorado sin barreras arquitectónicas ni estéticas ni morales ni…

Cuento chino, claro. Esa es la primera conclusión del estudio. Por supuesto las autoras lo plantean con más dulzura y más educación que yo. Pero en esencia hay lo que hay.

Cuento chino por dos cosas. Primero, porque, según se nos demuestra aquí con los implacables datos en una mano y una devastadora lucidez en otra, muchas cosas se han hecho tirando por lo facilón y por lo de cara a la galería. Los oficialmente discapacitados a duras penas llegan al 10 por ciento de la población. Poca capacidad de presión tienen si los comparamos con los funcionarios o con los futbolistas de élite. Se les ha barrido bajo la alfombra del gueto o del eterno abuso/mitificación del “cuidado femenino”, magistral e irónica expresión con que Susana y Amparo nos recuerdan quién paga el pato aquí de todas las contradicciones del maldito sistema…

Mencioné antes el capitalismo y sus “muletas socialdemócratas”. De nuevo la expresión es mía, no de las autoras del estudio, que si la leen seguro que me regañarían o me tomarían por una mala pécora de derechas. Pues paso yo a explicarme: ciertamente la socialdemocracia trajo el Estado del Bienestar a Europa en su día. Pero de un tiempo a esta parte se lo está cargando. Vaciándolo de contenido y de sensatez. Negándose a sumar dos y dos y a hacer los ajustes necesarios para propiciar un nuevo reparto más justo de la riqueza… que nos obligaría a muchos a prescindir de muchas tazas de sopa boba a las que ya nos habíamos acostumbrado.

Es mucho más fácil, políticamente y humanamente mucho más llano, ir soltando lastre por lo bajini. Con disimulo. Dejando en la estacada a colectivos poco visibles. Como los discapacitados, precisamente. Cuando la crisis aprieta y además ahoga, cuando no hay para todos, maricón el último, ¿no? Antes se atrapa a un mentiroso o a un egoísta social que a un cojo…básicamente porque este último no tiene a donde escapar. A donde intentar huir.

La tremenda realidad que este estudio introduce es que pudiéndose hacer mucho más por integrar a los discapacitados no se hace, que incluso lo que se hacía va dejándose de hacer, y que eso no es casualidad ni despiste sino fatal e inexorable consecuencia de un endurecimiento del corazón del mundo que nos aleja de los más locos sueños progresistas para hacernos retroceder mucho más cerca de la Roca Tarpeya.

El problema es que los discapacitados son sólo la guinda del pastel…dependiente. ¿Cuánto falta para que el lastre a soltar no sean simplemente todos los viejos, todos los enfermos o incluso los niños?

El capitalismo es muy malo, eso ya lo sabemos. Ojalá nos pusiéramos todos finalmente de acuerdo para parar la máquina del crecer a cualquier precio. Pero, mientras eso no ocurra…¿no hay cierta clamorosa y espantosa contradicción entre chillar cada día más fuerte porque nos quitan tal o cual derecho, a la vez que miramos para otro lado cuando decaen los derechos de los demás? ¿Qué es esto, la ley del más fuerte o la ley del más jeta?

¿O incluso del más imbécil, habida cuenta de que todos, todos, todos, si una muerte prematura y súbita no lo remedia, algún día nos caeremos de decrépitos, de dependientes y de inútiles? ¿No es palmario que todos, todos, todos, seremos discapacitados algún día si es que no lo somos ya?

¿Cuánto falta para que vengan a por mí, como diría Brecht, precisamente porque yo aprendí a no mover un dedo por nadie más, dándomelas de archirrevolucionario encima?

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