Rajoy consigue el objetivo de repetir las elecciones, por el que optó la noche del 20D

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Calendario electoral. / Elaboración: Ana Isabel Cordobés

Al contemplar el desastre electoral del PP, Mariano Rajoy redujo su análisis a un dilema: “Gran coalición o nuevas elecciones”. Sus colaboradores en el Gobierno y en la dirección del PP, con Jorge Moragas de coordinador, tomaron nota y no tuvieron que esforzarse en explicar la ocurrencia de un gobierno a la alemana. Las palabras del dirigente del PSOE, Pedro Sánchez, tildando de “indigno” a Rajoy ante las cámaras de televisión y de éste llamándole “ruin y miserable”, todavía resonaban en los tímpanos de los españoles. ¿Quién en su sano juicio podía esperar que los cinco millones y medio de votos socialistas fueran empleados para mantener en el poder a quienes, anegados por la corrupción, han cargado todo el peso de la crisis y el saneamiento económico sobre los trabajadores? Ergo, la conclusión estaba clara. El propio Rajoy prescribió tranquilidad y buenos alimentos a los miembros de su Gabinete en funciones “porque la cosa va para largo”. La llamada “cosa” era la gobernabilidad, que ayer se demostró inviable tras la última ronda de consultas del rey, lo que aboca a nuevas elecciones el 26J. El último pleno de la legislatura más corta de la democracia se celebra este miércoles y está previsto que el rey firme el decreto de disolución de las Cortes y la convocatoria de las nuevas elecciones el próximo 2 de mayo, que es cuando se cumplen los dos meses de la primera votación de la investidura fallida de Sánchez.

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Rajoy estudió la táctica a seguir y decidió quedar quieto, parado. Aunque, siguiendo las enseñanzas de Norman Mailer, convenía dar espectáculo al pueblo de vez en cuando y ofrecer unas escenas de sofá con el secretario general del PSOE y con el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, por separado, proponiéndoles la gran coalición, lo cierto es que acudió a la primera y a la segunda ronda de consultas del rey Felipe VI de Borbón con su negativa a someterse a la investidura para formar gobierno porque carecía de los votos necesarios, según dijo, y, por otra parte, porque no estaba dispuesto a realizar ningún esfuerzo para conseguirlos, aunque eso no lo dijo.

Su táctica de quemar a Sánchez, por el siente una tirria mal disimulada, como se vio cuando le dejó exprimiendo el aire con la mano tendida, le proporcionó el resultado que esperaba: el rey encomendó al candidato del segundo partido más votado la tarea de sumar apoyos para ser investido presidente. Y Sánchez aceptó el encargo por responsabilidad y para desbloquear la situación, según dijo. Entonces Rajoy no ocultó que tenía medio camino hecho. Y el 18 de febrero, dos semanas antes de la sesión de investidura de Sánchez, desveló en conversación con el primer ministro británico, David Cameron, que se repetirían las elecciones el 26 de junio.

“Tenemos sesión de investidura en marzo -le dijo a Cameron- y yo creo que no va a salir. Lo más probable es que haya elecciones el 26 de junio”. El inglés, que no habla castellano, se sorprendió al oír al traductor y dijo: “Esa podría ser la fecha del referendum” (para decidir la permanencia de Reino Unido con derechos especiales o la salida de la UE). Como si el asunto les resultara gracioso, ambos se rieron. Luego, para mantener la compostura, como si no hubiera entendido alguna parte del “no” decidido por el Comité Federal del PSOE el 28 de diciembre, Rajoy insistió en la gran coalición y se sintió muy molesto, quizá afectado por un ataque de cuernos, con la decisión de Rivera de pactar con Sánchez.

Hay que reconocer, no obstante, que la táctica política inmovilista del jefe del Gobierno en funciones, aunque le haya infligido algunos sinsabores durante la interinidad como la dimisión del ministro José Manuel Soria por su offshore panameña o la declaración de persona no grata en su ciudad, Pontevedra, por prorrogar antes de tiempo y durante 60 años la ocupación del dominio marítimo terrestre en la Ría de la celulosa de Ence, en cuyo consejo de administración pastan históricos correligionarios como Isabel Tocino, se ha demostrado correcta para los intereses particulares y del partido. Rajoy ve (físicamente) mejor de lejos que de cerca y ha disfrutado además de los catalejos de aumento que le ha proporcionado el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. Ahora solo queda ver el engorde propiamente dicho, aunque para eso habrá que esperar al escrutinio del 26 de junio.

Con todo, Rajoy se ha salido con la suya, resiste (en el PP no hay primarias), es un resistente nato. Lo demostró en 2008 cuando perdió por segunda vez contra José Luis Rodríguez Zapatero y algunos dirigentes de su partido quisieron meterle en caja. Entonces sacó 154 diputados frente a 169 del PSOE, al que, con el deterioro de la crisis económica, arrasó literalmente el 20 de noviembre de 2011, con una mayoría absoluta (186 diputados frente a 110 del PSOE) que el 20-D ha quedado reducida a 123 diputados. La diferencia es que ahora una gran parte de los adversarios internos están empapelados u ocupan la caja que un día confeccionaron para él.

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Mariano Rajoy, en rueda de prensa, tras la reunión que mantuvo ayer con Felipe VI en la que confirmó no tener apoyos para formar gobierno. / Zipi (Efe)