María Teresa Revilla: “¿Cómo es posible que se discrimine en el artículo de la sucesión a la Corona?”

María Teresa Revilla (Tetuán, 1936) no fue madre de la Constitución porque no llegó al paritorio. Era la única diputada de los 39 miembros que formaban la comisión que diseñó la Carta Magna durante la legislatura constituyente. Esa sobrerrepresentación masculina era la norma: en el Congreso solo había 21 diputadas. Al final, la ‘Carta Magna’ nació con siete padres, pero esta vallisoletana de adopción pasará a la historia por su empeño en defender la igualdad de hombres y mujeres en la ley, que quedó plasmada en el artículo 14. “No hubo enmiendas, pero tampoco entusiasmo”, recuerda. “Las mujeres no vamos a dar las gracias por ello”, les dijo a sus compañeros cuando se aprobó el articulado.

Esta abogada llegó al Congreso de los Diputados con 41 años. La política no estaba en sus planes pero tras licenciarse en Derecho no pudo hacer oposiciones cuando acabó la carrera. Se casó y para cuando llegó el “hecho biológico”, en 1975, sus hijos ya eran más mayores.

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Durante su corta carrera política se tomó muy en serio la responsabilidad que le habían otorgado los españoles. Llamó a Calvo Sotelo para preguntarle por qué no había ni una mujer en la Comisión Constitucional, intentó con obstinación (y sin éxito) que en la sucesión a la Corona no tuviera prevalencia el varón sobre la mujer y cuenta que mandó callar a un ministro cuando era presidenta de la Comisión de Cultura porque no le había dado la palabra, como mandaba el protocolo. 40 años después sigue la política con ojo crítico y bastante escepticismo. Charlamos con ella a pocas horas de que comiencen los fastos constitucionales.

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— ¿Lo suyo con la política fue vocacional?

No, para nada. Yo no lo busqué, pero había un ambiente muy propicio. Si hubiera encontrado un trabajo, no hubiera llegado al Congreso. Yo estaba en ese momento en Valladolid, donde hay una universidad y también una zona muy industrial. Asistía a reuniones donde se hablaba de política y de lo que podía pasar. Fueron saliendo grupos como el ‘Tácito’, y se formó la UCD, de la que yo formé parte. Decidieron ponerme en el puesto 3 de la lista y salí. Las personas de la edad de mi madre tenían miedo, pero lo que tenía claro todo el mundo es que se quería evitar que hubiera violencia y todos aceptaron que ese cambio necesario se produjera pacíficamente.

—Cuando llega al Congreso y se abre el proceso constituyente, ¿qué era lo que más le preocupaba cristalizar en la Carta Magna?

Que se dejase bien escrito que hombres y mujeres somos iguales ante la ley. No hubo enmiendas ante el artículo 14, en el que se reconocía la igualdad de derechos sin distinción de razas, sexo, religión, etc. No hubo enmiendas, pero tampoco entusiasmo. A los hombres ni les iba ni les venía, pero yo consideré que era un artículo muy importante. Yo era la única mujer en la Comisión constituyente y todas las mujeres podían exigirme un comportamiento diferente, así que yo le pedí al presidente poder decir unas palabras.

Recojo sus palabras: “La votación ha sido unánime, sin disidencias, como estaba reclamando nuestra sociedad. Pero las mujeres no vamos a dar las gracias por ello”.

Claro. Las mujeres lo consiguieron por ellas mismas, igual que vosotras ahora mismo estáis consiguiendo nuevas metas por vosotras mismas. Por eso, después dije que “queremos poder ser para ser lo que podamos”. Era el primer paso.  Para mí fue una satisfacción porque yo sí había sufrido las limitaciones que teníamos por ser mujer y eso marca.

Cuando usted llegó al Congreso la vida para las mujeres era muy diferente.

Sí, cuando yo me casé no podía manejar las cuentas de la familia ni sacar dinero. Ese machismo estaba en todas partes. Quise buscar empleo, ya que no pude hacer las oposiciones que deseaba, y encontré un trabajo que a mí me parecía muy interesante. Cuando dije que era abogado, no me lo dieron. Mujeres repipis ya tenían bastantes.

—¿Era una pega tener estudios?

En ese caso para mí sí lo fue.

Fragmento de un artículo de ABC sobre Teresa Revilla, publicado en 1979. /Hemeroteca ABC

—He recogido otra de las frases de su discurso que me parece muy actual. Usted pedía construir “una sociedad flexible en sus sistemas de trabajo y de educación, donde no sean incompatibles la maternidad y el trabajo, la vida familiar y la cultura”. Creo que, 40 años después, aún no se ha conseguido.

Exactamente. Requiere más tiempo. Lo dije porque lo veía. Yo en ese momento tenía a los hijos un poco más crecidos, pero antes quizá no me hubiera arriesgado a dejarlos. La maternidad tiene como consecuencia una gran responsabilidad y me hubiera impedido realizar otro trabajo. Desde luego, si yo no hubiera podido tener a alguien que cuidara de mis hijos, aunque eran un poco mayorcitos, yo tampoco lo hubiera podido hacer, ¿cuántas mujeres no tenían esa ayuda? No todas las mujeres podían acceder a trabajos que tuvieran un horario, por eso lo dije. Los hombres tenían que colaborar en esto.

—Usted pertenece a una generación a la que le habían enseñado que la mujer debe permanecer en el hogar, en la esfera privada. Ustedes dieron un salto a la vida pública, ¿eso le supuso sacrificios en su entorno?

No, al principio estábamos en suspenso hasta saber qué iba a pasar. Por un lado, había miedo y por otro preocupación. Todo eso tapaba lo demás. Te voy a contar cómo era el ambiente con una anécdota. Por aquella época yo conducía, no había muchas mujeres que lo hicieran. Un conductor cometió un error, quiso adelantarme en una zona que no podía y yo me quejé. Su respuesta fue gritarme “¡A coser!”. Así era la sociedad.

¿Quién se acuerda de tantos millones de mujeres en la historia que han dejado su vida en el trabajo por los demás? Por sus hijos, sus maridos, sus padres o sus suegros. La mujer en los pueblos era la que cuidaba la casa y la responsable de la familia, dejaba su vida en ello. Tenían que hacer la comida, ir a buscarla si no había o lavar la ropa en el río con sabañones en las manos. Cuando los hijos salían adelante, cuidaban a los padres, ¿hay algún reconocimiento a esas mujeres? Ninguno. Si hemos llegado a donde estamos ha sido por el trabajo de esas mujeres.

— He estado leyendo algunos artículos en prensa de su etapa como presidenta de la Comisión de Cultura. En esa época llamaba mucho la atención que una mujer ejerciera ese cargo, era usted un ‘rara avis’.

Yo creía en una democracia con unas cualidades sin las que una democracia no es tal cosa, como la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y los controles y equilibrios. Sin eso, no hay democracia. Yo había estudiando mucho. Traduje todas las constituciones: la alemana, francesa, estadounidense… y yo veía que el Ejecutivo tenía que estar separado del legislativo. Recuerdo cuando pusieron a un ministro nuevo y quiso venir a conocernos a la Comisión. Se puso a hablar sin que le diera palabra. Dije ‘yo soy aquí la presidente’. Los ministros franquistas antes tenían mucho poder y yo en ese momento pensé en que cada uno tenía que tener su sitio, así que le dije “ministro, le ruego que se calle, no le he dado la palabra”. Te puedes imaginar las miradas de horror del resto de los miembros de la Comisión. Todo el mundo estaba impregnado de la idea de que un ministro era un superpoder. Quise demostrar allí que el legislativo era una cosa y el ejecutivo otra.

Otro día, Gregorio Peces -Barba, que era un buen compañero socialista, me dijo que habían decidido que la Comisión de Cultura se reuniera en el ministerio. No lo vi claro y le dije “ten presente una cosa, somos el legislativo y si vamos al ministerio parecerá que vamos a que nos den órdenes”. Se quedó un poco parado. Yo no asistí a aquella reunión al ministerio. Nadie me dijo nada, pero al poco tiempo me quitaron de la presidencia de la Comisión de Cultura.

— ¿Hubo alguna explicación?

No, y cuando hubo elecciones tampoco me pusieron ya en la lista.

— Otra batalla: la enmienda para que no se incluyese en la sucesión a la Corona la prevalencia del varón.

Para mí es incomprensible que siga existiendo ese artículo. ¿Cómo se puede sostener que haya dos artículos contrarios en la Constitución y que se discrimine en el artículo que se refiere a la sucesión a la Corona? Puse una enmienda y me negué a quitarla todas las veces que me lo pedían. Yo me había ido a Valladolid a pasar el fin de semana y me llamaron de urgencia para que la retirara. Al final lo hice.

— Cuando la llamaron desde su grupo parlamentario, ¿cuál fue el argumento para pedirle que retirase esa enmienda?

No había argumentos. No me dijeron por qué. Cuando se debatió este artículo yo me abstuve y pedí al presidente que me diera la oportunidad de explicar mi voto y me la negó. No pude explicar por qué me abstenía, ni siquiera eso.

— Ahora se apela mucho al espíritu de consenso de la Transición, ¿ese espíritu de consenso fue tan idílico o hubo tensiones entre los compañeros?

Yo no fui ponente y, por tanto, no estuve en el sitio donde se producían esas tensiones. Esos eran niveles más altos, como portavoces o presidentes de los partidos. Hubo que hacer cesiones. En la Comisión Constitucional lo más curioso e interesante era la postura de los catalanes en el artículo sobre la lengua. Hay que tener en cuenta que cuando se hizo la Constitución se tuvo que hacer por conformidad y consenso para que luego se aprobara en referéndum. Ese era el objetivo, que se aprobara. Ahí hubo nacionalistas, socialistas, que entonces enarbolaban el marxismo al que luego renunciaron, los liberales, los de Alianza Popular de Fraga… Había muchas ideologías diferentes, pero todos convergían. Creo que hoy sería bueno que pasase lo mismo.

Yo creo que deberían estudiar si la democracia española tienen independencia de los poderes y controles y equilibrios. En el artículo 67 se dice que los miembros de las Cortes Generales no estarán sometidos a mandato imperativo, ¿pero crees que cuando te ponen en la lista de un partido político después te vas a atrever a contradecir una decisión que tú consideras equivocada sabiendo que en las siguientes elecciones no formarás parte de esa lista? Si eso no es mandato imperativo, que venga dios y lo vea.

Hoy día, en mi opinión, los diputados se han difuminado. ¿Quién conoce el nombre de los diputados de la lista que ha votado? Nadie. Creo que debería modificarse al estilo de lo que se está viviendo en Europa. No sé si con circunscripciones más pequeñas, no digo el cómo. Tiene que haber una relación entre elegido y elector. En la actualidad, los que salen elegidos no son los más valiosos por sus cualidades personales, como debería ser, si no los que son menos problemáticos, los que van a dejarse manejar mejor.

— ¿Qué otro fleco cree que dejó la Constitución y que no ha funcionado como se preveía?

El sistema autonómico podría estudiarse de nuevo. En el artículo 148 se habla de competencias que se ceden a las comunidades y en el 149 las competencias del Estado, pero en el 150 se habla de las que se pueden ceder a las comunidades, con lo cual ya no son tan exclusivas. Creo que la Constitución tiene que contener una formulación más clara que diga qué se puede ceder y qué no.

— ¿Qué pasó cuando se acabó la vida política?

Seguí la carrera de mi marido, vivimos un tiempo en Francia. Poco después de abandonar la política, una amiga y yo abrimos un despacho, pero al final mi marido se marchaba y yo me tenía que quedar con mis hijos. Las mujeres lo tenemos muy difícil.