Corrupción y política: noticias de un país que no es el suyo

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Juan Carlos Monedero *

En las fases previas a los procesos electorales, sale a tomar el sol y se agita en los zócalos de cada ciudad y pueblo de Villautopía, un lugar común de ese país eterno. Fruto de haber sido imperio pronto y colonia siempre, Villautopía repite su gesto inevitable a ambos lados del Atlántico. Es en ese momento cuando muchos empresarios se muestran decididos a lanzarse a algún cargo público “porque han sentido una llamada de responsabilidad de la patria a la que no pueden desoír sin traicionar su compromiso con el país”.

Esos hombres de negocios, que ven en cada nueva legislatura alguna oportunidad más atractiva que producir y vender mercancías, otean dinero donde otros solamente ven votos, ideología o cansancio. Los “emprendedores” una vez hechas las cuentas del costo de la operación, desprenden la retina del ojo y la sustituyen por el logotipo del dólar. Calculan el precio con atención, pues no hay negocio sin presupuesto: el enorme gasto en publicidad -principalmente televisión y radio-, los sueldos de los contratados para la campaña (sénior y juniors), las bolsas para los acarreados en los mítines (incluido refresco, bocadillo y pieza de fruta), gastos vinculados a la compra del voto -cemento, ladrillos, tuberías, semillas, farolas, alcantarillas, telefonía, ordenadores, alimentos, tarjetas de compra, viajes, dinero, puestos de trabajo, contratos y contratas-, sobresueldos para periodistas mercenarios -proporcional a la audiencia de la emisora o canal- y la comisión que deben pagar al partido para que le presten las siglas. Por supuesto, el costo final tiene que ser razonablemente cubierto con las expectativas de negocio. Cuando el beneficio prometido es grande, no es tampoco extraño que los costos sean cubiertos por un grupo de empresarios (aunque ese "pool" es también fuente de posteriores disidencias. La probabilidad de que se hagan públicos asuntos vinculados a la corrupción está siempre -siempre- vinculado a gente que denuncia desde dentro porque no le han dado la parte prometida en el acuerdo inicial).

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La decisión final de las siglas bajo las que se concurrirá tiene más que ver con el precio que cueste comprar la nominación que con cualquier otra cuestión (es evidente que cuantas menos posibilidades hay de ganar en un municipio o circunscripción, más barato resulta ser el "elegido" por el partido). Una vez obtenido el cargo público, hay varios años por delante para pagar los costos de la campaña. En este juego de actores bien informados, sólo hay una exigencia: no patear el tablero. Todos saben qué hacen ahí. Lo descarnado del asunto sólo aparece cuando un micrófono importunamente abierto deja escuchar alguna afirmación que remueve la complacencia de la democracia liberal, como ocurre con las vísceras colgantes de los zombies (lo que debe estar por dentro conviene que no esté por fuera porque a la vista genera gran inquietud).

Más de El padrino que de Monstesquieu

Cuando estos quehaceres se van consolidando, resulta mucho más económico para los empresarios controlar directamente los partidos. No andaba desencaminado Coppola cuando Vito Corleone manda a su hijo pequeño a continuar la andadura mafiosa en la política. La política "democrática" oficial tiene más que ver con El padrino que con Montesquieu. Al igual que Marx demostró cómo la competencia entre empresarios genera una pérdida creciente del valor (cualquier desarrollo tecnológico que ahorra costos a un empresario concreto termina siendo copiado por los competidores, de manera que cada vez más es el sistema en conjunto quien contrata a menos trabajadores y genera menos beneficio), la competencia entre partidos diluye las ideologías en el agua estancada del “consenso”. Esta lógica es la que lleva a todos los partidos hacia posiciones ideológicas de "centro" (ese lugar donde lo único importante es molestar al menor número posible de votantes). Colofón de esta burocratización del conflicto es la privatización de la política, la relación de simbiosis entre la empresa y las instituciones y la conversión de la militancia en una promesa futura de empleo. En Chavs: la demonización de la clase obrera (Capitán Swing, 2012), Owen Jones recuerda la afirmación de un prominente político de la derecha inglesa: “Lo que debéis comprender sobre el Partido Conservador es que es una coalición de intereses privilegiados. Su principal propósito es defender ese privilegio. Y la manera de ganar elecciones consiste en dar estrictamente lo justo al número suficiente de otras personas”. Pero tranquilos: eso solamente son cosas que ocurren en otros países.

Los reyes son los padres y los gobiernos se parecen a los pueblos

Los pueblos, dijo un clásico, tienen el gobierno que se merecen, y merecen, dijo otro, el gobierno que tienen. La democracia liberal, desde la Revolución Francesa, hizo de la representación el corazón de la política. En tiempos de bonanza, el teatro es perfecto: la ciudadanía dedica su vida a producir y a consumir, no preguntándose ni la hora -en una creciente mercantilización de la existencia-. Al tiempo, se permite el lujo de despreciar a los políticos, a los que ve como unos contratados que se encargan de lo que nadie quiere hacer. Por su parte, los políticos van consolidando su control de la sociedad (dejando hacer otro tanto a los jueces, en un pacto de canallas), entregados todos a su propia autoorganización y encargándose, por su parte, de gestionar la política con la misma lógica mercantil que tiene lugar en la sociedad. Son tiempos, piensan los políticos (por supuesto, de otros lugares), de cobrar lo invertido, guiados por un principio que raramente se quiebra: la sensación de impunidad.

En última instancia, si acaso algún juez honrado se sale de las reglas del cártel o algún "arrepentido" pacta con algún grupo enemigo y "canta", están las maniobras dilatorias de los bufetes de abogados, las prescripciones, las negociaciones internas conducentes al perdón y, en última instancia, los indultos. Ningún político que viva de la política -ninguno- está dispuesto a patear el tablero sobre el que se sostiene su "modus vivendi". Pueden criticar los excesos, señalar a algún chivo expiatorio -siempre y cuando eso no le lleve a hablar de más- e, incluso, también se da la ocasión de lanzar algún regaño al máximo responsable de construir un escenario de aparente calma y orden -ahí hay que entender los reproches al advenedizo Urdangarín o la petición de disculpas borbónicas por el caso del elefante ajusticiado, la princesa entrometida y la cadera quebradiza, sin que eso haga perder de vista el silencio cómplice sobre los negocios de la Casa Real o la función de catalizador del rey en ese entramado-.

Y en eso se le aparecieron a Bárcenas algunas monedas en Suiza

¿Está España realmente consternada por la constatación de que el PP se ha financiado ilegalmente? El teatro hispánico es cada vez es más vulgar y los espectadores menos exigentes. Ahora le toca a Bárcenas representar la quintaesencia del mal. ¿Un caso de ética periodística? No seamos imbéciles. Es parte de un episodio de lucha interna dentro del PP (sólo desde esa pugna interna es que puede salir un día un ático por aquí, un informe de la policía por allá, una amistad con un empresario de espectáculos más acá, una empresa de análisis acullá, etc.). Si la lógica no cambia, no cambia realmente nada. Es más fácil que la ciudadanía esté dispuesta a representar una mojigata rasgadura de vestiduras antes que enfrentar realmente el problema de fondo: que a fuerza de renunciar a la crítica ideológica, hemos mercantilizado la política. ¿Es que no queremos saber que en ese ideal político que son los EEUU todos los senadores son millonarios? ¿Nos olvidamos que los alcaldes corruptos repiten con mayoría absoluta? ¿Toca ahora representar la indignación ante la inmundicia del PP a mayor gloria del olvido de la inmundicia del PSOE o de CiU? ¿Vamos a seguir jugando al péndulo turnista de la política, donde cada lustro nos indignamos con un partido hasta que llegue el momento de indignarse con el siguiente? Ningún partido está libre de pecado ni va a tirar la primera piedra. Todos tienen que perder. La corrupción es el lubricante del sistema y se interpreta como escándalo sólo para que de la mortificación nazca el perdón y la oportunidad de repetir el engaño. Un engaño con el que parece que están de acuerdo los mentidos y los mentirosos. ¿O es que alguien cree que los partidos pueden cubrir sus gastos con las aportaciones de los militantes? Si la ciudadanía se desentiende de la gestión común de lo común, los que toman las riendas son los que van a marcar sus propias reglas. Que es lo que estamos viendo.

Tranquilos que el martes hay partido del siglo

Es insultante la ciénaga política en la que está sumido el partido del presidente del Gobierno del Reino de España. La proporción de empresarios de la política en el PP es mayor que en cualquier otro partido. Su basura desborda los cubos de la calle Génova y se ramifica por todo el Estado. Los empresarios de la política, la única llamada que escuchan por las noches es la de la bolsa recién abierta en el otro lado del océano. Las únicas lágrimas reales que corren por su rostro brotan cuando la ciudadanía les interrumpe su reinado. Si insultante es la fosa séptica del PP, la amable connivencia del PSOE de Rubalcaba huele a complicidad. La imagen de España es la del patio de Monipodio, lleno de pícaros, vividores y supervivientes. Los canallas, envalentonados; los honrados, perplejos. Bastaría que hubiera un líder político con coraje para que mañana fueran millones los que saldrían a la calle a decir basta a este pozo de mierda. Pero para que ese líder existiera, haría falta una ciudadanía que lo necesitara. Y los martes hay partido. De futbol. ¿Seguimos dudando que merecemos el gobierno que tenemos?

(*) Juan Carlos Monedero es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid y director del Departamento de Gobierno, Políticas Públicas y Ciudadanía en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.
5 Comments
  1. Nekane says

    Muy de acuerdo, sólo falta construir la alternativa, sin dinero, e impedir que el dinero se apodere de ella.

  2. paco otero says

    SR. Monedero ,adelante usted el nombre del militar que seguro que usted conoce y del que se encuentra al parecer tan necesitado de que se ponga al frente de su «fantástica dictadura» versión siglo xxi.

    Si, si,ya se que desbarro,pero al fin y al cabo yo yo yo un paisano mas,pero usted con tantos diplomas y cargos académicos… ¿Que ministerio le han asegurado en esa paradisiaca dictadura popular?…y ahora que vamos despacio vamos a contar…siga usted con la canción

  3. Erizo says

    ¿Y dónde se habla de un militar, don Otero? Yo leo «líder político»

  4. paco otero says

    Militares ,Lideres Héroes Papas, que más da Sr. Erizo, a buen entendedor…!por favor, hablar de lideres delante de las masas ,en el siglo XXI!EN OCCIDENTE, AÚN, CON SUS DEMOCRACIAS desconchas y en la unidad de cuidados intensivos…

    «verde que te quiero verde…»

  5. paco otero says

    Y añado: los del futbol de los martes fueron y son incitados por lideres; militares civiles y mediáticos…les recomiendo leer libro de aforismos de Hermann Hesse (el del lobo estepario)

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