“Que los reyes me echen menos deberes”

Un niño, en una imagen de archivo, se dirige a su primer día de escuela. / Alfredo Aldai (Efe)
Un niño, en una imagen de archivo, se dirige a su primer día de escuela. / Alfredo Aldai (Efe)

“… y que este año me pongan menos deberes”. Es el final de una carta de peticiones a los Reyes Magos de un niño de diez años estas navidades. La pregunta a hacernos es ¿tienen muchos deberes los niños y los jóvenes españoles? Pues parece que sí. Según la revista ESCUELA, que aporta datos de la OCDE, extraídos del informe PISA, España es el cuarto país en el que los alumnos hacen más deberes. Se dedican de media 6,5 horas semanales al trabajo fuera de la escuela. Pero no parece que ello signifique mejores resultados académicos. España, Italia, Polonia e Irlanda, que están al mismo nivel de horas de trabajo extraescolar, no salen muy bien parados en las pruebas PISA. Por el contrario, los países con una educación mejor valorada, como Finlandia o Corea del Sur, solo dedican 2 horas.

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Afirma, con razón, Manolo Menor que “habría que dejar de dar tanto la vara al personal con la ideología del “esfuerzo”. No por martirizar más a los chavales se conseguirá mejor éxito escolar. Cifrar la mejora de la educación en que se trabaje más y más fuera del aula, con más ejercicios repetitivos, no es la mejor solución ni, por otra parte, soluciona gran parte de los problemas de que adolece nuestro sistema educativo”.

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Evidentemente las cosas son más complejas. El llamado “currículo del hogar” o deberes son una costumbre arraigada en el sistema educativo español. Durante el franquismo había una educación con insuficiencia de medios y sólo quienes tenían un aporte significativo externo alcanzaban estudios medios o superiores. Es decir, las familias eran conscientes de que su apoyo era decisivo para el futuro de sus hijos e hijas. Las familias más acomodadas tenían profesorado particular en sus domicilios, precursores de las academias privadas.

Actualmente seguimos con esa tendencia. La obligación de atender dichas tareas fuera del centro educativo es, en sí misma, generadora de desigualdades y responsable de buena parte del fracaso escolar. Esto hace que se abra una gran brecha entre el alumnado que tiene un entorno familiar favorable para poder realizar sus tareas educativas y el que no lo tiene, entre quien puede y quien no lo puede pagar. Asociado a esta sobrecarga del tiempo escolar, uno de los aspectos menos conocidos del proceso solapado de privatización de la educación reside en la expansión de la “segunda escuela”, lo que se ha denominado laeducación en la sombra, las clases particulares y las academias.

Es necesario reflexionar sobre el modelo educativo. El tema de fondo es: ¿se puede justificar un horario de 6-7 horas lectivas diarias más 3 o 4 de extraescolares y deberes en casa? Un niño o un joven escolar no es un boletín de notas con patas y esa visión no puede cerrar su desarrollo integral. ¿Significa esto que no es útil la realización de tareas? Puede serlo, al menos en secundaria, la cuestión está en el cuánto y el cómo. Y en España se mandan demasiados deberes a los chicos por un exceso de asignaturas y unos programas muy exhaustivos que se intentan acabar mandando tareas para casa de aspectos muchas veces secundarios. Y ello agobia a los chicos y estresa a las familias.

De entrada, las tareas educativas, al menos las fundamentales, deberían quedar resueltas dentro del centro educativo, siendo las complementarias, las añadidas de forma voluntaria, las que pueden desarrollarse en el ámbito familiar. Deben replantearse los horarios y tiempos de enseñanza, cambiar los métodos pedagógicos tradicionales, modificar y reducir currículos y apostar por la capacidad de aprender a aprender. Como dice Gimeno Sacristán: En la escuela sobran horas de academicismo y de evaluación que se podrían dedicar a otra cosa”.

El reto es, pues, organizar los tiempos escolares de tal forma que la escuela sea suficiente y los deberes innecesarios. La clase debe de ser el centro del aprendizaje para el alumnado con la tutorización del profesor. Si se logra motivar al alumnado, el aprendizaje se daría de forma natural y activa. Los deberes quedarían reducidos a un tiempo flexible para que cada cual termine sus actividades en casa. Especialmente en primaria debe garantizarse el juego libre y la autonomía de emplear el tiempo a su manera. Jugar es socializar, es gozoso pisar la calle y el parque con los padres o con amigos, incluso aburrirse de vez en cuando es necesario. Todo ello educa, refuerza la afectividad, la autonomía y la responsabilidad, enseña valores en el niño o joven. Si buscamos un desarrollo integral, todo no puede ser memorizar, aprender idiomas y competir. Hay que construir alternativas educativas más humanas, que eduquen fundamentalmente para ser personas y que siembren el amor y el gusto por la cultura y el saber independientemente –incluso- de su utilidad para el mercado.