El cocodrilo y las mujeres

Hace unos días una noticia hizo hervir las redes sociales en Túnez y llegó hasta la prensa francesa: un cocodrilo del zoológico de la capital tunecina había sido apedreado hasta la muerte por algunos visitantes. Las fotos del animal con la coriácea cabeza ensangrentada se multiplicaron de manera viral, así como los comentarios de horror y de condena. Era difícil contemplar, en efecto, esa imagen de ferocidad depuesta y desarmada, linchada sin defensa por una ferocidad mayor, sin sentir la pesadumbre de una humanidad bajo acusación y el deseo misántropo de perderse en una selva. El cocodrilo, previamente sacado de su medio, reducido a cautiverio, sometido a la mirada impune de los turistas, era ya apenas un emblema o un dibujo cuando lo mataron; y si fueron niños o jóvenes los que lo hicieron --como así parece-- parte del dolor instintivo que a uno lo embargaba frente al enorme reptil muerto tenía que ver con la ilusión de que, al matarlo, los verdugos habían matado un juguete: de que esos niños se habían matado, en definitiva, a sí mismos.

Pocos días antes de la muerte del cocodrilo tunecino, en Follonica, Italia, tres dependientes de la cadena de supermercados Lidl sorprendieron --vamos a contarlo así-- a dos gitanas hurgando en un contenedor. Para darles su merecido, llevados de un espíritu tan travieso como justiciero, los hombres encerraron a las dos mujeres en el interior, una angosta jaula de desperdicios sin apenas oxígeno, como si ellas mismas fueran desechos sin valor o animales en un zoo. Las imágenes, juguetonamente grabadas por los empleados, fueron replicadas en las redes por miles de usuarios que, al contrario de lo que ocurrió con el cocodrilo apedreado, se sintieron poco conmovidos y, aún más, corearon las risas de los carceleros y celebraron los gritos desesperados de las prisioneras. En la grabación esos gritos, lejos de despertar compasión, multiplicaban las carcajadas y casi justificaban, de manera retrospectiva, el suplicio al que eran sometidas. De hecho Matteo Salvini, líder de la Liga Norte, escribió un tuit en solidaridad con los empleados --objeto finalmente de una denuncia-- en el que despreciaba el sufrimiento de las gitanas vocingleras: “¡Pero cómo gritan esas desgraciadas!”.

Hace unos días, en una conversación con amigos, salió a colación la cuestión de por qué la muerte del cocodrilo había despertado tanta y tan general indignación, mientras que la tortura a las dos gitanas había recibido más apoyos que denuncias y, en cualquier caso, había escandalizado mucho menos o mucho después (eso por no hablar de la situación de los refugiados o de las víctimas de bombardeos). Hay algunas respuestas fáciles y en parte verdaderas: porque los medios de comunicación han banalizado el sufrimiento humano, porque nuestra cultura combina sentimentalismo extremo y extrema indiferencia, porque el capitalismo es incompatible con la sensibilidad general; o porque la violencia contra los animales no resiste ninguna explicación, ni siquiera torcida o desalmada, y no presupone tampoco ninguna resistencia, tampoco virtual o moral, por parte de las víctimas. Esas respuestas, sin embargo, no son del todo satisfactorias. Porque lo terrible es que, durante la conversación, todos admitíamos alguna extravagante “regularidad” en este desequilibrio que volteaba nuestra humana escala de valores; nosotros mismos habíamos reaccionado más deprisa --por decirlo de alguna manera-- frente al cocodrilo muerto que frente a las gitanas cautivas, como si para reaccionar frente al dolor de nuestros semejantes necesitásemos más preparación o educación que para escandalizarnos frente al dolor de un animal. Las diferentes reacciones en la red no venían sino a revelar esta “doble velocidad” en virtud de la cual la sensibilidad antirracista y la condena de los empleados del Lidl venía “después” de la celebración y la complicidad, y menos como respuesta instintiva que como indignación de orden secundario o “ideológico”, mientras que, en el caso del cocodrilo, nos indignábamos “antes” y sólo reflexionábamos después.

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Lo que quiero decir es que nada ganamos cuestionando la sinceridad saludable de nuestra reacción frente a la muerte del cocodrilo ni inscribiéndola en la cómoda casilla “hipocresía”; ni indignándonos moralmente por el agravio comparativo que se inflige a los gitanos, los refugiados o los torturados. Vale la pena afrontar sin falsos pudores esta “doble velocidad” como una atroz regla antropológica que se impone desde hace siglos y que de algún modo hace “llevaderas” las denuncias de tortura y posibles y rutinarios los lager. ¿Por qué nos impresiona tanto y tan pronto la violencia gratuita ejercida contra un cocodrilo? ¿Por qué nos impresiona menos o “más tarde” la violencia gratuita ejercida sobre un ser humano? Lo resumiría así: porque ocurre que la violencia humana infligida a un animal desvalido humaniza al animal, de manera que sentimos “enseguida” como propio su dolor, mientras que la violencia humana ejercida sobre un humano desvalido animaliza al ser humano, razón por la cual despreciamos o relativizamos un poco su sufrimiento. El animal al que hacemos sufrir es humano y, frente a su suplicio, reaccionamos en forma sumarísimamente humana. El humano al que hacemos sufrir es, en cambio, un animal; y necesitamos luego “acordarnos” de su humanidad para solidarizarnos con él o protestar contra su verdugo de forma ya premeditada y consciente. ¡Pero cómo gritan esas desgraciadas!, se burlaba Matteo Salvini. Chillaban como cerdas, coceaban las paredes como mulas y, si las hubiera pinchado el propio Salvini con un cuchillo para que dejaran de hacer ruido, hubieran sangrado como gallinas degolladas. ¿Por qué es fácil torturar a un inocente? Porque si se le golpea grita, si se le queman los genitales despide mal olor, si se le arrancan las uñas se mea en los pantalones. Mediante el dolor, pues, humanizamos a los animales y animalizamos a los humanos, doble y paradójico procedimiento que nos permite --casi nos obliga-- a llorar por un perro al que han cortado la cola y a despreciar a un judío con un número grabado en la muñeca o a un prisionero sirio al que se ha forzado a balar como una oveja.

La violencia gratuita ejercida sobre un animal humaniza a la víctima y animaliza al verdugo. La violencia gratuita ejercida sobre un ser humano, al contrario, animaliza a la víctima y humaniza al verdugo. La violencia gratuita entraña, por así decirlo, una operación cultural de trasvase o transferencia. El verdugo traslada su humanidad al animal, que entrega a cambio al verdugo su animalidad. El verdugo traslada su animalidad a la víctima humana, que entrega a cambio al verdugo su humanidad. La paradoja es que el animal sólo es humano cuando es víctima y el humano sólo es humano cuando es verdugo. Es terrible pero ésta es la “regla”: los nazis son más humanos que los judíos, los blancos son más humanos que los negros, los hombres son más humanos que las mujeres. Contra esta “regla” hay que “recordar” que, en el caso del maltrato animal, nos debe preocupar el maltratador, al que hay que devolver su humanidad; y en el caso del maltrato humano, los maltratados o maltratadas, a quienes se la han robado y que nos exigen su restitución.

Ahora bien, ese “maltratado” humano es siempre un animal fabricado que “justifica” retrospectivamente su suplicio. Esta “regla” es una relación de poder desigual que fabrica a la víctima no sólo en el plano físico directo, como en el caso de la tortura o el lager, sino también mediante acciones simbólicas de larga duración, lo que explica el papel determinante, tanto en la construcción como en la denuncia, de la “preparación” racional de la que hablábamos más arriba.  Es la “regla”, sí, y se impone sola. No tenemos que estar preparados para reaccionar frente al dolor de un animal pero sí --decía-- para reaccionar frente al dolor infligido a un ser humano. Si ese ser humano es una mujer y, además, gitana, la preparación es aún más necesaria y decisiva. La víctima nos viene ya --digamos-- “golpeada” desde el pasado cuando el nazi, el blanco, el hombre las golpea. El machismo y el racismo --antes de torturar a una mujer o a una mujer gitana-- han deshumanizado ya tanto a sus víctimas durante siglos, en una especie de lager cultural, que resulta más fácil encerrar en un contenedor a una gitana que a un perro; y es más fácil sentir más “deprisa” la muerte de un cocodrilo que la desesperación de una mujer, cuyos “gritos histéricos” sólo confirman que merecía ese “castigo”. Ese trabajo de preparación contra el instinto --el trabajado instinto humano que humaniza saludablemente al animal y animaliza trágica y criminalmente al ser humano, que deshumaniza al asesino de cocodrilos y humaniza al asesino de gitanos y mujeres-- es lo que llamamos antirracismo y feminismo; es decir, DDHH y civilización. Se trata, sí, de cambiar poco a poco la “regla” antropológica, pero entre tanto de impedir ya, mediante leyes y movilizaciones “conscientes”, que el racismo y el machismo maltraten, torturen y maten. No es mala cosa “recordarlo” precisamente un 8 de marzo.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista. Su última obra es “Ser o no ser (un cuerpo)”, publicada por Seix Barral.