MEDIO AMBIENTE / Es el momento de poner de relieve el papel moral, intelectual e incluso político de los ecologistas

Para una filosofía del calor

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Olas de calor. Un hombre y una niña tratan de combatir la ola de calor refrescándose en una fuente de surtidores vaporizados
Un hombre y una niña tratan de combatir la ola de calor refrescándose en una fuente de surtidores vaporizados. / Efe

Las olas de calor, más intensas y frecuentes cada vez, son el indicador más directo y espectacular del fracaso de la humanidad, es decir, de la especie Homo sapiens, capaz de pensar, de organizarse y de imponerse al resto de las especies, vivas o no. La alteración –de hecho, vertiginosa– de procesos geológicos tan de largo plazo como la formación de la máquina termodinámica planetaria, que está dando lugar en las últimas generaciones a cambios climáticos de efectos demoledores, convierte a los humanos en protagonistas de su propia perdición, con el añadido de su incapacidad para sobreponerse a sus errores por necedad mental, social y política.

«Para la antropología queda el desagradable asunto de discernir sobre el carácter pernicioso o no de la especie humana»

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Aunque inevitable, ya no es tan decisivo “revitalizar” los debates en torno a si nuestra especie –usted y yo, todos nosotros– es perversa o no de nacimiento, si se ha desviado con el tiempo de un estado natural más o menos sensato o si el problema consiste en que es nuestra “subespecie” la de tradición cultural judeocristiana, con sus construcciones mentales, económicas y políticas específicas la principal responsable de todo esto al conseguir imponerse con éxito a todas las demás… Para la antropología queda el desagradable asunto de discernir sobre el carácter pernicioso o no de la especie humana, a escala individual o gregaria, es decir, social, capaz de elaborar un conocimiento organizado que tan eficazmente ha dirigido a trastocarlo todo. Ahí tenemos el registro histórico de imperios y civilizaciones acabados de mala manera por, en definitiva, salirse de madre, es decir, por ser incapaces de reconocer y gestionar sus limitaciones, físicas o morales.

Y para nuestra cultura económica es el momento de apuntar a las ideologías y los mitos del desarrollo, camuflados de teorías salvíficas, que en realidad no contaban antes de que acabara la II Guerra Mundial pero que han ido alcanzando su clímax con la espiral del consumismo posbélico, inspirado ante todo en el modelo norteamericano. La variante más grotesca, y a la vez más atacada por el ecologismo, es la del crecimiento, una especie de alucinación colectiva alimentada por todos los poderes existentes, que se niega a contemplar con humildad al mundo que nos rodea y se enroca en promover una maquinaria “creadora de riqueza” de bases materiales rotundamente frágiles y sin el necesario sentido de futuro.

«El desarrollo ha sido una trampa y el progreso un mito. Hay que dudar, de que la ciencia, la técnica o la ingeniería, hayan mejorado la suerte de nuestra especie»

El desarrollo ha sido una trampa y el progreso un mito. Y ha llegado el momento de dudar, profundamente, de que la ciencia, la técnica o la ingeniería, en cualesquiera de sus variaciones por ambiciosas o espectaculares que parezcan, hayan mejorado la suerte de nuestra especie, aunque sí es cierto que la han atiborrado de falsos dioses y de mitos alienantes. El optimismo que nos viene distrayendo desde hace casi tres siglos carece de fundamento si atendemos a la marcha de la humanidad, que se estableció como lineal e ilimitada hasta encontrarse ahora en un callejón sin salida.

Puede decirse que el cambio climático, con sus ardores y otras plagas desconocidas todavía, ya ha sido admitido por la generalidad de la población y los poderes organizados, pero de ahí a que se reconozcan las responsabilidades y, sobre todo, la urgencia de las medidas que reviertan la situación la distancia es inmensa: el modelo, configurado desde la Modernidad, no va a criticarse y menos corregirse, por más nefasto que haya resultado. Por el contrario, se nos va a entretener con políticas y planes de distracción que en muchos casos resultarán contraproducentes, es decir, que acelerarán los cambios  perjudiciales. La sustitución de las energías fósiles por las renovables, por ejemplo, no llevará a ninguna situación cualitativamente diferente ni aunque la adopten todos los países (de lo que estamos, evidentemente, muy lejos). Cuando un desafortunado consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid ha querido proponer remedios tradicionales y blandos –¡el abanico!– para afrontar la ola de calor, rehuyendo ingenuamente el dramatismo, la oposición le ha respondido con la burla, anticipando que pronto habrá de exigirse el aire acondicionado generalizado como derecho fundamental y universal…

«Para los poderes económicos dominantes el cambio climático es una nueva fuente de negocios, de inmensas inversiones y del avance de la más corrosiva pobreza»

Para los poderes económicos dominantes el cambio climático es una nueva fuente de negocios, de inmensas inversiones en perspectiva que no impedirán el avance de la más corrosiva pobreza, resultado de la desigualdad rampante; pero la llegada de los tiempos duros conllevará más mentiras, falsas esperanzas y llamadas insistentes al optimismo. Las medidas que habrán de adoptarse, generalmente de emergencia, para afrontar las consecuencias climáticas de este proceso de degradación planetaria, serán ruinosas en lo material pero también incrementarán el autoritarismo y la extensión de los regímenes y las sociedades de democracia declinante. Habría, pues, que reunir, al menos, las dimensiones filosófico-antropológica, la económica y la política para interpretar adecuadamente este callejón sin salida.

Y también es el momento de poner de relieve el papel moral, intelectual e incluso político de los ecologistas y la cosmovisión ecologista, que viene ocupando –con muy escaso aprecio social– un ingrato papel, entre esta especie recalcitrante, como anunciadores racionales y documentados de dramas en aumento. A este sector, disconforme e insumiso desde finales de la década de 1960, habrá de permitírsele ahora el ajuste de cuentas necesario, reafirmando sus esfuerzos y advertencias mientras señala indignado a los otros sectores, los perniciosos: a esa parte de la humanidad intratable y necrófila.

«El mandato del Génesis “Creced, multiplicaos, henchid la tierra y enseñoreaos de ella", ha sido la orden que nuestra cultura ha cumplido de forma implacable»

Se trata de mirar muy críticamente a la tradición judeocristiana, victoriosa y, por lo tanto, primera y más extensivamente responsable, por su expreso y empecinado alejamiento de la naturaleza y las limitaciones que impone. El mandato del Génesis “Creced, multiplicaos, henchid la tierra y enseñoreaos de ella, y dominad a los peces del mar…”, aun siendo literario y teniendo en cuenta el “contexto” con el que muchos quisieran suavizarlo, ha sido el lema y la orden imperiosa que nuestra cultura ha cumplido de forma implacable. Con un impulso singular con la llamada Modernidad y –es el momento de evocarlo– la revuelta de Lutero, que de religiosa pasó pronto a política, económica y jurídica, constituyendo muy directamente la cultura dominante, que siendo europea de origen pronto pasó a americanizarse.

Correlativo con el Renacimiento que se consideró un éxito del necesario humanismo que habría de surgir de los siglos oscuros, el racionalismo baconiano, y también cartesiano, menospreció imprudentemente a la naturaleza, y confirmó lo del dominio (y el control) de los humanos sobre ella. Pero, con todo, fueron las “revoluciones” del siglo XVIII, y en especial la tecnológica de la máquina de vapor, y la filosófica del optimismo y el progreso las que dirigieron a la humanidad, con mano firme e ideas dogmáticas, hacia el desastre.

También es hora, pues, de que la victoria arrolladora de la democracia liberal sobre el comunismo soviético haya de considerarse pírrica, al ser ambos sistemas desarrollistas y aniquiladores más o menos por igual. Este rechazo doble es una vieja tesis de los ecologistas, y no es de celebrar que cuando éstos han intentado acudir a la política con sus modelos, respetuosos con la naturaleza pero contradictorios con lo existente, no hayan alcanzado éxitos estables o significativos.

1 Comment
  1. Angel Garcia Moral says

    Nos vamos al carajo. De ahora al fin de nuestos dias veremos lo que nadie ha visto.

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