La izquierda pánfila en el ‘procés’

Xavier Domènech, Pablo Iglesias y Ada Colau durante el acto organizado en Santa Coloma de Gramenet el 11 de septiembre
Xavier Domènech, Pablo Iglesias y Ada Colau durante el acto organizado en Santa Coloma de Gramenet el 11 de septiembre pasado, con motivo de la Diada 2017. / Podemos (Flickr)

Allá por el siglo XVI un tal Pánfilo de Narváez, en sus peleas con Hernán Cortés, no solo fue derrotado sino que todos sus soldados se pasaron al enemigo. Debió ser tan pregonada aquella historia que, desde entonces, a los que escupen hacia arriba les llaman pánfilos. Una “panfilada” me parece la actitud de una parte de la izquierda con el 1-0: se arriesgan a perder a sus electores que, en su inmensa mayoría, ni son independentistas ni apoyan el procés.

No sabemos qué resultados tendrá el 1-0, pero ya es seguro que ha logrado dividir a la izquierda y fortalecer a la derecha. Lo que se detecta es que a Podemos le está provocando un daño difícil de reparar fuera de los territorios del nacionalismo periférico, y aún allí ya se verá si los electores nacionalistas no terminan prefiriendo a las marcas originales. En cuanto al PSOE, si sus portavoces, Margarita Robles y Oscar Puente, continúan con esa “nanopolítica” de “después del referéndum Sánchez tendrá la batuta del diálogo”, me temo que también pagarán por los platos rotos. De momento, gracias al destrozo, tendrá que pasar mucho tiempo para que pueda formarse un gobierno de izquierda en España.

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«Los electores de los comunes y Podemos en Cataluña tendrán que decidir si respaldan a Iglesias y Colau y su apoyo total a un procés que solo puede acabar en una declaración de independencia»

Nada de lo que está ocurriendo entre nacionalismo e izquierdas es nuevo. El primer aviso de los electores no nacionalistas, más de la mitad, se lo dieron al PSUC. Después se consolidó el llamado voto dual, con el que los no nacionalistas votaban al PSC, en realidad al PSOE, en las generales y se abstenía en las autonómicas, hasta que la mayoría de los dirigentes socialistas catalanes quisieron ser más nacionalistas que nadie. Muchos de esos dirigentes, como Ernest Maragall y Germá Bell, ahora protagonistas en el procés, pasaron en minutos de ser socialistas a renacer independentistas. Ahora los electores de los comunes y de Podemos en Cataluña, que como demuestra el CIS catalán no son nacionalistas, tendrán que decidir si siguen la aventura de Iglesias y Colau de apoyo total a un procés que solo puede desembocar en una Declaración Unilateral de Independencia.

Cuando hace unos días en Zaragoza, el PNV, con otros, le exigía al PSOE que no pacte con el PP, pudimos comprobar una vez más a qué niveles de cinismo pueden llegar los nacionalistas. ¿No pactar con el PP, dice el PNV? Fue en una Asamblea parlamentaria promovida por Podemos que pretendía emular otra celebrada en Barcelona en 1917, en la que los catalanistas de entonces, con Cambó al frente, intentaban “encabezar la oposición al sistema y lograr una revisión constitucional”. El fiasco fue tal que aquellos días de junio fueron calificados como “la semana cómica”. Ahora Iglesias y Colau creen poder convivir con el tigre del nacionalismo. Veremos.

El problema de las izquierdas españolas es que nunca han tenido una estrategia ante los nacionalismos. Para entender sus artimañas es muy útil leer investigaciones serias como las del historiador catalán Enric Ucelay-Da Cal. Al ver sobre un vehículo de la guardia civil a los líderes de la Asamblea Nacional Catalana y Omnium, en una escenografía estudiada, imitando la de Boris Yeltsin subido en un tanque, recordé el extenso estudio de Ucelay sobre el catalanismo histórico como una excelente operación de publicistas. Viendo cómo mueven masas en las calles, cómo escenifican imágenes impactantes, cómo coordinan con precisión de producción cinematográfica actos como los de la envolvente al Rey en la manifestación contra el terrorismo o los del Nou Camp, se comprenden las tesis del gran historiador catalán. La gran originalidad del catalanismo histórico, que analiza, no fueron las ideas, sino un agudo sentido publicitario en el mercado político.

«Los líderes de la ANC y Omnium, Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, y no Puigdemont y Junqueras, son los auténticos líderes del procés. Logran que los nacionalistas, que son menos del 50%, parezcan el 100%»

El excelente trabajo de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, los líderes de la ANC y Omnium, logran que los nacionalistas, que son menos del 50%, parezcan el 100%, que los catalanistas que disciplinadamente siguen en la calle los movimientos de masas programados sean identificados como todos los catalanes, como “el pueblo de Cataluña”. Ellos, no Puigdemont y Junqueras, son los auténticos líderes del procés. Ellos decidirán cómo será el 1-0, no el Parlament. Y serán los encargados de la puesta en escena de la traca final, la “balconada” en la que Puigdemont seguirá sus indicaciones cuando se dirija al mundo con la Declaración Unilateral de Independencia (DIU). Ni Prat de la Riba, el padre del método, podría haber soñado con tan enorme exhibición de marketing político.

Siguen la senda del catalanismo histórico, con cien años haciendo circular la vieja “metáfora compuesta” de Prat, según la cual “Cataluña no podía ser otra cosa que unida, ni España otra que diversa”, y llegado el caso, rota. Tiene mucho de prepotencia nacionalista que, durante tanto tiempo, hayan mantenido la pretensión de, con el apoyo de menos de la mitad de catalanes, gobernar siempre en Cataluña y ser decisivos en el gobierno de España. Mucho arroz para tan poco pollo. Algo no encaja, y creo que pronto el artefacto va a sufrir un serio accidente, por cansancio de los otros catalanes y de la inmensa mayoría de los españoles.

«Iglesias y Colau se han metido en un juego que crea e impone a todos una "unidad cultural catalana" base del nuevo Estado, una forma de supremacismo con antecedentes históricos de nombres muy feos»

Siguiendo las tesis de Ucelay, el nacionalismo catalanista se basa en la construcción de una exitosa “unidad cultural catalana” que se impone a todos los catalanes y es el punto de partida para crear un Estado, y no al revés, como ocurre en las democracias. Un intento de imposición de una parte al conjunto de la sociedad, una forma de supremacismo que tiene antecedentes históricos con nombres muy feos. Así que pueden montar los más espectaculares efectos especiales, reproducir la plaza Maidan, insultar a Antonio Machado o a Juan Marsé, camuflarse como un movimiento antifranquista y calificar a los no nacionalistas como franquistas, pueden hacer lo que quieran, pero son simples nacionalistas que hacen lo que les es propio: imponer su ideología a otros contra su voluntad.  Para el catalanismo, Cataluña es “un espacio sin fisuras” al que tratan como un monopolio ideológico, sin tenerlo realmente. Cataluña una, España rota; esa es la cuestión.

En ese juego es en el que se han metido de lleno Iglesias y Colau. La izquierda que se hizo nacionalista, otra vez. No será porque la experiencia histórica no avisara. Es el camino seguro a mayorías de la derecha, como ya ocurrió antes, en Galicia, en la Comunidad Valenciana, en Baleares, en el País Vasco o en la propia Cataluña. Siempre el mismo guión: pedir el voto a electores no nacionalistas para partidos de izquierda liderados por nacionalistas. La derecha gana, la izquierda pierde.

Por su parte, el nacionalismo se ha especializado en dominar ese escenario para conservar el poder. Hacen de Ibarretxe cuando toca y cuando conviene ponen a Urkullu, que amenaza con hacer de Ibarretxe de nuevo. En Cataluña ahora toca “independencia”, pero pronto veremos cómo se dedican a “pujolear”. Si se sigue estos días la pista segura de La Vanguardia, sección Enric Juliana especialmente, se verá cómo se prepara el terreno para el siguiente ciclo. ¡A negociar!

¿La izquierda? Pagará los platos rotos. ¡Pánfilos!