España redefine la normalidad política

Laura Sancho vota en nombre de Carles Puigdemont
La joven Laura Sancho vota en su colegio electoral de Le Planes (Barcelona) en nombre del expresidente Carles Puigdemont, huido en Bélgica. / @KRLS

La mañana siguiente a las polémicas elecciones autonómicas catalanas, Inés Arrimadas aseguraba en Onda Cero que “el mundo entero al fin ha comprendido lo que sucede en Cataluña”. ¿Y qué es lo que sucede en Cataluña? ¿Alguien lo entiende? ¿A qué se refiere Rajoy cuando habla de “recuperar la normalidad” en una región autonómica donde la corrupción se instauró oficialmente hace tres décadas? ¿Acaso ha sido Cataluña “normal” en algún momento desde la Transición? ¿Por qué define Arrimadas a Ciudadanos como el partido de la “gente normal”? ¿Son anormales ese 48% de catalanes que llevan votando por la independencia desde hace 18 años y que han vuelto a hacerlo esta Navidad de 2017? Como dice el escritor estadounidense Michael Medved, el verdadero poder lo tienen quienes son capaces de redefinir la normalidad. En España los términos “democracia” y “normalidad” se repiten a diario en los medios de comunicación y en las tertulias, precisamente porque nadie parece saber bien qué significan ninguna de las dos, aunque se nos venda el espectáculo de la “normalidad democrática” con un aplomo que asusta.

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«Al haber quedado Junts per Catalunya por delante de ERC, el fugado Puigdemont podría acabar al frente de un gobierno en el exilio, dirigido desde Bruselas. ¿Normalidad?»

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La primera anomalía de las elecciones catalanas del 21 de diciembre es la altísima participación ―casi un 82%―, propia de democracias recién instauradas o de lugares que sufren una polarización socioeconómica. En Estados Unidos, donde la estabilidad política se considera garantizada, la participación electoral más elevada desde 1968 ha sido de un 58% en 2008, cuando Obama venció a McCain tras los polémicos ocho años de George W. Bush. En España, la elevada concurrencia electoral de estas autonómicas catalanas de 2017 marca un aumento de siete puntos sobre las autonómicas de 2015, cuando ya se superaron los máximos regionales previos con un 74,95% de participación. Esta movilización electoral catalana ha superado incluso el récord histórico de las elecciones generales de 1982, cuando el PSOE de Felipe González ganó con una participación del 79,9%.

¿Ha sido el 21D una convocatoria electoral normal? Pues no. En absoluto. De las siete candidaturas que se presentaban a fin de ingresar en el Parlamento catalán, dos de ellas ―que han quedado en segundo y tercer lugar―  lo hacían en circunstancias excepcionales. Junts per Catalunya (34 escaños y 21,65% de los votos) está liderada por Carles Puigdemont, expresidente catalán prófugo y residente en Bruselas. En esta huida que publicitada como la de un mártir del Estado español le acompañan los exministros catalanes Lluís Puig, Clara Ponsatí, Meritxell Serret y Toni Comín. (Ponsatí es la número dos de JxC por Barcelona y Puig va en la candidatura por Girona. Comín y Serret están en las listas de ERC.) Al haber quedado Junts per Catalunya por delante de ERC, el fugado Puigdemont podría acabar al frente de un gobierno en el exilio, dirigido desde Bruselas. ¿Normalidad? Ejem. Cuando los corresponsales internacionales intentan describir la llamada “democracia española”, alucinan en colores, por decirlo en román paladino.

«Oriol Junqueras, cabeza de lista de Esquerra Republicana de Catalunya, tercera formación con 32 escaños y 21,39% de los votos, lleva casi un mes y medio en la cárcel»

Pero sigamos, que hay más. Oriol Junqueras es el cabeza de lista de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que ha quedado en tercer lugar en las elecciones, con 32 escaños y 21,39% de los votos. Junqueras lleva casi un mes y medio en la cárcel madrileña de Estremera en régimen de prisión provisional, por presuntos delitos de rebelión, sedición y malversación. La número dos de la lista de ERC es Marta Rovira, que podría haber reemplazado a Junqueras si no pudiera ejercer legalmente como diputado. El único problema es que el juez Pablo Llarena ha imputado por rebelión a Rovira este viernes 22 de diciembre, apenas 24 horas después de celebrarse las elecciones autonómicas.

En cuanto a la CUP, la tercera fuerza independentista, liderada en esta convocatoria por Carles Riera, apenas ha sacado 4 escaños con un 4,45% de los votos. Pero tal vez no sea este el peor de sus males, pues el juez Llerena ha imputado también por rebelión a la presidenta del grupo parlamentario de la CUP, Mireia Boyá, y a su portavoz, Anna Gabriel. Al mismo cargo de rebelión se enfrenta el expresidente catalán Artur Mas, por pertenecer al llamado Comité Estratégico del Procés, órgano responsable de organizar el referéndum ilegal del 1 de octubre y la declaración unilateral de independencia de España. ¿Normalidad? Más bien poca. ¿Y dificultad para entender el secesionismo catalán siendo un periodista extranjero, digamos estadounidense, británico o francés? Pues mucha. Para qué vamos a engañarnos. Empezando por la propia existencia de partidos políticos legales ―y mantenidos con dinero público― cuyo único objetivo es la destrucción del país al que pertenecen.

«Inés Arrimadas no será presidenta pese a haber ganado las elecciones, liderando un partido que arrancó en 2007 con tres diputados y ha obtenido ahora 37 escaños»

Tampoco ha sido normal que Miquel Iceta y Xavier García Albiol, representantes de los dos grandes partidos nacionales, hayan quedado en cuarto lugar (17 escaños, 13,88% de los votos) y en un bochornoso último puesto (3 escaños, 4,24% de los votos), relegados a actuaciones casi residuales en el Parlamento catalán. Dentro de todo este cúmulo de anomalías, tal vez el resultado de Catalunya en Comú-Podem, liderado por Xavier Domènech, con sus ocho escaños y su 7,45% de los votos, pueda catalogarse como “normal”, pese a ser el partido de la alcaldesa de Barcelona, ciudad donde Ciudadanos ha teñido de naranja los mapas de estas elecciones autonómicas.

Y cerremos la lista de anormalidades con la victoria pírrica de Inés Arrimadas, la campeona de la noche, que no será presidenta de Cataluña pese a haber ganado las elecciones con holgura numéricamente (1.102.000 votos de C’s frente a 940.600 de JxC), como cabeza visible de un partido que entró en el Parlamento catalán en 2007 con tres diputados y ha obtenido ahora 37 escaños y un 25,37% de los votos. Así que al escuchar a los políticos y periodistas españoles hablar ufanamente de la “normalidad democrática”, es aconsejable soltar una estridente risotada o un altanero bufido.

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