El Forges nuestro de cada día

ntonio Fraguas, Forges, en una imagen de archivo
Antonio Fraguas, Forges, en una imagen de archivo. El humorista gráfico ha muerto hoy en Madrid, a los 76 años, a causa de un cáncer de páncreas. / Juan Carlos Hidalgo (Efe)

Una mañana, hará cosa de seis o siete años me tropecé con Forges por la calle Toledo y no me atreví a saludarlo, a darle las gracias por tantos buenos ratos que me había hecho pasar, lo mismo que me pasó aquella otra vez en la Feria del Libro del Retiro, cuando tampoco quise interrumpir el monólogo interior de Gonzalo Torrente Ballester, que se aburría sentado en una caseta, sin ningún lector a la vista, tomando el sol como una tortuga en un terrario. Forges ni estaba solo, ni aburrido; iba paseando del brazo de su mujer, Pilar, mirando escaparates o haciendo como que los miraba, pero yo tuve la misma sensación de ir a distraerlo de algún esbozo de viñeta: a través de las gafas casi podía ver, marchando por el interior de su cabeza, una cooperativa de pequeños Forges inclinados sobre la mesa de dibujo.

Forges empezó a dibujar en defensa propia, cuando no era más que un niño aquejado con una encefalitis y, durante los largos meses en la cama, aprendió a emborronar rollos y más rollos de papel higiénico. Fue técnico en los estudios de TVE en el Paseo de la Habana y una vez le tocó arreglar la televisión en el palacio de El Pardo, una anécdota en la que, como contaba él mismo, se encontró con un mamotreto de aparato entre las manos, sin mirar para atrás se lo entregó a quien él creía un compañero para que le echara una mano y cuando terminó la reparación, descubrió a Franco sosteniendo el aparato. De ese encuentro memorable nació el mejor retrato del Caudillo del que se tiene noticia, la caricatura de una cabeza gorda, apacible, casi daliniana, apoyada en un cuellecito fláccido y quintaesenciado en un manojo de arrugas. En uno de los últimos volúmenes de su fabulosa Historia de aquí resumió la cultura en tiempos de Franco con una viñeta en la que se veía un guiñol, el Invicto manejando los hilos, y un edecán que se ponía firmes para anunciar que le habían dado el premio Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez. “Los trinquen”, decía la voz aflautada de Franco.

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«Tenía un oído privilegiado para inventar un vocabulario propio y para forjar cualquier acento o idiolecto, ya fuese de un funcionario pedante, un empresario atroz o un alcohólico»

El Congreso de los Diputados, la consulta del médico, la cama matrimonial, un partido de fútbol, la cola del paro: de un solo trazo, Forges podía dibujar España, y en un solo bocadillo, encerrar las miserias, las tristezas y las paradojas de este triste país nuestro. Tenía un oído privilegiado no sólo para inventar un vocabulario propio, sino para forjar cualquier acento o cualquier idiolecto, ya fuese de un funcionario pedante, un empresario atroz o un alcohólico. A veces trazaba unas macizas estupendas, de muslamen interminable, ante las que se estrellaba nuestra frustración erótica. Otras veces bajaba al terreno de la política y, con sólo dos cejas y un bigote, evocaba la caricatura siniestra de Aznar, al que un día clavó como a un aborto de mariposa en su lamentable papel de limpiabotas. Fue cuando el mundo se dividió, por obra y gracia de un imbécil sanguinario, en el eje del bien y el eje del mal; entonces Forges agrupó por un lado los monigotes de Bush y Blair, por el otro los de Sadam y Gadafi, y en medio colocó el de Aznar: “Aserejé”.

Sello de Correos con una viñeta de Forges
Sello de Correos con una viñeta de Forges.

Tuvo que cambiarle el nombre momentáneamente a Mariano para que el público no confundiera a su entrañable personaje con el de ese otro garabato que iba a ser presidente del Gobierno y que, para desgracia nuestra, lo sigue siendo. Quién iba a decirnos que Mariano iba a quedarse huérfano y sin su nombre, cuando la viñeta de Forges era una de esas cosas que parecían tan naturales como el sol de la mañana o el pan nuestro de cada día. Todavía sonrío al recordar su hermoso canto a la pereza, cuando Concha, tendida a un lado de la cama, le decía a su marido, tendido al otro:

– “Mariano, las siete”.
– “Que pasen”.