Charlatanes de la España vacía

Tejados y viviendas de un pueblo español
Tejados y viviendas de un pueblo español vistos a través de la ventana de una de las casas. / Almudena Sanz Tabernero (Pixabay)

Cuentan que cuando, entretenidos en una charla por Madrid, Benito Pérez Galdós y Pío Baroja llegaron a los límites de la ciudad, Galdós le dijo a don Pio: “Cuidado Baroja, el campo”. Nunca tuvo buena prensa el medio rural, pero sorprende una visión tan negativa, tan agresiva, como la de un libro reciente de gran éxito, La España vacía, de Sergio del Molino. Una muestra del tono del ensayo: “El pueblo es pueblo y campo. En la España vacía el pueblo es solo pueblo, y ay de aquel a quien la noche sorprenda en descampado”. Todo así, hasta llegar a la tesis central: el aburrimiento de los rurales les lleva inevitablemente a una suerte de heterofobia, racismo contra el forastero que puede terminar en tragedia. Una imagen que sirve además para reforzar el tópico tan trabajado de una España europea frente a una España africana. Un despropósito.

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«Muchos geógrafos han estudiado con seriedad el estado actual del medio rural, pero con una repercusión mucho menor. A ellos no les invita Francino a su programa»

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Frente al manoseo de un territorio inventado, ¿qué dicen los geógrafos españoles, tan poco visibles, por cierto? Coinciden en que los pueblos profundamente rurales, dejando aparte los asimilados por los espacios urbanos y los que configuran áreas turísticas de éxito, se han convertido en espacios geográficos que poco tienen que ver con los anteriores de la España agraria. Tienen los mismos nombres, las torres de sus iglesias siguen ahí, viendo pasar el tiempo, el caserío mantiene su añejo carácter, pero son otros pueblos, con otros usos. Como construcción geográfica tienen poco que ver con los anteriores al éxodo rural de hace sesenta años o con los que entraron en un declive mortal en las siguientes décadas.

Y aún peor. Los políticos que eternizan debate sobre despoblación o producen agendas de la población como churros, y hasta crean un comisionado especial para el asunto, recurren a la misma imagen tópica de un mundo rural inexistente. Como si tuvieran que confrontar el espacio rural con una imparable concentración de la población en pocas ciudades. Una tendencia que afecta a España y al resto del mundo. Pero, ¿se ha estudiado con seriedad el estado actual del medio rural? Pues, sí, muchos geógrafos lo han hecho, pero con una repercusión infinitamente menor. A ellos no les invita Francino a su programa. En este país no se lee a los expertos, se leen tópicos. Y no hablo de ficción literaria, que eso es otra cosa, sino de falsificaciones de la realidad.

«Para escribir La España vacía, Del Molino no necesita consultar censos de población o encuestas de infraestructuras. “Se aprecia desde la ventanilla del coche”, escribe»

Desde el departamento de Geografía de la Universidad de Valladolid, por ejemplo, para Fernando Molinero, Luis Carlos Martínez y otros, los pueblos se han mantenido “gracias a la renovación de las casas y a la construcción de otras nuevas, frente a la imagen tópica del ‘pueblo abandonado’”, tan romántica y tan periodística. “En los pueblos se ha mantenido el número de entidades y hasta ha crecido el de viviendas”. Ellos utilizan los censos de población y viviendas o las encuestas de infraestructuras y equipamientos locales, pero Sergio del Molino, para escribir La España vacía, no lo necesita. “Se aprecia desde la ventanilla del coche”, escribe. Sin poner pie en tierra, él ve “paisajes extremos y desnudos, desiertos, montañas áridas, pueblos imposibles y la pregunta constante: quién vive aquí y por qué. Cómo han soportado, siglo tras siglo, el aislamiento, el sol, el polvo, la desidia, las sequías, incluso el hambre”. Ya digo, un best seller.

Los pueblos hoy tienen dos tipos de pobladores, los permanentes, un colectivo muy envejecido, y la “población vinculada” (yo mismo y millones más en toda España), que tiene una vivienda utilizada temporalmente. Sin leer trabajos de geografía como los de Julio Hernández Borge, de la Universidad de Santiago de Compostela (“Población vinculada y residencias secundarias en Galicia”), sólo tienes que preguntar a dónde se dirigen tantos habitantes que “huyen” de las ciudades en verano, puentes o fines de semana. Más sencillo aún, yo le he preguntado a setenta alumnos de geografía que viven en León si sus familias utilizan una residencia secundaria en algún pueblo y el 80% me responde que sí. Otros pueblos, con otros usos, otros problemas y necesidades. Por ejemplo, mejores servicios públicos e infraestructuras que faciliten estancias medias más largas de esos nuevos pobladores.

«Esta población vinculada, estos “hijos del pueblo”, han salvado esos poblamientos: compran, reparan, invierten, pagan el IBI y todos los impuestos municipales, sin subvenciones de la PAC»

Pero conviene conocer una evidencia. Esta población vinculada, estos “hijos del pueblo”, han salvado esos poblamientos: compran, reparan, invierten, pagan el IBI y todos los impuestos municipales, sin subvenciones de la PAC o de los programas locales europeos. Pero, si conviertes la España rural en un territorio de ficción, como hace Sergio del Molino en su ensayo, para qué preguntar a los secretarios municipales por toda esa contabilidad. Ahí van millones de habitantes urbanos, a ese territorio que, desde la ventanilla del coche, en su “territorio literario”, este autor ve como “aldeas que podrían ilustrar un anuncio de turismo de Marruecos”. España vacía, España africana. Entendido.

Esa población estacional llega a duplicar holgadamente los habitantes de los pueblos, y hasta los multiplica por cinco en muchos casos. Un aporte demográfico no contabilizado, pero, si no se tiene en cuenta, ni se entiende de qué espacios hablamos ni se pueden elaborar políticas territoriales útiles. José María Delgado y Luís Carlos Martínez han calculado para Castilla y León una población estacional rural de casi medio millón de personas en una comunidad de dos millones y medio. Muchos tienen vinculaciones familiares con los pueblos y proceden de otras  regiones. Lo cantaba Serrat: “Y en julio, en Aragón, tenía un pueblecillo”. Como diría Ulrich Beck para el mundo cosmopolita de hoy: “Son de allí, pero también de aquí”. Identidades abiertas que no percibes si viajas con anteojeras.

«No es inocua una imagen falsificada del espacio rural. Sirve para mucho y para muchos, y no solo para vender libros sobre “campesinos aburridos y resentidos”»

En síntesis, un medio rural con más casas y en mejor estado, más población si les cuentas a todos, más atracción si ves los flujos reales de gente desde las ciudades, locos por la “filosofía clorófila”, especialmente, como demuestra Hernández Borge, “en las zonas más deprimidas y despobladas”. Pueblos en los que la diversificación de las posibilidades de empleo depende, e irá en aumento, de esta nueva composición social. Con hosteleros capaces de atraer clientes desde cientos de kilómetros, como mis amigos los Lera en Castroverde de Campos en Zamora, así como artesanos de éxito, trabajadores de la construcción que son más numerosos en términos relativos que en las ciudades, empresas de servicios adaptadas a las nuevas demandas, excelentes industrias agroalimentarias de calidad, actividades agrarias modernas y atentas a las nuevas demandas, servicios sociales que están creciendo y mejorando cada día o versiones de la economía naranja en el medio rural. Se está configurando una interesante realidad social y económica en el medio rural: si se mira, se ve.

No es inocua una imagen falsificada del espacio rural. Sirve para mucho y para muchos, y no solo para vender libros sobre “campesinos aburridos y resentidos”. Cuando oigo el discurso político del PP sobre la ley electoral o sobre las diputaciones provinciales como servidoras de los pequeños pueblos, lo reconozco, me irrita. A veces tengo la tentación de ir al juzgado. Lo he vuelto a leer en la respuesta a un diputado de Ciudadanos de la ministra de Agricultura, Isabel García Tejerina, hace unos días en el Congreso. ¿Al servicio de los pueblos? Al servicio de políticos que utilizan los recursos públicos de los pueblos para a hacer clientelismo político en las capitales de provincia, con teatros o espacios feriales que nada tienen que ver con el espacio rural. Mejor suprimirlas y favorecer la agrupación de ayuntamientos que tendrán más interés en responder a las necesidades de estos nuevos espacios rurales. Pero, me temo, los charlatanes que se inventan la realidad seguirán dominando la escena
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