Crimen y castigo: lo que Gabriel no nos pide

Patricia y Ángel, padres de Gabriel Cruz, acompañan el féretro de su hijo hacia la catedral de Almería
En la imagen, del 13 de marzo, Patricia y Ángel, padres de Gabriel Cruz, acompañan el féretro de su hijo hacia la catedral de Almería, donde se ofició el funeral por el alma del pequeño. / Ricardo García (Efe)

La desaparición y asesinato de Gabrielillo en Las Hortichuelas ha suscitado una reacción general misteriosa y digna de reflexión: me refiero al hecho de que todos sintamos que su muerte es algo que nos ha pasado a cada uno de nosotros, con independencia de la distancia que nos separara del lugar de los hechos y del círculo de sus allegados y familiares. Decía Aristoteles que la compasión es un sentimiento que pertenece a las medias distancias. Lo que ocurre demasiado lejos –al otro lado de la montaña, donde no alcanza nuestra vista– no nos incumbe; lo que está demasiado cerca produce horror. Nada ocurre más cerca que la muerte de un hijo. A todos la muerte de Gabrielillo nos ha ocurrido inicialmente demasiado cerca; todos hemos sentido el más vivo horror y sólo en un segundo momento hemos alejado lo bastante de nuestro propio cuerpo el dolor del niño y el de sus padres como para sentir además compasión. Esta cercanía –que tiene que ver, como contaba en un reciente texto, con la infancia y su poderosa incubación de imágenes físicas– explica que los españoles hayamos vivido la atrocidad de Almería sin defensa ni ideología, como una universalidad en el cuerpo; como un universal encarnado. Por una vez “todos somos Gabriel” (o sus padres) ha sido algo más que una fórmula retórica.

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«Las derechas populistas
y las izquierdas sumarias deberían recordar dos principios: no se puede conjurar todo peligro y,
allí donde parece
no haber salida, siempre existe la opción
de no matar a un niño»

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Esta cercanía física y, al mismo tiempo, mágica se presta fácilmente, sin embargo, a la manipulación política. Todos hemos sentido, sí, el acontecimiento como propio, salvo los que han sabido defenderse de su propio cuerpo y han sido tan disciplinados como para “recordar” los intereses electoralistas o las ventajas pseudoperiodísticas o las miserias ideológicas. Así, la derecha está explotando la corta y media distancia de este dolor para introducir las largas distancias de las reformas legales y los réditos electorales a través de un populismo penal tan nauseabundo como peligroso. Por su parte, un sector de la izquierda está relativizando un hecho radicalmente moral para emitir juicios sumarísimos de orden ideológico, sin información ni conocimiento (y a veces sin corazón), con el único propósito de probar alguna tesis presuntamente feminista o presuntamente marxista. Unos y otros –derechas populistas e izquierdas sumarias– se alejan del horror inmediato de la muerte de Gabrielillo no para introducir un poco de razón o de sensatez, sino para imponer un esquema, un programa y un plan. Unos y otros deberían aprender de Patricia y de Ángel, los padres del Pescaíto, los cuales, no obstante la inmediatez entre su cuerpo y el de su hijo, han sido capaces de distinguir, en medio de las penas del infierno, entre el mundo donde mataron a Gabrielillo y el mundo donde jugaba Gabrielillo; y han encontrado fuerzas, mientras lloraban, para llamar a defender este segundo mundo, y a defenderlo no sólo de los asesinos de niños sino también de los que, sin escrúpulos, tratan de pescar votos, exclusivas o consignas en el mundo donde los asesinos matan y los niños mueren.

Ahora bien: algo hay que decir acerca de este mundo. Tanto las derechas populistas que pescan en río revuelto como las izquierdas sumarias que regresan a la soledad de sus alvéolos ideológicos, deberían recordar dos principios.

El primero, es que no se puede conjurar todo peligro. En efecto, ninguna reforma penal o social puede cubrir todas las grietas ni enjugar todos los riesgos. No solo en este mundo realmente existente; en cualquier otro mundo posible, con las mejores leyes y la más alta justicia social, habrá siempre una mano inasible, imprevisible y oscura que matará a un niño. Esto tiene que ver con las “malas noticias” que siempre nos recuerda, agorero y realista, el psicoanálisis. Entre la dictadura política, que empieza tapando fisuras y acaba persiguiendo a todos los ciudadanos, y la utopía revolucionaria, que cree en el “hombre nuevo” (o en la “mujer nueva”) y acaba por eso mismo en la dictadura, hay que resignarse a intervenir en un mundo en el que todas las soluciones serán siempre incompletas, precarias y chapuceras. La dictadura es sin duda la peor de la utopías: porque suele hacerse realidad, y no como “seguridad plena” sino –precisamente– como dictadura.

El segundo principio es el de que, incluso allí donde el determinismo social parece dejar poca o ninguna salida, siempre existe la opción de no matar a un niño. Al menos nos queda eso. Frente a la derecha populista, que pone entre paréntesis las presiones sociales y psicológicas para encarcelar sobre todo pobres, negros o inmigrantes, y frente a cierta izquierda proclive a considerar juguetes del destino, o de la banca, a todos los criminales (salvo que sean banqueros) hay un término medio –o una mesopotamia humana– donde conviene buscar un criterio. Quiero decir que el ser humano es esta cosa rara: la criatura que, en las condiciones más adversas, contra viento y marea, cuando no parece tener ninguna alternativa, conserva siempre la libertad –mínima y máxima– de no matar a un niño.

El primer principio es un hecho. El segundo una ficción. La combinación de ese hecho y esa ficción es lo que fundamenta el Derecho como algo diferente de la justicia y, en su precariedad chapucera, como algo superior a la Justicia. El primer principio implica el reconocimiento de la fragilidad: el segundo el reconocimiento de la responsabilidad. La fragilidad debe exigir al Estado hospitales, viviendas, colegios, una policía democrática y un tribunal garantista, pero no la promesa de inmortalidad o invulneralibilidad; y todo gobernante que prometa semejante cosa está ya a punto de convertirse en un dictador. En cuanto a la responsabilidad, el cometido de un Estado de Derecho será el de distinguir grados –en relación también con la mayor o menor fragilidad de los sujetos– pero siempre a partir del presupuesto de que, con atenuantes o agravantes, todos somos dueños de nuestros propios actos. Que no me diga el “filósofo materialista” habitual que eso es una ficción. Una sociedad es sólo un conjunto de ficciones. Pero la ficción de la responsabilidad es inseparable de la ficción de la dignidad personal y de la ficción de la dignidad política: ni los pueblos ni los individuos quieren ser tratados como piedras rodantes o niños lactantes y, como recordaba hace años Sánchez Ferlosio, entre la cárcel y el manicomio cualquier ser humano que se contemple a sí mismo como algo distinto de un autobús cuesta abajo y sin frenos elegirá sin duda la cárcel.

«El talión, la venganza regulada, deja enteramente insatisfechas a las víctimas. El mercado, a través de la idea de la reemplazabilidad y del fetichismo del dinero, genera la ilusión de que ninguna pérdida es insustituible»

Ahora bien, la combinación de estos dos principios (el de fragilidad y el de responsabilidad) acarrea algunas consecuencias. La primera es la aceptación de que en el tiempo, donde todos vivimos, no se puede restaurar ninguna armonía; y ello porque en el tiempo no ha habido jamás armonía. En términos mitológicos Caín, fundador de la historia humana, hizo imposible la vuelta atrás. En términos teológicos, ni siquiera tras el Juicio Final el cristianismo se atreve a poner el contador a cero: de hecho la hermosa “apocatástasis” (o “restauración de todas las cosas”) de Orígenes costó a su autor la exclusión del santoral católico. Podemos olvidar el mal (el bien lo olvidamos siempre), pero hay gestos que no admiten reparación posible en el mundo sublunar. A lo largo de la historia los seres humanos, obsesionados con la idea de la “reparación”, han inventado dos sistemas de equivalentes, y los dos han fracasado. Me refiero al talión y al mercado. Durante siglos, antes de la reciente –muy reciente y muy precaria– invención del Derecho, las sociedades intentaron establecer equivalencias entre daños: ojo por ojo y diente por diente. La venganza, en realidad, tiene su rigurosas tablas mercantiles: un niño vale otro niño o quizás veinte ovejas o dos casas. Pero la venganza regulada no sólo es irregulable, no sólo multiplica los daños ad infinitum sino que, por eso mismo y más allá de sus efectos socialmente destructivos, deja enteramente insatisfechas a las víctimas. La muerte de un niño no puede ser compensada por la muerte de otro niño (no digamos por la entrega de veinte ovejas). Tampoco puede ser sustituida en el mercado. Pues el mercado, en efecto, a través de la fabricación en serie, la reemplazabilidad de las mercancías y el fetichismo del dinero, genera la ilusión de que ninguna pérdida es insustituible. Si se me rompen los zapatos, me compro otros iguales; si sufro un accidente, me compro un nuevo coche. Pero si dentro del coche iba mi hijo y muere como consecuencia del golpe, descubro del modo más trágico que mi hijo ni había sido producido por el mercado ni puede ser recuperado en él. En el tiempo humano, tras la expulsión del Paraíso, no hay equivalencias: lo que se pierde, se pierde para siempre y, si lo que se pierde es un niño y, además, lo han asesinado a sangre fría, su pérdida reclama un castigo sin equivalente posible. Reclama, si se quiere, una justicia que no es ni de este mundo ni de ningún otro (securitario, socialista o escatológico). Citando de nuevo a Iván Karamazov (que demostraba la inexistencia de Dios a partir de la imposibilidad de hacer justicia a un niño muerto) insistamos en que “no se puede castigar lo que no se puede perdonar y no se puede perdonar lo que no se puede castigar”. Así que habrá que buscar una solución, inevitablemente chapucera, al margen del castigo y del perdón; al margen, pues, de todo sistema de equivalencias. Es decir, al margen tanto del talión como del mercado, que son, además de fuentes inagotables de hambre insatisfecha, o por eso mismo, las máximas amenazas imaginables para el Estado de Derecho.

Si en el tiempo los daños son irreparables (y sus bellezas insustituibles), no hay justicia posible. Hay que abandonar, sí, toda esperanza de justicia (pero no de belleza). La sed de justicia siempre queda incolmada. Y sus pretensiones acaban una y otra vez en el linchamiento o en la dictadura. Es preferible esperar menos, porque “menos” es lo más que podemos humanamente esperar. Es preferible aceptar la insatisfacción, como destino metafísico, y pedir un poco de Derecho concreto y balbuciente. Paradójicamente es esa la mayor satisfacción a la que podemos aspirar, como bien lo han entendido Patricia y Ángel, los padres de Gabrielillo, con su belleza moral y su fragilidad ética: confiar en que se haga pública la distancia entre el verdugo y la víctima, que esa distancia se reduzca a los límites de una acción concreta, que se nos garantice a todos, a través de la presunción de inocencia –ficción performativa– que nosotros, inocentes, nunca seremos tratados, de forma arbitraria, como culpables. Eso es lo que llamamos un “juicio justo”, ceremonia fría y casuística que poco tiene que ver con la justicia plena y la reparación colmada, pero que evita, sobre todo, la dictadura política y la venganza tribal, las dos hidras sin fin a las que se expone la humanidad desde el principio de los tiempos.

«A los padres de Diana Quer podemos entenderlos y nadie debe juzgarlos. Pero no podemos admirarlos. Admiramos a Patricia y a Ángel, capaces de no agotar todo razonamiento en su dolor sin límites»

Que no venga el “filósofo materialista” habitual a decirme que el Derecho es una mierda, que está al servicio de los poderosos, que condena a los manteros y a los raperos y deja intocables a los ricos y los fascistas. Es verdad. En el mercado es así; también era así antes de él, cuando en el ancien régime las leyes las hacían directamente las clases poderosas. Pero cualquier ama de casa normal sabe muy bien lo que pasa, y lo expresa con precisión, cuando se condena a un bloguero chistoso y se protege, en cambio, al cuñado del rey: no hay derecho. Hay dos peligros: uno confundir el Derecho con los intereses de una clase o una casta. El otro, frente a esta reiterada transgresión, el no menor de querer sustituir el Derecho por la justicia. Necesitamos más Derecho, no menos; necesitamos que haya derecho de una vez. Y para esto hay que evitar la tentación de todo pretendido sistema de equivalencias, ya se llame talión, mercado o “maoísmo”.

Eso es lo que está en juego cuando se acortan todas las distancias y el horror alcanza nuestro cuerpo. A los padres de Diana Quer podemos entenderlos y nadie debe juzgarlos. Pero no podemos admirarlos. Admiramos a Patricia y a Ángel, capaces de no agotar todo razonamiento en su dolor sin límites. Y podemos juzgar y condenar, desde luego, a los políticos que utilizan este dolor –el de padres que han perdido a sus hijos sin reparación posible– para introducir las largas distancias del populismo penal y el electoralismo bellaco (o el de la ideología barata). Decía Voltaire que “razonable es lo que piensan todos los humanos por igual cuando están tranquilos”. Esa “tranquilidad” también es una ficción; los humanos siempre estamos y estaremos intranquilos. Pero es esa ficción de la tranquilidad –que llamamos “razón”– la que debe hacer las leyes, como es la ficción de la responsabilidad la que debe juzgar los crímenes. Debemos exigir “tranquilidad” a nuestros dirigentes y legisladores. En un mundo muy feo y muy real mataron a Gabrielillo; no es ese mundo el que debe regular nuestras vidas. En un mundo más tranquilo y verdadero Gabrielillo jugaba; es ése el mundo que debemos restaurar. En un mundo muy irracional y muy real mataron a Gabrielillo; la única manera de contenerlo –sin jamás pretender abolirlo– es no convertirlo en una regla social ni en un destino penal. En un mundo más tranquilo y verdadero jugaba Gabrielillo; la única manera de conservarlo es hacer como si todos cupieran en él. No hay más alternativa: o chapuza o destino; o derecho o justicia; o fragilidad y responsabilidad o equivalencia imposible y dictadura.