La nueva alcaldesa de Túnez, ¿una buena noticia?

  • Una mujer, Souad Abderrahim, será la nueva alcaldesa de Túnez capital. Se convirtió el martes pasado en la primera alcaldesa electa de una capital del mundo árabe
  • Su elección no transforma la realidad; la normaliza. El mundo árabe necesita normalidad y para eso hace falta que mujeres, feministas o no, gobiernen.

El pasado mes de mayo se celebraron en Túnez las primeras elecciones municipales de su historia, aplazadas una y otra vez desde el derrocamiento en 2011 del dictador Ben Ali. Con poca cobertura en los medios occidentales, no obstante su importancia, los comicios locales depararon dos buenas y dos malas noticias.

La primera buena noticia es sencillamente que se celebraron; y que, en medio de tropiezos y retrocesos, la frágil transición tunecina mantiene su excepcionalidad de luciérnaga en un contexto regional e internacional poco favorable, cuando no abiertamente adverso.

La primera mala noticia es que sólo votó el 35% de los ciudadanos, muchos menos si se incluye a toda la población en edad de votar y no solo a los voluntariamente inscritos en el censo electoral, los únicos a los que se reconoce el derecho a participar. Esta doble abstención -de inscritos y de no inscritos- refleja por un lado el creciente alejamiento ciudadano de las instituciones democráticas surgidas en 2011 (un 20% de los inscritos ha dejado de votar desde ese año) y la exclusión política y social de una mayoría que, más allá de los partidos y los parlamentos, no se siente representada por el Estado, con independencia del régimen y sus políticas concretas; y que, aún más, se ha sentido siempre y se sigue sintiendo amenazada por el Estado central, con cuyos representantes e instituciones prefiere mantener los menos contactos posibles. Esta doble abstención revela el fracaso relativo del proceso político, pero también el fracaso estructural de los nuevos gobiernos democráticos, tan incapaces de integrar a la mitad más pobre del país como lo fueron las dictaduras de Bourguiba y de Ben Ali.

Las otras dos noticias son buenas o malas, según quién y cómo se interpreten.

La primera tiene que ver con los resultados mismos. Los dos partidos mayoritarios, Nidé Tunis y Ennahda, se disputaban la mayor parte de los 350 municipios de Túnez. Nidé Tunis es un partido improvisado a toda prisa en 2012 para disputar el poder a los islamistas y reciclar en su interior a los cuadros dirigentes del ancien régime; su fundador y actual presidente de la República, Beji Kaid Essebsi, fue ministro del Interior de Bourguiba y miembro destacado del RCD de Ben Ali; su máximo dirigente es hoy su hijo Hafidh, rechazado por un sector del partido. En cuanto a Ennahda, rama emancipada de los Hermanos Musulmanes, gobernó el país entre 2011 y 2014 en coalición con dos partidos de izquierdas; fue, por lo demás, el pragmatismo de su dirigente histórico, Rachid Al-Ghanouchi, el que evitó en Túnez una deriva golpista “a la egipcia” y el que facilitó, renunciando a explotar su peso electoral y su poder movilizador, un transversal “consenso de élites” y un reparto bipartidista del gobierno. En su último Congreso, en 2016, Ennahda renunció a su “islamismo” para refundarse como “partido democrático inspirado en los valores del islam”, evocando de forma consciente el modelo de la democracia cristiana europea.

Pues bien, ninguno de los dos ganó las elecciones municipales. Ennahda, con un 28,5 %, superó a Nidé, que sólo obtuvo el 22% de los apoyos, pero fueron las “listas independientes”, con un 32% de los refrendos, las candidaturas más votadas. Se trata de cientos de listas sin conexión recíproca y de inspiración heteróclita -desde ecologistas y alternativos a nostálgicos y ambiciosos deguisés- que expresan así la voluntad política de organizar activamente la desilusión abstencionista -buena noticia- pero que son incapaces -mala- de configurar de momento, ni siquiera a nivel local, una alternativa colectiva transformadora. Esto es una señal poco estimulante, sobre todo tras los ridículos resultados de la izquierda convergente en el Frente Popular, impotente a la hora de incorporar a su proyecto a las clases medias desencantadas y amenazadas y de integrar electoralmente a los excluidos sociales.

La última noticia es mala para sus rivales políticos y para los islamófobos que, de derechas y de izquierdas, sienten nostalgia del régimen de Ben Alí o del combate elitista contra él. A mi juicio se trata, en cambio, de una gran noticia: una mujer, Souad Abderrahim, será la nueva alcaldesa de Túnez capital. Ganó en mayo las elecciones pero con una mayoría relativa que tenía que refrendar esta semana en el consejo municipal recién constituido. Por 26 votos frente a los 22 de su rival, un ex-dirigente local de Ben Ali y ahora candidato de Nidé, Souad Abderrahim se convirtió el martes pasado en la primera alcaldesa electa de una capital del mundo árabe. Hay otras mujeres con cargos municipales en pequeñas ciudades (por ejemplo en Líbano) y hay al menos una mujer, Zekra Alwash, que gestiona una gran ciudad árabe desde 2015, concretamente Bagdad, pero fue nombrada por el primer ministro. Nos guste más o menos la nueva alcaldesa, la noticia es espectacular: por primera vez en la historia de Túnez, por primera vez en la historia del mundo árabe, una mujer es elegida en comicios democráticos para dirigir una gran urbe.

¿Pero quién es Souad Abderrahim? Una farmacéutica de 53 años, “musulmana demócrata”, según sus propias palabras, que ha ganado las elecciones como candidata del partido ex-islamista Ennahda. Militante en su juventud de UGET, el sindicato islamista disuelto por Ben Ali, fue diputada de la asamblea constituyente entre 2011 y 2014; gestora de una empresa y activista encarcelada por la dictadura, mujer empoderada y creyente sin velo, hizo en 2011 unas declaraciones muy polémicas sobre las madres solteras por las que luego pidió disculpas; al mismo tiempo, y en sentido contrario, se toma muy en serio la Constitución de 2014 y defiende una igualdad absoluta entre hombres y mujeres, incluida la “igualdad de herencia”, contraria a los preceptos coránicos, cuestión más que espinosa que no pone de acuerdo ni siquiera a sectores laicos o de izquierdas. Souad Abderrahim no es Ada Colau, pero tampoco es Sarah Pahlin, como un periódico local la calificó hace unos años. Es -en contra del prejuicio generalizado- una musulmana culta, moderna, conservadora y democrática, dirigente de un partido ambiguo al que hay que reprochar menos sus secretas acucias teocráticas que su apoyo al programa económico del FMI y su renuncia -tras años de iniciativas a favor- a seguir apoyando el proceso de la justicia transicional.

¿Es una buena noticia para el feminismo que una “musulmana demócrata”, no velada pero conservadora, sea alcaldesa de Túnez? ¿Es una buena noticia para la democracia?

Tajantemente sí. La elección de Souad Abderrahim no transforma la realidad; la normaliza. El mundo árabe necesita normalidad y para eso hace falta que mujeres, feministas o no, gobiernen ciudades y países; y hace falta que musulmanes demócratas, perseguidos hasta ahora, con la complicidad occidental, por dictadores “laicos”, gestionen las instituciones de gobierno. Normalizar el mundo árabe es la condición para su transformación posterior. El mundo árabe necesita mujeres y necesita demócratas, aunque sean musulmanes; necesita mujeres demócratas, aunque no sean tan feministas como querríamos. El feminismo debe apoyar antes que nada la normalidad: y la normalidad es: acceso igualitario a las instituciones y democracia política, dar la voz a las mujeres y aceptar el voto a los islamistas. Las excepciones -de machos “feministas” como Bourguiba y dictadores “laicos” como Ben Ali- ya vemos a dónde nos han llevado.

Curiosamente -o no- la reacción más fanáticamente religiosa y ridículamente machista al triunfo de Souad Abdelrahim ha sido la del partido del candidato rival, fuerza que hizo toda su campaña denunciando los peligros del “fanatismo islamista”. Fouad Bouslama, responsable de comunicación de Nidé Tunis, , declaró: “una mujer no puede ser alcaldesa de esta ciudad. Nos guste o no, en este país hay tradiciones religiosas. En nuestro país una mujer no puede hacer de imam ni estar presente la Noche del Destino (víspera del 27º día del Ramadán) en una mezquita. Es inadmisible”. Por suerte en este país, musulmán y conservador, hay mujeres que creen posible respetar las tradiciones sin ceder en los principios y defender la democracia sin renunciar a la fe religiosa. Son esas mujeres -junto a otras que defienden idea políticas opuestas a las de Souad Abderrahim- las que han conseguido, tras décadas de luchas, que Túnez tenga la única Constitución realmente democrática e igualitaria del mundo árabe. Ahora sólo hace falta que -al igual que en el caso de la española- se aplique en toda su extensión, tanto en cuestiones de género como en lo relativo a los derechos civiles, sociales y económicos. Entre tanto, los feministas laicos comunistas demócratas deberíamos congratularnos de que una mujer, musulmana y demócrata, sustituya por fin a las decenas de machos corruptos y autoritarios, nombrados a dedo, que la han precedido.

En su discurso de investidura, Souad Abderrahim prometió, entre otras cosas, dedicar un esfuerzo al necesario “embellecimiento de la ciudad”. Por mi parte le haré una petición: la de proteger un tesoro ignorado de esta capital: los seis kilómetros de jacarandás -de la calle Alain Sabarry a la avenida de Cartago- que pueblan, o deberían poblar, de flores delicadamente moradas las primaveras tunecinas. Algún funcionario bárbaro, miembro del Daech botánico, lleva años mutilándolas en vísperas de la floración, con algún propósito espurio, y lo hace de manera tan fanática y cruel, tan despiadada y siniestra, que las ha reducido a una ruina de muñones enjutos y desnudos: seis kilómetros ahora no de belleza acariciadora sino de crucifixiones dantescas bajo un implacable sol de injusticia. Quizás una mujer entienda mejor cuánto necesitamos los hombres un poco de belleza redentora, así como que las flores, además de maravillosas, pueden ser un irresistible reclamo turístico: “Túnez, la ciudad de las jacarandás”. Souad Abderrahim tendrá cosas más urgentes e importantes que hacer, pero no pierdo la esperanza de que alguna vez se haya parado en mayo en la avenida de la Libertad bajo esa nevada de pétalos y se acuerde ahora de proteger, junto a edificios malparados y transportes mal gestionados, este otro gran patrimonio, estético y botánico, de nuestra ciudad.

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