Hijos de la migración: la deslegitimación por origen

  • El mundial de fútbol ha reanimado una vez más un debate tan real y vigente como lo ha sido siempre: la deslegitimación como nacionales de las personas con ascendencia migrante
  • Ellos, los jugadores, con excepción de Samuel Umtiti, no han "venido" de ningún sitio: son franceses y son europeos

Georgina Marcelino, activista de SOS Racismo Madrid

El mundial de fútbol ha reanimado una vez más un debate que a estas alturas podría perfectamente no existir, pero es tan real y vigente como lo ha sido siempre: la deslegitimación como nacionales de las personas con ascendencia migrante.

Tras el triunfo de la selección francesa en la Copa Mundial de la FIFA Rusia 2018, algunos se apresuraron a desvelar su racismo interno hablando del «triunfo de los negros» como si de una nacionalidad se tratase. Una vez más, el paternalismo europeo encuentra una brecha para presentar sus ideas que parecen reparadoras al reconocer el triunfo de un grupo étnico en particular, pero, en el mismo afán, dichas ideas se cargan de racismo. Curiosamente, estas observaciones sobre el origen de los jugadores no se suscitan cuando se trata de jóvenes deportistas migrantes no-racializados.

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Erróneamente, muchos de nosotros; activistas, luchadores contra el racismo y sensibilizados ante esta realidad, hemos caído también en el juego. Ojo, compañeros de la lucha antirracista, no nos llamemos a engaño. Recordemos qué, una de las estrategias del racismo social es deslegitimizar a ciertos ciudadanos por el origen de sus padres, y hasta de los abuelos, relegándolos a una especie de “nada” imaginaria con respecto a su nacionalidad, y esto no debemos apoyarlo. Es el error en el que incurrimos inocentemente al enfatizar información sobre sus países de origen, que son en realidad los de sus padres, como si fuesen suyos propios. Reconozcamos el triunfo de una Francia, colonizadora, sí, forjada con la fuerza de sus orígenes migrantes, también. Pero además, una Francia que no es blanca y de la que ellos son hijos legítimos.

Está bien que el ver a una selección francesa llena de jóvenes talentosos descendientes de la migración nos llame a reflexionar sobre el tema. Pero, reflexionemos sobre el tema de la migración desde la perspectiva de sus padres que son los que han migrado. Ellos, los jugadores, con excepción de Samuel Umtiti, no han «venido» de ningún sitio: son franceses y son europeos.

El tema se reaviva esta semana con las declaraciones de Mesut Özil, centrocampista de la selección de Alemania, quien no solo renuncia a ser titular en la selección de su país, sino que además deja muy claros los motivos que han llamado a polémica: “Siento falta de respeto y racismo, tengo dos corazones uno alemán y otro turco por mis raíces familiares”, y este jugador oriundo de Gelsenkirchen se pregunta: “¿Por qué hay gente que sigue sin aceptar que soy alemán?”. La Federación Alemana de Fútbol ha contrastado las declaraciones de Özil, reniega de las acusaciones de conducta racista y enfatiza su esfuerzo por la integración –idea ya de por si racista, se trate de un nacional o no–, pero, ¿cómo hablamos de integración cuando hablamos de alguien que ha nacido en Alemania?, ¿cómo es posible que necesites ser “integrado” en tu propio país?

Los jugadores alemanes Son Gundogan , Mesut Özil, Niklas Süle y Jerome Boateng/@MesutOzil1088 (Twitter)

En el caso de los campeones de el Mundial, su nacionalidad no es debatible, son franceses. La nacionalidad de Özil tampoco es debatible, nacido y criado en Gelsenkirchen, es alemán.

Lo mas espeluznante de este debate sobre los orígenes migrantes es que solo se reaviva en los extremos: por un lado, cuando se gana, como en el caso de los jugadores franceses, porque al parecer han entrado automáticamente en el área del reconocimiento humano, migrante pero capaz; y por el otro, cuando se pierde o no se rinde, como en el caso de Özil, y vuelven al estado del no-ser al que hace referencia Frantz Fanon. Porque socialmente es más natural y cómodo el estado apartado, el de foráneo, el del ser ajeno.

Reconozcamos que Europa no es blanca. Pero, tomemos en cuenta la importancia de no restar legitimidad a la nacionalidad de estos chicos: si bien son hijos de la migración, son europeos que han jugado por su país. La exposición del tema contrarresta la falacia nacionalista, viene a resaltar que los movimientos migratorios enriquecen a las naciones en casi todos los aspectos y niega la blancura europea que tantas veces se ha promovido como absoluta.

El verdadero debate, en el qué deberíamos enfocarnos, es el hecho de que Europa solo reconozca a sus hijos e hijas racializados cuándo puede sacarles ventaja. Solo los sienta como suyos cuando hay algún beneficio claro o, cómo en el caso de los franceses, extraordinario. Solo reconoce la humanidad de los negros y otras comunidades sensibles al racismo, ya seamos migrantes o no, cuando tenemos una utilidad práctica, un resultado cuantificable. ¿Qué puede haber más racista qué esto?