El humor desde el privilegio: sobre Rober Bodegas y el antigitanismo

Javier Sáez

Departamento de Igualdad y no Discriminación, Fundación Secretariado Gitano

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La reproducción del vídeo con la actuación del humorista Roberto Fernández, conocido profesionalmente como Rober Bodegas, ha suscitado una gran polémica en redes sociales y medios de comunicación y mucha indignación entre la comunidad gitana, y también entre personas no gitanas.

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En supuesta clave de humor el cómico comienza su monólogo amparándose en la censura que abarca “lo políticamente correcto” (“ya no se pueden hacer chistes de gitanos”), y aprovecha para escenificar, con personajes “payos”, escenas que describen actos delictivos que implícitamente se atribuyen a personas gitanas. El presunto efecto cómico se produce de dos maneras: uno, por el mensaje implícito de que los payos no hacen esas cosas (el payo del chiste va a trabajar, no vende droga, su coche tiene seguro y no es robado, no se casa con menores de edad, ni le hace una prueba de virginidad a su novia), y dos, porque el público entiende que “en realidad” se está refiriendo a los gitanos. El monólogo es problemático precisamente por esos dos mecanismos: plantea una superioridad moral de los payos (lo que se conoce como supremacismo racial), y una inferioridad de los gitanos: todos los gitanos son vagos, trafican, roban coches y tratan mal a sus mujeres (lo que se conoce como racismo, y en este caso, antigitanismo).

La Fundación Secretariado Gitano ha manifestado públicamente su indignación y condena ante lo que considera un atentado contra la dignidad de las personas gitanas, subrayando que no se puede confundir el papel provocador del humor con los ataques a la dignidad de las personas. Difundir prejuicios y difamaciones como las que se lanzan durante el monólogo ahonda en la estigmatización que sufren los gitanos y las gitanas y genera aún más discriminación.

Recordamos que, según diversos estudios, la comunidad gitana es la que sufre mayor discriminación en España y que este tipo de manifestaciones contribuyen a ello en gran medida, afectando al ejercicio de sus derechos como ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho. La discriminación afecta la vida de muchos gitanos y gitanas en aspectos fundamentales de su desarrollo personal, familiar y social: la negación a alquilarle una vivienda a una persona gitana, impedirle el acceso a un puesto de trabajo, negarle la entrada a un espacio de ocio, segregar al alumnado gitano en escuelas gueto con baja calidad educativa, son realidades cotidianas que impiden el ejercicio de derechos fundamentales, más allá del propio derecho a la dignidad de la persona, que también se debe garantizar siempre.

Hace años cierto humor se cebaba con lo estadísticamente minoritario o más débil, con personas consideradas diferentes por su orientación sexual o identidad de género, discapacidad, pobreza, falta de instrucción, origen cultural o étnico. Hoy sabemos que eso es inaceptable. No llegamos a lo “políticamente correcto” porque queramos maquillar la realidad, llegamos con el convencimiento de que una sociedad democrática necesita regirse por valores de igualdad y equidad y debe garantizar un trato digno a todas las personas. También para las personas gitanas.

Por otra parte, el debate posterior se ha llevado a veces por algunos humoristas y por algunos medios al tema de las amenazas de muerte al autor del monólogo. Condenamos rotundamente todo tipo de amenazas, y confiamos plenamente en el estado de Derecho y en la aplicación de la ley.

Las palabras tienen el poder de comunicar, pero también tienen el poder de herir. Un aspecto importante de este caso es que esos chistes hacen daño, muchas personas gitanas se han sentido heridas, insultadas, menospreciadas. Una sociedad que no empatiza con este dolor es una sociedad enferma.

De nuevo se ha reabierto un debate importante, el de la libertad de expresión (que es un derecho fundamental) y sus límites cuando entra en conflicto con otros derechos fundamentales, el de no discriminación y el de la dignidad de las personas. A esto se añade el contexto, en este caso, un contexto de “humor”, de comedia, que es una herramienta para la crítica social y la ironía, elementos necesarios en una sociedad democrática y libre.

Pero el humor puede ir en tres direcciones, que tienen que ver con las relaciones de poder. Cierto humor se ha utilizado históricamente para desafiar a los poderes dominantes, para cuestionar a quienes ejercen el poder o a quienes oprimen a las minorías, es decir, es un humor que viene de abajo a arriba, que sirve para criticar, cuestionar o hacer reflexionar sobre el poder o reírse de él (por ejemplo es el humor del gran Chaplin, quien por cierto era de origen gitano). Otro humor funciona en una relación horizontal, es “reírse con” alguien, en una relación igualitaria, incluso aunque se hable de minorías (por ejemplo la larga tradición de humoristas judíos, como Woody Allen, que puede ironizar sobre estereotipos judíos, siéndolo él mismo, o Los Morancos, que suelen hacer chistes de gitanos con cariño y cercanía al pueblo gitano). Y hay un tercer humor que va de arriba a abajo, donde personas de un estatus privilegiado (blancos, varones, sin discapacidad, etc.) se ríen y se burlan de minorías oprimidas (negros, judíos, personas LGBT, pobres, gitanos, mujeres). Este humor reproduce las relaciones de poder, y ahonda en los estereotipos racistas, homófobos, aporófobos y machistas, incitando de forma directa o indirecta a la discriminación de estas personas, que ya padecían históricamente una situación de opresión, como es el caso que nos ocupa, el pueblo gitano.

Además este tipo de humor racista, cuando tiene una difusión pública (un teatro de monólogos o una televisión) produce un daño mucho más amplio, algo que también se tiene en cuenta en los análisis del discurso de odio (la difusión, el alcance e impacto social). Y de algún modo también se banaliza la opresión: “podemos reírnos de colectivos oprimidos, todo vale en aras de la libertad de expresión”, y se pide a estos colectivos que no tengan la piel tan fina, aunque el humorista en cuestión no vive ninguna de esas opresiones.

Otra reflexión importante sobre este monólogo es la reacción del público. Vemos que los asistentes se ríen, aplauden, sonríen, ante los “chistes” que reproducen los peores tópicos racistas contra los gitanos. Si esos chistes hubieran ridiculizado e insultado a cualquier otra minoría (negra, judía, personas LGBT, etc.) muy probablemente el público no se hubiera reído; entendería que se trataba de puro racismo, y seguramente hubiera abandonado la sala. Pero nos preocupa que cuando el racismo explícito es contra el Pueblo Gitano, parece que todo vale. El público de Bodegas escuchó tranquilamente sus chistes, se rió de los gitanos (no “con” los gitanos) y nadie increpó al humorista.

Esta situación muestra precisamente que hace falta un profundo cambio social donde se entienda que el racismo antigitano es inaceptable, que la comunidad gitana es diversa, que son ciudadanos y ciudadanas con todos los derechos, y que el racismo, incluso bajo la excusa del humor, no tiene ninguna gracia.