Son más de lo mismo

  • El fascismo es un movimiento del siglo XX y como tal responde a las características ideológicas y las condiciones materiales que hicieron posible su existencia

En ocasiones, los nombres que describen un periodo histórico no fueron pensados en el momento por sus protagonistas. Otras veces ocurre lo contrario, y se siguen usando conceptos para describir un tiempo que ya no existe porque se carece de las expresiones lingüísticas adecuadas para comprenderlo. Esto último es lo que nos sucede cuando seguimos hablando de “empleo” y de “fascismo”.

Que su significado se vaya erosionando no es óbice para que, mientras todo va cambiando, se siga afirmando que todo continúa o puede volver a ser igual. Puede existir una disparidad entre sentirse algo y las estructuras económicas que lo hacen posible; eso era lo que le sucedía a la burguesía española del siglo XIX, cuando se percibían y actuaban como modernos sin las condiciones para serlo.

Publicidad

Hoy sucede algo parecido pero a la inversa, cuando la ética del trabajo pervive a las condiciones de su existencia; en esa combinación anida la reacción.

Publicidad

El fascismo es un movimiento del siglo XX y como tal responde a las características ideológicas y las condiciones materiales que hicieron posible su existencia. La figura central del siglo XX es la figura del trabajador, sin la cual no se pueden explicar ninguna expresión política: el trabajador como nuevo tipo humano de la movilización total y sujeto del totalitarismo (versión nacionalsocialista), el trabajador como figura que se realiza en el socialismo (versión III Internacional), el trabajador como consumidor y ciudadano a cambio de disciplina (versión socialdemócrata) el trabajador como figura central del capitalismo que tiene que autoabolirse para liberarse (versión autónoma).

El fascismo de los años 30 es inseparable de la figura del trabajador y su centralidad en la sociedad. El escenario de posibilidad actual para las fuerzas reaccionarias, así como para cualquier otro proyecto, no responde a la organización fabril y disciplinaria de una masa indiferenciada, al contrario, implica una articulación de la diferencia y la pluralidad social conectada: de evangelistas a mujeres antifeministas, pasando por gamers, clases medias empobrecidas o que cambiaron su percepción gracias a los avances sociales, ricos, pero también pobres.

Puede mirarse en el espejo del pasado, pero eso no hace más que ratificar su condición presente propia de un fascismo de individuos que son conservadores en lo social, belicistas en lo político y ultraliberales en lo económico.

Que el espíritu sea parecido al que impulsaba el fascismo en los años 30 no nos dice nada de su forma actual ni de las razones de su triunfo; incluso aunque estemos convencidos de que fascismo es la palabra que mejor lo define, el problema no desaparece. El problema es que sus votantes y seguidores, salvo iniciados, no se reivindican como fascistas, no se sienten interpelados, no va con ellos: son una multitud invertida, una pluralidad llena de resentimiento que no desaparece por señalarla, solo es posible movilizando las frustraciones y el deseo hacia otros puertos.

Esta especie de fascismo reticular no se forja en una campaña electoral, sino que bebe de una corriente subterránea de la antropología neoliberal que lleva forjándose a fuego lento y que Bolsonaro ha conseguido surfear y representar. Lejos de una vuelta a las condiciones materiales del siglo XX, lo que tenemos delante es un producto propio del siglo XXI al que solo se le puede combatir con las herramientas del mismo siglo.

Son puro neoliberalismo autoritario: Bolsonaro no es más que otro hipócrita elitista asociado a las multinacionales más depredadoras y Bannon no es más que el caballo de Trump que busca cumplir el sueño de las élites americanas: destruir Europa con la inestimable ayuda de los Estados miembros de la UE. Ni rebeldes ni inconformistas: siervos de los ricos. Nada de replegarse, no hay que defenderse, hay que redoblar la ofensiva y movilizar más deseo y pasiones que ellos. España tiene que ser el ejemplo práctico en Europa, de que la única alternativa a la falta de democracia es más democracia.