Andalucía: motivos desapercibidos de un fracaso

  • Los motivos centrales de la debacle electoral del 2-D quizá deban encuadrarse en coordenadas estrictamente andaluzas
  • Susana Díaz ha proyectado una imagen maquiavélica, mucho más próxima a Frank Underwood que a Brigitte Nyborg

Quienes vivimos en Andalucía, recordaremos la noche del pasado 2 de diciembre como el final de una época. ¿Cómo tropezaron con fracaso tan estrepitoso quienes dieron en todo momento por descontada su victoria?

Dos respuestas se encuentran hoy en liza. De un lado se alude, sin mayor detalle, al “desgaste” experimentado por el PSOE tras treinta y seis años gobernando la comunidad meridional. Se sugiere que las corruptelas acumuladas, el decaimiento de la iniciativa gubernamental e incluso la pesadez de las inercias institucionales podrían haber erosionado la posición hegemónica del socialismo andaluz. De otro lado, con mayor insistencia y precisión, se culpa al “pacto” de Pedro Sánchez con los independentistas como causa de la hemorragia electoral. Sus coqueteos con quienes han incumplido las leyes y pretenden fracturar la unidad nacional, arruinando así la solidaridad económica interregional, habrían promovido una abstención masiva en el electorado progresista o incluso habrían animado a respaldar a otras formaciones.

A esta última tesis parece haberse sumado la propia presidenta en funciones, Susana Díaz, quien lamentó no haber abordado con mayor frecuencia durante la campaña la cuestión catalana y defiende hoy, con Casado y Rivera, la pronta aplicación de un nuevo 155 para Cataluña. Esta lectura adolece, sin embargo, de una debilidad notoria: si por algo se ha caracterizado la líder sevillana ha sido por su marcado españolismo en todo lo atinente al contencioso territorial. En el espectro ideológico que atraviesa la dirigencia socialdemócrata española, se ubica en el registro más conservador y permeable a los poderes oficiales. Por eso se antoja difícil de creer que tantos ciudadanos pudieran ver en ella un riesgo de disolución de la patria.

Los factores del vertiginoso descenso socialista son múltiples y variados. Eso es evidente. Pero los motivos centrales de la debacle quizá deban encuadrarse en coordenadas estrictamente andaluzas. Los indicios de la derrota acaso estuvieran ya sobre la mesa. Si nadie supo anticiparlos fue por las anteojeras usadas en este nuevo tiempo de consultores improvisados, superficialidad cuantitativa y estadística positivista. Para detectarlos se requería, además, un conocimiento mínimo del ecosistema andaluz, no siempre poseído en las redacciones madrileñas. Entre los motivos del desastre pueden destacarse al menos tres, dos de ellos muy directamente vinculados a la misma persona de Susana Díaz.

Susana Underwood

Pese a la retórica del “bien de Andalucía” con la que ha intentado justificar sus principales decisiones estratégicas, la líder socialista ha proyectado una imagen maquiavélica, mucho más próxima, para entendernos, a Frank Underwood que a Brigitte Nyborg. Desde al menos la ruptura repentina del pacto de gobierno con IU en enero de 2015, consumada tras numerosas amenazas, comenzó a quedar claro que su agenda política se escribía en clave de ambición personal. Las sospechas se tornaron en certezas con la gestión de la crisis en la ejecutiva del PSOE, saldada con la renuncia forzada de Pedro Sánchez, la abstención socialista que llevó a Rajoy a la Moncloa y la batalla perdida por la secretaría general.

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En este segundo acto pudimos realizar ciertas constataciones que terminaron de dibujar su silueta. Su retrato quedó ligado de forma indeleble al respaldo indirecto prestado al PP y a los permanentes obstáculos interpuestos a Pedro Sánchez para impedir que lograse una mayoría alternativa a los conservadores. Su carrera por la secretaría del partido reveló asimismo que parte nada despreciable de sus expectativas se depositaban en Madrid. Sus patéticas invocaciones al lazo sentimental que inspiraba su patronazgo andaluz, de rendirle provecho populista pasaron a aparecer ante el gran público como una interesada falsedad. Pero fue sobre todo su incisivo papel jugado en la defenestración de Pedro Sánchez la fatídica noche del 1º de octubre de 2016, cuando comunicó a Francina Armengol aquello de “Yo a éste le quiero muerto hoy” , lo que mostró con claridad su modo preferente de conducirse en política: combinando agresividad y chabacanería a partes iguales.

El nivel de podredumbre en que colocó a su partido en aquel trance, con su acólita Verónica Pérez proclamándose única autoridad de la formación, evidenció cómo el liderazgo de Susana Díaz parecía estar abocado al fango de las luchas intestinas y las confabulaciones de aparato. La revelación incontestable, formulada también contra todo pronóstico, se encontró, sin embargo, en el desenlace de aquel sorprendente serial: fue la propia militancia socialista la que, de forma apabullante, y alzándose contra la mayoría de sus dirigentes, rechazó de plano ese tipo de personalidad política. Donde los medios oficiales vendían carisma, los afiliados rasos percibían zafiedad. Más de un tercio de la militancia andaluza expresó entonces su repudio a una candidata que prefería Ferraz y la Moncloa al Palacio de San Telmo, que había propiciado activamente el acceso del PP a la presidencia del gobierno y que se comportaba en política con egolatría, prepotencia y acritud. Demasiadas tachas para el humilde electorado socialista andaluz, que aproximadamente en ese mismo tercio decidió retirar su apoyo a la candidata socialista.    

Los limitados horizontes de una apparátchik

Con independencia de sus elementos subjetivos, el singular perfil político de Susana Díaz se ha forjado en una trayectoria típica y significativa. Miembro de la generación posterior al desembarco socialdemócrata en la Junta de Andalucía, su militancia ha discurrido enteramente por el apacible cauce de los cargos orgánicos. A diferencia de sus predecesores, de experiencia profesional independiente y con un compromiso activo en la sociedad civil, tanto en la oposición a la dictadura como en la reivindicación de la autonomía, Díaz pertenece ya a la hornada instruida políticamente bajo la hegemonía socialista. No han sido los movimientos sociales, la participación en la protesta ni la acción colectiva el entorno en que se ha esculpido su carácter, troquelado más bien en la órbita del poder autonómico, siempre entre moquetas, despachos y coches oficiales. Este dato, que podría resultar irrelevante en abstracto, gana trascendencia en un momento general de descrédito de los políticos profesionales y de crisis de los partidos oficiales.

A él se suma su manera sectaria de gobernar el aparato del partido. Prefería una reducida cohorte de subalternos obedientes a órganos plurales, abiertos y permisivos con la discrepancia. El mandato férreo, la inclinación a la purga, su afán intervencionista, la política de camarilla y la reclamación de servidumbres caninas marcaron su identidad como dirigente. Su impronta no solo se dejó sentir en las diferentes organizaciones provinciales del partido. También jugaba la partida a nivel estatal, como cuando consiguió los avales que necesitaba Pérez Tapias para competir por la secretaría general, introduciendo con ello al tercero en discordia que garantizaba la derrota de Eduardo Madina.

Lo significativo fue cómo, tras convertirse en presidenta, proyectó esta forma de proceder a la administración pública andaluza. Nunca antes los vértices institucionales de la comunidad estuvieron tan copados de militantes de su formación. Hasta la propia presidencia de la Cámara, atribuida por tradición a un notable de trayectoria reconocida, se dejó en manos de un hooligan sin credenciales condenado por corrupción. La ya tradicional confusión entre el partido y la administración autonómica llegó al paroxismo. Se alcanzó el grado máximo de patrimonialización de las instancias públicas por parte del partido gobernante. Los altos funcionarios se lamentaban de estar trabajando para el PSOE en vez de para los andaluces.

Pero esta colonización de los resortes públicos por el partido solo suministra el síntoma exterior del mal padecido. La falta de conexión con la sociedad civil y la acusada autorreferencialidad partidaria habían llevado al socialismo andaluz a una grave degeneración por endogamia. En lugar de abastecerse de ciudadanía solvente atraída por su proyecto, el partido solo se renovaba desde abajo por la propia cantera extraída de las viejas familias militantes. Los fichajes estrella de personajes públicos para consejerías determinadas apenas podían reparar la fatiga ostensible de los materiales.

La degradación endogámica desembocó en falta de iniciativa. La gobernación de la comunidad aparecía falta de proyecto. Pasó a consistir en un conjunto de reacciones de rechazo o de filtrado ante estímulos que venían siempre del exterior. Esta dirección sin pulso ni rumbo fijo, mecida solo por la inercia, se presentaba además en público como dechado de grandes conquistas que nadie llegaba a divisar por ningún lado.

Colocada en esa, digamos, situación espiritual, la dirección socialista reaccionaba con mal disimulada inseguridad ante toda iniciativa externa. Lo hacía con especial virulencia cuando las sugerencias procedían de Podemos. Figurando entre sus diputados incluso jóvenes profesoras procedentes del PSOE, contemplaban a la nueva formación como una amenaza directa a sus posiciones. Se han dado casos en la última legislatura de laminación socialista de propuestas de Podemos que, pasados pocos meses, pasaron a aprobarse casi sin alterar una coma, pero ya como propuestas del PSOE-A. Ayunos de ideas, la dinámica instalada en el gobierno fue la del repliegue, la de ir colocándose en retaguardia, la de actuar a la defensiva para asegurar puestos neurálgicos. Pero esa es, ya se sabe, la dinámica de los perdedores.

La clausura partidista de la administración selló las válvulas de oxigenación civil. El retroceso defensivo, inseguro y despectivo ante las fuerzas emergentes bloqueó también vías de conexión con las nuevas necesidades sociales. La agudización de las inercias patrimonialistas no solo anquilosó la gobernación socialista; también la separó de la coyuntura populista que hoy atravesamos, especialmente generosa con las fuerzas políticas adheridas sin mediaciones a las demandas populares. Y la tendencia de la presidenta a rodearse de un ceñido séquito de incondicionales, en un ambiente en el que el disentimiento franco debía ser un deporte de riesgo, aumentó este enclaustramiento de la dirección del partido respecto de sus bases y de la propia sociedad andaluza. Si a todo ello se añade una pésima gestión de los servicios públicos, con un descontento difuso en todos los ámbitos, pero muy particularmente en la deteriorada sanidad, podemos figurarnos ya algunos de los antecedentes que nos explican la derrota.  

Folclore conservador

La dilucidación de estos motivos deja de todos modos sin despejar otro interrogante: ¿por qué los votos perdidos del PSOE no se desplazaron en favor de Adelante Andalucía? Que no haya sido una cuestión formulada en sentido autocrítico por sus dos candidatos, más preocupados por formar con urgencia un frente antifascista, acaso nos proporcione pistas para su respuesta. El lector no la encontrará en estas líneas, que cierran preguntándose por qué a la hegemonía progresista andaluza ha sucedido un predominio conservador tan rotundo.

A este respecto, las claves quizá puedan volver a hallarse en la pasada gestión gubernamental. Los casos catalán y vasco demuestran de manera fehaciente cómo el entramado institucional autonómico cuenta con un intenso potencial de aculturación. Los dispositivos de difusión cultural disponibles, bien financiados por lo general, se han revelado capaces de instituir hábitos compartidos, fundar usos lingüísticos y condicionar sólidas autopercepciones colectivas.

Los organismos autonómicos permiten utilizar maquinarias eficientes de nacionalización de sus poblaciones. El caso de Andalucía no ha sido la excepción. Su singularidad proviene del modo en que el socialismo englobó en su interior el núcleo de la identidad andaluza. Recortada hasta conformar una suerte de ortodoxo estereotipo folclórico, ha sido el espejo mediático en el que los andaluces se han venido contemplado a sí mismos durante las últimas décadas. Pero los clichés de que se componía el citado estereotipo, visibles no solo en los programas autonómicos de máxima audiencia, sino también en los medios de prensa sostenidos o cofinanciados con dinero público, resultaban casi todos de cuño cultural conservador.

Para orientarse en los problemas estructurales del país, de la desigualdad económica a la tensión plurinacional, así como en las actuales guerras culturales por el reconocimiento de identidades sometidas, las herramientas simbólicas dispensadas por el envolvente ideario oficial solían acusar una acentuada propensión tradicional, centralista, despolitizada e incluso reaccionaria. Expresión quizá del pacto fundacional de la primera dirección socialista con la gran terratenencia andaluza, el cosmos cultural sostenido institucionalmente no inoculó anticuerpos contra las tendencias regresivas. Más bien allanó el terreno para que, ante situaciones de presión, los vectores involutivos se activasen.

Del espontáneo y representativo ¡A por ellos! se pudo desembocar así en vuelcos electorales como el vivido el pasado 2 de diciembre. No sería entonces la insuficiencia de anticatalanismo la razón del fracaso de Susana Díaz; justo al contrario: su dosificación excesiva ha propiciado una derechización de la sociedad andaluza hoy trasladada al terreno institucional.