Sed de sangre

  • La cosa sólo puede desembocar, como ha dicho Bustinduy, en “un golpe de Estado, una insurrección armada o una intervención extranjera”
  • Se está ocultando sistemáticamente que sólo 16 de los 34 países de la OEA y sólo 3 gobiernos de los 15 de la Comunidad del Caribe se han alineado con Guaidó y que tampoco cuentan con el aval de la ONU

Sobre lo que está ocurriendo en Venezuela y, más aún, sobre la forma en la que se está pudriendo el alma democrática de algunos países como el nuestro, no es posible ser más exacto, breve y contundente que Pablo Bustinduy, hablando en la diputación permanente del Congreso. No tengo mucho que añadir, porque estoy harto de estrellarme contra una pared de mentiras y demencias cada vez que se menciona la palabra Venezuela en este país. Reconocer a ese señor que, tras ponerse de acuerdo con un demente como Trump, ha decidido proclamarse presidente de Venezuela es una irresponsabilidad escalofriante que solo se explica por la sed de sangre y el ansia de venganza. La cosa sólo puede desembocar, como ha dicho Bustinduy, en “un golpe de Estado, una insurrección armada o una intervención extranjera” y, si como es prácticamente seguro, esas tres vías no logran consolidarse, el resultado será una “inevitable guerra civil”. Millares de muertos y ríos de sangre, que, por fin, valdrán de desquite frente a lo que han sido veinte años de derrotas electorales. Derrotas de la oposición en Venezuela y derrotas de tantos países como España, autodenominados democráticos, que apostaron por lo contrario y que, sin embargo, se encontraron invariablemente con que el pueblo venezolano se empecinaba en llevarles la contraria una y otra vez.

Clamando sangre ha salido el magnate Felipe González, el gran amigo (ya desde los años ochenta) del magnate venezonalo Gustavo Cisneros (con quien intercambiaba empresas públicas a precio de saldo), quien, de acuerdo en España con El País (de por aquel entonces), colaboró en el golpe de Estado de 2002 en Venezuela (luego, se recicló pragmáticamente en una versión más moderada a la espera de tiempos mejores). Clamando sangre, por supuesto, ha salido la ultraderecha a un lado y otro del Atlántico, Bolsonaro en Brasil, Trump en EEUU, y, en nuestro país, Vox, el PP y C’s. Y mientras tanto, la Unión Europea se lo está pensando y, por si acaso, exige a un país soberano que convoque elecciones porque a nosotros nos da la gana. Se está ocultando sistemáticamente que sólo 16 de los 34 países de la OEA y sólo 3 gobiernos de los 15 de la Comunidad del Caribe se han alineado con Guaidó y que tampoco cuentan con el aval de la ONU (es inútil resumir con más acierto que como dio la noticia El Mundo Today). Unos claman sangre, a otros les importan más los dólares o el petróleo, aunque haya sangre. Con esa lógica se invadió Iraq, también alinéandose con un presidente de EEUU y provocando una catástrofe geopolítica que ha comprometido la vida de millones de personas.

En Venezuela, pese a toda la retórica bolivariana, no ha habido socialismo. Hubo, gracias a Chávez y también al precio del petróleo, un programa asistencial humanitario en un país que se moría de hambre no en menos proporción de lo que se muere ahora, cuando han bajado los precios del petróleo (y si no hubiera sido por Chávez, el excedente se habría invertido en hacer más ricos a los ricos y más pobres aún a los pobres, como era lo habitual). Esa situación la crearon décadas de expolio y de corrupción capitalista, de las que también acabaron siendo cómplices nuestros compatriotas Felipe González y Alfonso Guerra. Era muy difícil revertir esa situación. No vamos a discutir ahora sobre las causas de que ni siquiera veinte años de bonanza chavista lograran cambiar sustancialmente esta brecha económica. Hay una foto que circula por internet que es muy ilustrativa: una autopista separa un barrio residencial de un océano de chabolas interminable, con un título que pregunta “¿quién dividió el país?”. Quizás para solventar ese desastre social no bastaba con ganar elecciones, quizás no bastaba el precio del petróleo o quizás no se supo dar con la solución y se tomaron decisiones muy equivocadas. Ese es el tema a discutir.

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Ahora bien, no es de eso de lo que se está discutiendo ahora, ni mucho menos. Ni siquiera se está pensando en eso. En realidad, ni siquiera se está pensando. Se está conspirando para dar rienda suelta al ansia de venganza y la sed de sangre. Y lo que no se puede perdonar ha sido la democracia. Lo imperdonable, lo más grave de lo que ha ocurrido en Venezuela para los que hoy están alentando la vía golpista de ese señor autoproclamado, es que durante veinte años, unos millones de desarrapados muy pobres han ganado las elecciones y han pretendido ser ciudadanos de una república, con un protagonismo político con el que jamás habían soñado. Esta ha sido la gran anomalía venezolana: que durante veinte años ganaron las elecciones los más pobres (para bien o para mal, eso es otro problema). Las élites venezolanas no podían dar crédito: una marea de millones de desheredados que, en una gran mayoría, antes de Chávez, ni siquiera estaban censados, les ganaban electoralmente una y otra vez.

Esa gente nunca había existido, era tan invisible en Caracas como invisible nos resulta a los europeos el océano de miseria que se extiende al otro lado de la valla de Melilla. La fractura social era del mismo tenor. Había muros suficientemente altos para mantenerlos al margen. Las alambradas que separan a Europa del tercer mundo, atravesaban (y atraviesan) todo el interior de Venezuela, separando barrios, blindando avenidas, fortificando residencias adineradas. La diferencia es que ese tercer mundo interior, aunque no votaba, podía votar, y de pronto empezó a hacerlo y a ganar elecciones, eligiendo una y otra vez a un presidente al que la oligarquía calificaba de negro o de mono. La cosa tenía algo de onírica, como si se tratase de un sueño relatado en una novela de Houellebecq: imaginemos que por un accidente electoral surrealista, los emigrantes magrebíes, los pakistaníes, los dominicanos, todas esas asistentas latinas que cuidan de nuestros ancianos, todos esos africanos manteros que viven en pisos patera, todos esos chinos que venden en pequeños comercios y restaurantes, todas esas temporeras que recogen la fresa en los invernaderos, todo ese tercer mundo que ha llegado en pateras hasta nosotros, de pronto, fueran reconocidos como ciudadanos por un capricho onírico freudiano y comenzaran a ganar las elecciones, desplazando a los viejos partidos políticos de nuestra Europa fortaleza.

Esa es la pesadilla que, cada vez más, le quita el sueño a la extrema derecha europea. Y para la parte más adinerada de la población venezolana, esa es la pesadilla en la que llevan viviendo desde hace veinte años. La reacción, desde el principio, también fue de ultraderecha: la oposición se alineó con la vía golpista y violenta, organizando las famosas guarimbas (la “kale borroka” venezolana), y procurando colaborar lo más posible en el hundimiento económico del país, en un intento de asfixiar al gobierno, matando de hambre a la población. El problema no era el socialismo, porque no hubo ni hay socialismo de ningún tipo en Venezuela. Oportunidades para los negocios e incluso para la corrupción no faltaban en absoluto (de hecho, hubo toda una “boliburguesía” que, vestida de rojo, decidió seguir saqueando el país como si no pasara nada).

Si el problema fuera la anonadante ineficiencia económica (que es real) o la corrupción generalizada (que también es real), lo lógico sería que se hubiera organizado una oposición de izquierdas y otra de derechas al gobierno de Maduro, y que se hubieran ganado limpiamente las elecciones, o que se confiara en ganar un revocatorio con todas las de la ley. Pero para entender por qué no ha sido esto posible, por qué ni se plantea, hay que tener un poco mentalidad de antropólogo, o incluso de psicólogo. No es eso lo que se desea. Lo que hay es sed de venganza, sed de sangre, porque no hay manera de administrar emocionalmente la humillación que durante veinte años ha dado la palabra a los más pobres del país. Y por parte de estos, la cosa no es muy distinta: no han ganado mucho, no han ganado tanto, incluso muchos no han ganado nada. Excepto el orgullo y la dignidad de saber que han tenido palabra, que han sido ciudadanos, aunque fueran pobres. A eso es a lo que se aferran las bases electorales que todavía tiene el chavismo. Incluso cuando reconocen que todo ha sido un fracaso, no pueden olvidar que, de todos modos, en el curso de ese fracaso, se les dio la palabra con dignidad, o, por lo menos, se les reconoció, simplemente, que existían (un logro increíble, porque hasta el momento nadie se había preocupado siquiera de censarles).

Este sentimiento popular es el que tanto cuesta revertir electoralmente. Y es el que despierta tanta sed de sangre y de venganza en la oposición. El hecho incontrovertible es que la oposición al chavismo no ha logrado imponerse por la vía democrática. Entre otras cosas, porque jamás han conseguido ponerse de acuerdo en un candidato unitario. Por eso no se presentaron a las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018, y no porque tuvieran nada de ilegítimas (que no lo fueron, como atestiguaron los observadores internacionales, entre los que se contaban el expresidente español Rodríguez Zapatero, el expresidente del senado francés Jean-Pierre Bel y el excomisario europeo Markos Kyprianou). Escuchen aquí las declaraciones de Rodríguez Zapatero durante el proceso de las famosas elecciones presidenciales, merecen la pena. Pedro Sánchez debería consultar un poco a su antecesor en el cargo. Y también toda la legión de periodistas que están tan seguros de cómo fueron de ilegítimas esas elecciones.

La oposición no tenía un candidato unitario. Pero reconociendo a Guaidó, Donald Trump (y la ultraderecha internacional) ha elegido por ellos quién debe ser ese candidato. Y no se puede decir que estén todos precisamente satisfechos (Henrique Capriles está lógicamente desquiciado). Pero es cierto que ahora tienen una oportunidad electoral, si tienen paciencia. Aunque no se inclinarán por ella, sino por alentar una invasión, un golpe, una insurrección violenta o una guerra civil, alentados por un personaje como Trump y aplaudidos por otro como Bolsonaro, a los que, al parecer, la Unión Europea no se atreve del todo a llevar la contraria.