Las sombras de Alcásser que el documental de Netflix no despeja

  • "El crimen de Alcásser se convirtió en un enorme plató de televisión y eso ayudó a dificultar la investigación"
  • "El documental no aporta nada nuevo, y no refleja a la perfección muchos de los fallos cometidos durante la instrucción"

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Alejandro Zambudio

El documental sobre los crímenes de Alcasser se anunció con mucha fanfarria, el  eco mediático fue espectacular, y los realizadores —inocentemente— tenían la intención de contar toda la verdad de los hechos. Todos sabíamos que era imposible, y más en una gran plataforma como es Netflix. Quizás algún periodista independiente se habría atrevido, pero también es muy difícil que haya profesionales tan atrevidos como los que destaparon en su momento los crímenes cometidos por los GAL.

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En El caso Alcásser todo está perfectamente orquestado: los domicilios de las niñas muertas, el itinerario que presuntamente iban a seguir hasta la discoteca Coolor —nunca fueron a la citada discoteca—, así como  los testimonios del que era el teniente alcalde del pueblo cuando sucedieron las desapariciones. Rápidamente, tenemos el primer momento que congela el corazón: las declaraciones de los hermanos de Toñi y de Miriam. Emocionan por el contraste de caracteres: la primera deja traslucir dolor en su voz. Permanece entera, pero uno puede notar cómo el flagelo de la memoria es una carga difícil de aguantar. En cambio, el hermano de Miriam, sorprende por su tono reflexivo, pausado, como quien recita una lección aprendida tiempo atrás. Y, entre ellos, el silencio como ignominia, que se acaba convirtiendo en la más atroz de las afrentas.

Hablan altos mandos policiales del caso, quienes nos presentan a Antonio Anglés y Miguel Ricart. El primero: dominante y frío, despiadado e inteligente, famoso en Picassent y Catarroja por delitos comunes. En 1991 fue condenado a seis años de prisión por un delito de detención ilegal. En el año 1990, Anglés había secuestrado a Nuria Pera: una politoxicómana que le debía dinero y a la que tuvo atada a un poste durante veinticinco horas, y a la que estuvo a punto de matar si no lo hubieran impedido su madre, Neusa, y Kelly, su hermana. Poco después, la propia Nuria Pera moriría como consecuencia del SIDA. A Ricart, en cambio, nos lo presentan como un estafermo: una veleta manejada por el viento, una voluntad quebradiza, un triunfo de la flaqueza, un sujeto sometido a la voluntad de Anglés. Posteriormente, pasamos a uno de los aspectos más acertados del documental, a mi juicio, como son las críticas que las fuerzas del orden hicieron de los despliegues periodísticos en asuntos de esta índole.

Alcásser se convirtió en un enorme plató de televisión, y eso ayudó a dificultar la investigación. Tenemos los testimonios de Paco Lobatón y Patricia Murray, dos periodistas que siguieron el caso pormenorizadamente, recordándonos las movilizaciones de Fernando García para que la desaparición de las niñas fuera conocida en el extranjero, así como el inmisericorde trabajo del padre de Miriam: un hombre que, cuando se acerca a la cámara para hablar, aún tiene la fortaleza suficiente para recordar con nitidez lo que pasó hace veintiséis años. Fernando García relata a la cámara aquellos años en los que recorrió España pueblo por pueblo, recogiendo firmas para la reforma del Código Penal que obligara a que los agresores sexuales y asesinos de menores cumplieran íntegramente sus penas, o cuando recuerda las trabas que sufrió durante todo el caso: abogados que no le facilitaban los datos del sumario, las reuniones con Felipe González y José Corcuera que no sirvieron para nada.

Las solemnes declaraciones de intenciones y póstumas ofrendas a la concordia y al bien común que se hacen este tipo de casos. Porque al Gobierno no le interesaba implicarse más de lo necesario. Estábamos en plena resaca de los fastos de los Juegos Olímpicos de 1992, la Expo de Sevilla y de la firma del Tratado de Maastricht en 1992: la entrada de España en Europa y la imagen de modernidad eran demasiado importantes para verse empañado por un caso de estas características. También reseñable es la conducta de Juan Ignacio Blanco —quien falleció hace poco como consecuencia de un cáncer— durante el documental. Muchos lo habíamos defendido por su implicación en el caso y por su defensa del padre de Miriam. Pero lleva demasiado tiempo declarando que posee un vídeo snuff en el que se ve cómo miembros de una presunta élite torturaban y violaban a Desiré, y no lo muestra. En diversas declaraciones, dijo que el párroco de Alcásser lo tenía, pero este en el documental lo niega. También afirma haberla puesto en manos del Ministerio de Interior y que Fernando García tiene constancia de la existencia de esa cinta. Sin embargo, el propio Fernando García lo niega. Que luego los documentalistas dijeran que Juan Ignacio Blanco se desentendiera del proyecto y dejara de contestar a las llamadas es un claro indicio de las dudas que arroja su testimonio ahora mismo.

¿Cuál es mi problema con el documental? Que no aporta nada nuevo, y no refleja a la perfección muchos de los fallos cometidos durante la instrucción. O se omiten detalles como que, antes de la desaparición de las niñas, Miriam sufrió un intento de rapto por un hombre cuando bajaba a tirar la basura; y es que Las niñas tenían la sospecha de ser vigiladas por un coche blanco. Este suceso aparece referido en el libro Sin piedad, de Fernando Martínez Laínez. También El Periódico se hizo eco de esta información en su edición del 30 de enero de 1993. El caso Alcásser no habla tampoco de las enormes contradicciones existentes entre lo declarado por parte de los testigos en la fase de sumario y en la de juicio oral, como es el caso de los testimonios de Francisco José Hervás y su pareja, Mari Luz López García, quienes iban a acercar, presuntamente, a Miriam, Toñi y Desiré a la discoteca Coolor, pero, como consecuencia de una de esas bromas del destino, no pudieron dejarlas en su destino, porque el coche estaba averiado, como declaró Hervás en la fase de sumario. En cambio, en la fase de juicio oral lo recordaban absolutamente todo. Que los colmeneros que encontraron los cadáveres de las niñas no prestasen declaración durante la fase de sumario y sí en la de juicio oral también es sospechoso desde el punto de vista del Derecho Procesal Penal. No se menciona en el documental que el sumario no descartaba la participación de un tercero en la comisión del delito.

En cambio, sí hay otros aspectos que el documental sí refleja bien: las trabas que padeció el profesor Frontela para hacer su segunda autopsia, recibiendo los cadáveres de las niñas lavados y sin cabezas ni manos, faltando las principales lesiones, como ha declarado en numerosas ocasiones. La fantasiosa huida de Anglés, con Kelly, la hermana, declarando que su hermano huyó por la ventana, descolgándose de una sábana —suceso improbable cuando uno de los mayores dispositivos de la Guardia Civil hasta la fecha estaban vigilando el domicilio de la familia Anglés—,  contrasta con la declaración de la pareja de Kelly por aquel entonces expresando que su cuñado no se encontraba en el domicilio. Miguel Ricart, uno de los presuntos responsables de la autoría de un triple homicidio, presentándose en casa de los Anglés con una bolsa de naranjas para Neusa Martins cuando la Guardia Civil estaba inspeccionando el domicilio, por otra parte, es un hecho que tampoco parece merecer mucha consideración por parte de los realizadores del documental.

Y, por último, tenemos el alegato feminista de los últimos diez minutos del documental. Bonito y emotivo, necesario, porque el problema de la violencia contra la mujer es estructural. Pero mi percepción es que, cuando la propia producción ha apuntalado la versión oficial del caso y no ha sembrado duda razonable sobre algunos de los puntos controvertidos de este, se han usado, más bien, los diez últimos minutos de este como propaganda barata. Alcásser es un universo totémico: no solo entra la violencia contra la mujer o contra los menores —¿cuántas desapariciones se podrían haber evitado si Interior, después de este suceso, hubiera elaborado un Protocolo de actuación en casos de desaparición de menores, sin tener que dar lugar a acontecimientos tan mediáticos y luctuosos como el de Marta del Castillo, que fue el que espoleó a Interior a adoptar dicha medida?—, también es un caso que refleja a la perfección el cariz que tomó la televisión —la tragedia como espectáculo de variedades, despersonalización de las víctimas— y, por supuesto, la naturaleza del poder.

Porque el poder político y judicial necesitan una obediencia y fe ciegas: la cruzada de Fernando García y Juan Ignacio Blanco en su día contra un sistema que consideraban perverso e inmoral se saldó con condenas para ambos por delitos de injurias y calumnias con publicidad cometidos contra el por aquel entonces fiscal jefe del caso, Enrique Beltrán, los forenses encargados de las autopsias, la Guardia Civil y los miembros del tribunal, por mostrar su disconformidad con las diligencias y actuaciones ordenadas y practicadas. En resumidas cuentas: si el lector prefiere saber qué sucedió en Alcásser, libros como Sin piedad, de Fernando Martínez Laínez, ¿Qué paso en Alcácer? De Juan Ignacio Blanco; Alcácer, punto y final, de Francisco Pérez-Abellán o blogs como El blog de las sombras, ofrecen una perspectiva más interesante que la del documental.

1 Comment
  1. Hanna Sachs says

    Si Nuria Pera murió de SIDA y Antonio Anglès era bisexual… ¿cabe la posibilidad de que Antonio Anglès fuera portador de VIH y que muriera de SIDA años después en algún pais extranjero bajo una identidad falsa?

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