Una comedia griega del absurdo

  • "El triste destino de la fuerza griega Syriza es emblemático de la nueva situación de la izquierda europea"
  • "Cuando Syriza asumió el poder y empezó a negociar con la UE, fue evidente que en cuanto hubiera que elegir entre la austeridad o el grexit, la batalla estaría perdida"
  • "En el mundo actual los populistas de derecha aplican medidas del estado de bienestar y la izquierda radical cumple la tarea autoritaria de imponer austeridad"

Traducción de Alcira Bixio

El triste destino de Syriza es emblemático de la nueva situación de la izquierda europea. En el capitalismo, tal como lo hemos conocido, cuando una severa crisis económica imposibilitaba la reproducción normal del sistema, se imponía durante aproximadamente una década algún tipo de gobierno autoritario (habitualmente una dictadura militar) hasta que la situación económica volvía a normalizarse lo suficiente para que pudiera tolerarse el retorno de la democracia: recordemos los casos de Chile, la Argentina o Corea del Sur. El caso único de Syriza consiste en que se le permitió desempeñar ese papel habitualmente reservado a una dictadura de derechas: asumió el poder en un momento de profunda agitación y crisis, cumplió la tarea de ejecutar rigurosas medidas de austeridad y ahora abandona el escenario y se lo cede a un partido llamado Nueva Democracia,  precisamente el mismo partido responsable de llevar a Grecia a la crisis.

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Los logros del gobierno de Syriza son ambivalentes: hizo algunas cosas buenas (que podría haberlas hecho igualmente un gobierno centrista racional, como el acuerdo con Macedonia sobre el cambio de nombre de esa república) pero el resultado general es una catástrofe doble. Por un lado, el partido se ocupó de aplicar las medidas de austeridad a cuya ejecución se oponía la totalidad de su programa, pues los burócratas del la UE tuvieron la brillante y perversa idea de permitir que fuera Syriza el encargado de hacerlo: conseguir que las tomara un partido de izquierda radical fue la mejor manera de minimizar las protestas contra los recortes. Es fácil imaginar las manifestaciones multitudinarias que habría organizado Syriza si la aplicación del programa de austeridad hubiera estado a cargo de un gobierno de derecha. Pero, lo peor fue que, al aplicar tales medidas, Syriza destruyó de facto su propia base social, la rica textura de los grupos de la sociedad civil de los que había surgido como partido político. Hoy Syriza es meramente un partido político como los demás…

Cuando Syriza asumió el poder y empezó a negociar con la UE, fue evidente que en cuanto hubiera que elegir entre la austeridad o el grexit, la batalla estaría perdida. Aceptar aplicar las medidas de austeridad significaba traicionar la doctrina básica de su programa y la salida de Grecia de la UE habría causado una caída adicional del 30 por ciento en el nivel de vida y un verdadero derrumbe de la vida social (falta de medicamentos, de alimentos…) que habría llevado a un estado de emergencia. Ahora sabemos que el grexit era una posibilidad completamente aceptable para la elite financiera europea: Varoufakis afirma que cuando amenazó con el grexit a Schauble (en aquel tiempo ministro de Hacienda alemán), este ofreció entregar miles de millones de euros de ayudas a Grecia para que lo concretara. Para la élite de la UE, lo intolerable no era el grexit sino que Grecia permaneciera dentro de la UE y montara una contraofensiva en su posición de estado miembro. La idea era clara. El desastre causado por el grexit habría enseñado a todos los izquierdistas a no jugar con medidas económicas radicales de ningún tipo. Al establishment le gusta que una izquierda más radical asuma el poder cada dos o tres décadas, sólo para advertir al pueblo de los peligros que acechan si se sigue ese camino.

De modo que todo dependía de evitar esa alternativa y encontrar una tercera opción. Ingenuamente, quienes apoyábamos a Syriza creíamos que había un plan para encauzar el país por esa tercera vía y en todos los debates que tuve con dirigentes del partido me lo confirmaban afirmando que sabían lo que hacían y que no había de qué preocuparse: Syriza tiene un “equipo ideal” y ganará. Hasta llegué a creerlo por momentos pues, a pesar de toda la crítica izquierdista contra la brutalidad de la presión que estaba ejerciendo sobre Grecia, la UE no estaba haciendo nada inesperado: los administradores de Bruselas actuaron precisamente como se suponía que debían hacerlo. Allí no hubo ninguna sorpresa. Pero, entonces, ¿cómo se dio el doble giro en U que arrastró a Grecia a la crisis de julio de 2015?

Sólo puede verse como un paso, no solo de la tragedia a la comedia sino de la tragedia llena de percances cómicos directamente al teatro del absurdo. ¿Hay acaso otra manera de caracterizar la extraordinaria inversión de un extremo a su opuesto que deslumbraría hasta al filósofo hegeliano más especulativo? Cansado de las interminables negociaciones con los ejecutivos de la Unión Europea en las que su país sufría una humillación tras otra, Syriza convocó a un referéndum por realizarse el domingo 5 de julio para preguntarle al pueblo griego si apoyaba o rechazaba la propuesta de la UE de aplicar nuevas medidas de austeridad. Aunque el Gobierno mismo dejó muy claro que apoyaba el NO, el resultado fue sorprendente, incluso para el gobierno: una mayoría asombrosamente abrumadora del más del 61 por ciento votó en contra del chantaje de Europa. Comenzaron a circular rumores de que el resultado –una victoria para el Gobierno--  era una mala sorpresa para el mismo Tsipras quien secretamente esperaba que el gobierno perdiera, de modo tal que una derrota le permitiera salvar las apariencias al someterse a las exigencias de la UE (“tenemos que respetar la voz de los votantes”).

Lo cierto es que, literalmente, a la mañana siguiente, Tsipras anunció que Grecia estaba dispuesta a retomar las negociaciones y pocos días más tarde Grecia negociaba una proposición de la UE que básicamente era la misma que habían rechazado los votantes (en algunos detalles hasta más rigurosa). En resumidas cuentas, Tsipras actuó como si el gobierno hubiera perdido el referéndum en lugar de ganarlo. Aquí nos encontramos ante la verdad del populismo: su incapacidad para confrontar la realidad del capital. El momento populista supremo (la victoria en el referéndum) inmediatamente transformado en capitulación, en confesión de impotencia en la relación con el orden capitalista. Esta inversión significó no sólo una traición sino además la expresión de una profunda necesidad. Es demasiado fácil hablar de “traición” pero aquí tenemos que vérnoslas con una crisis mucho más profunda de la izquierda.

Recuerdo que en los debates de 2015, yo advertí contra la fascinación que ejercen los grandes acontecimientos públicos: la excitación que había despertado que fuéramos “un millón en la plaza Syntagma, todos juntos aplaudiendo y cantando…” Lo que realmente importa es lo que pasa a la mañana siguiente, cuando se ha disipado la embriaguez del trance colectivo y el entusiasmo tiene que traducirse en medidas concretas. A menudo evocaba en tono de sorna a un grupo de participantes de aquellas manifestaciones que se reunían una vez al año en una cafetería para celebrar el aniversario y recordar nostálgicamente los momentos pasados de unidad estática… pero, de pronto suena un móvil y todos deben regresar a sus trabajos rutinarios. Hoy podemos imaginar fácilmente la escena: miembros de Syriza se reúnen en una cafetería y recuerdan con cariño el espíritu único de las protestas masivas de 2015;  entonces suena un teléfono y todos deben regresar presurosos a sus oficinas para seguir aplicando las medidas de austeridad…

Este es nuestro mundo actual, un mundo en que los populistas de derecha aplican medidas del estado de bienestar y la izquierda radical cumple la tarea autoritaria de imponer austeridad. Una nueva izquierda, ¿podrá encontrar la salida de este laberinto?