Las elecciones de Noviembre tampoco serán definitivas

  • Nos encontramos con un sistema de partidos que no se distinguen solo en el eje izquierda/derecha, sino que tienen enormes diferencias en otros campos
  • Esta campaña electoral no es ninguna irrelevancia, pero la cuestión de fondo, el rumbo de este país para las próximas décadas, seguirá en disputa un tiempo más

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Miguel Rodríguez Baras, politólogo

Durante la última semana, la decisión de Íñigo Errejón de presentarse a las generales se ha convertido en la principal novedad respecto a las elecciones del 28A. La pregunta que todo el mundo trata de responder es si esta aparición favorecerá al bloque de izquierdas permitiéndole arrancar votos de la abstención, o si le perjudicará por la divisón de voto y la ley electoral. Desde luego aleja la opción de que un PSOE crecido por el voto útil pueda gobernar prescindiendo de Podemos y/o Más País. La decisión de presentarse solo en circunscripciones grandes parece eliminar o limitar seriamente el riesgo de que la dispersión del voto progresista favorezca significativamente a la derecha, permitiéndole gobernar. Así que, parecemos abocados a un escenario poselectoral con lógicas parecidas a las que tuvimos el 28A, con sus mismos riesgos ¿Y entonces? Puede que haya que pensar la cuestión en otros términos.

En mi opinión, la entrada de Más País en el escenario estatal podría tener efectos muy positivos a medio y largo plazo. Pero en lo que respecta al corto plazo, a estas elecciones, plantearse la cuestión en términos casi estrictamente aritméticos es un error. Es un error basado en la premisa de que, tras años de descomposición del bipartidismo español, parecíamos haber vuelto a una especie de bipartidismo complejo o bibloquismo. Dos bloques enfrentados, uno a la izquierda y otro a la derecha, dentro de los cuales habría competición interna, pero dos bloques en última instancia compitiendo uno frente a otro. Según esta lógica, Sánchez ya debería haber sido investido, y si no ha sido así es solo por la arrogancia y/o torpeza de los líderes del PSOE y UP.

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Sin embargo, esta simplificación obvia las fracturas que se vienen produciendo en la sociedad española desde 2008. Podríamos hablar de la brecha generacional, de la crisis territorial, el avance del feminismo, del Estado del Bienestar, o de algunas otras. Como no es el propósito de este artículo entrar al detalle en ellas, baste decir que en España, como en tantísimos sitios en occidente, ha habido una pérdida de confianza en las propuestas políticas existentes, dando oportunidad para el surgimiento de nuevas opciones. Pero estas nuevas opciones (enormemente variadas entre ellas) no han logrado, de momento, aportar respuestas convincentes para la mayoría de la ciudadanía y con ello iniciar una etapa de estabilidad basada en nuevos consensos sociales. Por tanto nadie, ni las nuevas opciones ni las antiguas, han conseguido cerrar las fracturas nuevas o antiguas, que se superponen atomizando al electorado español. Así nos encontraremos a la votante liberal de derechas que no traga el machismo clásico de Vox, el votante del PSOE que teme que un ministerio de Podemos nos acerque a Venezuela, el votante de Podemos que no quiere ni oír hablar de la independencia de Cataluña, etc. Nos encontramos entonces con un sistema de partidos que no se distinguen solo en el eje izquierda/derecha, sino que tienen enormes diferencias en otros campos. De modo que al intentar agruparlos en bloques saltan como mínimo chispas, cuando no incompatibilidades manifiestas.

La balcanización de los supuestos bloques

Las contradicciones en el bloque de derechas no están siendo de momento impedimento para la formación de gobiernos, pero pueden llegar a serlo. Vox y Cs son partidos que se nutren de nichos electorales distintos, e incluso con el PP “acolchando” la relación entre ambos, uno de los dos tiene que pagar caro la desnaturalización que le supone los acuerdos con el otro. De momento parece que es Vox quien se está llevando el gato al agua y Cs quien se desdibuja. La salida de sus dirigentes y votantes menos identificados con la derecha española clásica hace pensar que Cs se está quedando sin motivos para justificar su existencia como partido, al asimilarse cada vez más a sus socios de bloque. Por tanto irá reduciendo su tamaño hasta convertirse en la derecha catalana españolista y poco más, o tendrá que hacer algo para recuperar identidad propia. Y sea lo que sea ese algo, supondrá fricciones importantes en sus relaciones con PP y Vox y por tanto problemas para la estabilidad del bloque.

Al otro lado del parlamento, el llamado bloque de izquierdas está formado por dos partidos que, a pesar de su breve etapa de colaboración en la moción a Rajoy y los meses posteriores, están separados por diferencias tanto estructurales como aspiracionales. Las diferencias estructurales tienen que ver con que, por mucho que Iglesias, y sobre todo Sánchez, hayan mostrado cierta cintura ideológica y programática estos años, ambos vienen de culturas políticas bien diferentes. Sánchez nunca ha planteado nada distinto a las posturas tradicionales del PSOE en materia territorial y económica, incluyendo reformas laborales, la austeridad de la crisis, artículo 135, artículo 155 antes que referéndum… Iglesias funda Podemos precisamente porque estima que las propuestas del PSOE para España están obsoletas. Lo que haría exactamente en caso de gobernar es difícil de suponer, pero en cualquier caso lleva años prometiendo romper con algunas líneas maestras de la política española de los últimos lustros cuyos principales representantes son el PP y el PSOE. Y vinculadas a estas diferencias estructurales, están las aspiracionales. Son partidos que se conciben mutuamente como amenazas a la propia existencia, como opciones excluyentes tratando de ocupar un mismo espacio electoral, y por tanto destinadas a triunfar a costa del otro o perecer por su mano. El PSOE no parece estar dispuesto a normalizar la existencia de un partido estatal progresista por encima del 10%, renunciando a tener cautivo al electorado de izquierdas, teniendo de paso la exclusividad de la interpretación de lo que es posible y sensato en el mundo de la izquierda. Y Podemos parece seguir apegado a su hoja de ruta; el primer paso para ganar el gobierno es acabar con la credibilidad del PSOE como partido de izquierdas.

Las negociaciones de los últimos meses no fracasaron exclusiva ni principalmente porque ambos partidos fueran incapaces de pactar un plan de gobierno, sino porque Podemos percibía que para el PSOE una de las prioridades principales es desdibujar a Podemos, introduciéndolo en el pacto de gobierno sin relevancia suficiente como para marcar su posición como partido en la acción de gobierno, a la vez que le hacía corresponsable de las acciones del PSOE, anulándolo también como oposición de izquierdas. Y por su parte el PSOE entendió que si Iglesias y los suyos ocupaban ministerios los usarían para lanzar políticas inasumibles para el PSOE pero no para su electorado, tratando de crear contradicciones entre ambos y haciendo por tanto oposición al gobierno desde dentro del Consejo de Ministros. Si finalmente se hubiera logrado un acuerdo, es improbable que el gobierno resultante hubiese aguantado más de un par de años antes de saltar por los aires.

Y para terminar, tenemos a los partidos de los nacionalismos periféricos más susceptibles a la crisis territorial. Entre ERC y PdeCat sumaron 22 escaños en las últimas elecciones, mejorando los 17 logrados en 2016. Suficientes para tumbar los presupuestos generales de 2019 provocando la convocatoria de elecciones, y para ser imprescindibles para el intento de investidura de Sánchez tras el 28A, posiblemente también para la siguiente investidura. Sería largo analizar en qué punto están estos dos partidos, hacia donde pueden evolucionar, y de paso qué posibilidades hay de que Bildu e incluso el PNV puedan entrar en una dinámica parecida. Pero en cualquier caso, estamos hablando de partidos con suficiente representación como para ser determinantes y cuyos objetivos son inasumibles para la inmensa mayoría del resto de partidos, por lo que corren el riesgo de convertirse en una especie de peso muerto parlamentario que vote “No” a casi todo mientras a la crisis territorial no se le encuentre una solución asumible por la mayoría de partidos estatales y catalanes.

¿En qué va a resultar todo esto? En un Parlamento en el que en lugar de diferencias haya abismos entre muchos de los grupos parlamentarios, donde las mayorías sean inexistentes o inestables. El bloque de derechas difícilmente podrá sumar, le va a resultar muy difícil encontrar apoyos relevantes, y en caso de lograrlo podría darse una convivencia más problemática de lo que parece. El PSOE seguirá necesitando a Podemos, con quien tiene una relación mucho peor de la que tenía hace medio año, ahora también a Más País, y seguramente también a alguno de los partidos catalanes, y esta vez tendrá que gestionar la sentencia del juicio del procés. Seguramente se termine logrando formar gobierno, con alguna cesión sorprendente o coalición rocambolesca. Mucho más difícil es que ese gobierno dure cuatro años.

Crisis de época.

Esta situación no es coyuntural, es fruto de la quiebra de confianza que se produjo en 2008, que sigue produciendo terremotos de inestabilidad política en muchísimos países de occidente. En algunos países se expresa en inestabilidad gubernamental, como es el caso de España e Italia. En otros, opciones que se consideraban delirantes llegan al poder, como en el caso de Trump. Y están los que se expresan de manera más subterránea, como Francia y sus chalecos amarillos. Mención especial merece Reino Unido, donde se combinan un resultado en el referéndum del Brexit sorprendente, un parlamento donde ninguna propuesta sobre cómo gestionar el resultado se medio acerca a la mayoría, y tres jefes del ejecutivo en tres años. Hay atajos, trampitas para lograr mayor estabilidad, como la norma griega de darle 50 diputados extra al partido que más votos obtenga. Pero este tipo de mecanismos en un contexto como este pueden resultar fácilmente en que un partido con el 25% de los votos tenga mayoría absoluta a pesar de la profunda animadversión del 50% del electorado. Es solo una apariencia de estabilidad, y poco duradera.

En última instancia, el problema es que los modelos políticos previos a 2008, representados por PSOE y PP, se han roto o debilitado, siendo ya incapaces de aglutinar las mayoría que antes representaban. Y no han sido de momento sustituidos por modelos nuevos, así que hasta 4 o 5 modelos de país distintos chocan entre sí de manera permanente, llegando si acaso a acuerdos puntuales. Pero aspirando siempre a ser uno de los dos, o a lo sumo tres, que sobrevivan a esta caótica etapa transicional y que marquen las próximas décadas, tal como el PP y el PSOE lograron hacerlo en la transición. Dado que en los últimos años los partidos han estado casi permanentemente en campaña electoral, la mayoría o todos han volcado su tiempo, atención y recursos al corto plazo, a sobrevivir a una campaña más para afrontar la siguiente en la mejor posición posible. Y aunque no fuera el caso, la tarea de lograr formular un proyecto de país que consiga aunar (o aplacar, según las ideologías) las pulsiones feminista, ecologista, desarrollista, nacionalista, etc, es lo bastante difícil como para que todo occidente esté en ello y de momento sin excesivo éxito. Esta campaña electoral no es ninguna irrelevancia, quien gane marcará enormemente nuestras vidas durante algunos años. Pero la cuestión de fondo, el rumbo de este país para las próximas décadas, seguirá en disputa un tiempo más.

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