IGUALDAD

Feminismo, mujeres y la solidaridad en política

  • "La ausencia de mujeres en cualquier espacio del ámbito político supone, por definición, un déficit de la democracia representativa"
  • "No debemos esperar nada de las mujeres por ser mujeres. Es tramposo para la igualdad esperar de las mujeres un comportamiento extraordinario"
  • "No entiendo qué razonamiento lógico puede llevar a pensar que las feministas en política deben mostrarse solidarias con quienes vienen a arrebatarles los derechos"

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“No hay ninguna candidata en este debate”. La prueba de que el feminismo funciona y de que es necesario está en esa frase con la que Ana Blanco inició el debate de candidatos a la presidencia del Gobierno. La onda expansiva de los últimos 8 de marzo llegaba así hasta el último encuentro entre líderes de la campaña. Delante de una audiencia extraordinaria la periodista nombró lo evidente: la ausencia de mujeres en cualquier espacio del ámbito político supone, por definición, un déficit de la democracia representativa.

A los pocos días, otro debate electoral con únicamente mujeres despertaba otro tipo de comentarios. A veces desde la sorpresa, se decía que las mujeres eran muy buenas, que lo habían hecho mejor que sus jefes o que, simplemente, eran mejores. Que ellas habían sido más dialogantes y propositivas. Puede ser que el debate de candidatas fuera mejor pero es importante señalar que, si fue así, no es porque fueran mujeres sino porque eran buenas candidatas. No debemos esperar nada de las mujeres por ser mujeres. Es tramposo para la igualdad esperar de las mujeres un comportamiento extraordinario. Si pretendemos conseguir la paridad en el espacio político, construir un discurso de la excelencia sobre las cualidades femeninas puede resultar tan perjudicial como los discursos que mantienen a las mujeres en posiciones de inferioridad o dominación.

Recurrir a este esencialismo de género para hablar de las mujeres en política es lamentablemente frecuente. El esencialismo de género es atribuir unas capacidades a las mujeres por el hecho de ser mujeres. En política se suele asignar a las mujeres habilidades como la empatía, el afecto, la cooperación o la capacidad de llegar a acuerdos. Si desde el feminismo afirmamos que mujeres y hombres pueden desarrollar sus vidas fuera de los mandatos que impone el género, ¿por qué en el ámbito político iba a ser esperable que las mujeres se comporten de una determinada forma? Las mujeres están presentes en política por derecho propio. La paridad no es otra cosa que aspirar a que el sexo de las mujeres no opere en su contra. Y ya. Una vez superado ese enorme obstáculo las mujeres en política son lo que ellas quieren o pueden ser.

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Es justo reconocer que para que las mujeres participen en política en igualdad ha hecho falta mucho feminismo. Generaciones de feministas se han dejado la piel en esto. En la hemeroteca están las batallas que las mujeres de izquierda dieron en sus organizaciones políticas para conseguir cuotas de participación hasta llegar a las listas cremallera. Ha hecho falta mucho trabajo feminista para alcanzar los niveles actuales de paridad. Sin embargo, ejercer el derecho de representación política no es necesariamente una acción feminista. De igual modo sucedió con la consecución del divorcio, los anticonceptivos o el voto. Ejercer estos derechos no es hacer feminismo aunque detrás de esos derechos está el feminismo. Tenemos que asumir que hay mujeres que utilizarán sus cargos políticos para atacar al feminismo. Así de ingrata es esta tarea.

En política, la solidaridad entre mujeres es un asunto de supervivencia. Las mujeres hemos oído infinitas veces que somos perversas y enemigas entre nosotras así que hacer lo contrario resulta revolucionario. Buscar complicidades, aliadas y amigas en política es una buena estrategia contra el patriarcado. Ahora bien, es importante no identificar la solidaridad únicamente con la compasión hacia las otras o con no poder discrepar. La solidaridad entre mujeres construye una comunidad y dibuja un ‘nosotras’ más allá de intereses partidistas o individuales. Esa solidaridad entre mujeres tejida por lazos feministas se construye como un grupo de referencia que comparte ciertos intereses. Por tanto, resulta lógico que las mujeres y hombres que no participan de esa solidaridad mutua, que carecen de ese compromiso feminista y que no se identifican con esos intereses comunes no sean, ni se sientan, parte de esa comunidad solidaria. No entiendo qué razonamiento lógico puede llevar a pensar que las feministas en política deben mostrarse solidarias con quienes vienen a arrebatarles los derechos. De nada sirve apelar a la solidaridad feminista por parte de mujeres en cargos políticos de organizaciones que quieren borrarlas del espacio público.

“Ya es hora de que haya una mujer candidata a la presidencia del Gobierno”, pensábamos después del debate electoral de candidatas. Efectivamente. Pero desde el feminismo no nos puede valer cualquier mujer. Por un lado, porque las mujeres no son una suerte de atrezzo en política que puede ser intercambiable unas por otras. Y por otro, porque ese liderazgo femenino puede venir desde organizaciones que atacan la igualdad y los derechos de las mujeres. Abandonemos cualquier rastro de esencialismo de género en nuestro discurso político porque desde el feminismo tendremos que combatir a quienes -ya sean hombres o mujeres- vienen a recortar nuestras libertades y derechos.

1 Comment
  1. rocave says

    Pues muchas de ellas no tienen nada que envidiar a los hombres. No son palomas mensajeras precisamente

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