FOTOCHOP (VIII)

Dinero

  • Poderoso caballero. Aliento del mundo y de quienes lo habitan. Principio y fin de todas las cosas. Horizonte de lentejuelas y víscera para nigromantes
  • Si nos imponen el discurso hasta en la parrilla de la tele —y tragamos— es que algo va mal. ¿Por qué hay que hablar siempre del salario mínimo?

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Poderoso caballero. Aliento del mundo y de quienes lo habitan. Principio y fin de todas las cosas. Horizonte de lentejuelas y víscera para nigromantes. Policía, juez y verdugo en un solo ser: uno y trino, como Dios. Bálsamo para el menesteroso y recompensa para el ladrón. Padre de todas las guerras y de todas las mierdas. Epidural de la moral y alimento de los buitres y de sus fondos. Soldada. Sustento. Salario. Limosna. Aguamarina de atrezo en un hotel de cinco estrellas para perros. Patera encallada, cadáver de noventa centímetros sobre la arena, en la playa, junto a las tumbonas acolchadas donde reposan los cánidos. Crisol de ambición, escoria de alquimia y medicina para el mendigo; medicina Don Simón… Dinero, parné, pasta, choja, guita, jurdoses, cash, activo, dividendo… Botín de Botines. Todo lo compra y todo lo contamina… Faro, guía, mantra en papel timbrado… Y plusvalía… Y cuenta de resultados… Y déficit público… y notorio…

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Hay un programa en el que una familia norteamericana recibe la visita de un simpático equipo de televisión dispuesto a arreglar su vida o, por lo menos, su casa. Los afortunados son siempre personas ejemplares, solidarias, comprometidas con la comunidad —como dicen los yanquis— que lo están pasando realmente mal. ¿Y quién mejor que una cadena de televisión para poner las cosas en su sitio? El concepto de solidaridad de los sujetos que producen este programa es retorcidamente siniestro. Se me cayó el mando de la tele al suelo cuando vi que mandaban una limusina para recoger a los protagonistas antes de facturarlos a Disney World, Orlando (Florida), donde se hospedan durante los quince días que tarda en completarse la reforma.

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En otra de esas cadenas temáticas un jefe se infiltra en la plantilla de su empresa —disfrazado, claro— para descubrir que está rodeado de cabrones y sinvergüenzas que no hacen más que robarle poniendo así en peligro la rentabilidad y la existencia misma del negocio. Y utilizando ese mismo trazo grueso, ¿no sería más fácil colocar una cámara en el despacho del jefe y grabar alguna de las conversaciones que mantiene con su asesor fiscal o con el encargado de RRHH?... Y qué decir de Mujeres Asesinas, fuente de inspiración —junto a las andanzas de Largo Caballero— del infame panfleto que tejió Abascal en el debate de investidura.

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Si nos imponen el discurso hasta en la parrilla de la tele —y tragamos— es que algo va mal. ¿Por qué hay que hablar siempre del salario mínimo? ¿Por qué los zapatos de los que nos alertan sobre los riesgos que implica subir el salario mínimo cuestan dos veces el salario mínimo? ¿Por qué no le damos la vuelta a la tortilla y empezamos a hablar del salario máximo? ¿Por qué no ordenamos nosotros la agenda y proponemos un tope salarial cuyo excedente destinaríamos, por ejemplo, a garantizar un salario al que no lo tenga? ¿Loco? ¿Quién coño es el loco?

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Este domingo se celebra la final de la Supercopa de España en Arabia Saudí, un país gobernado por una casta que pisotea los derechos de las mujeres y hace canapés con los periodistas díscolos. ¿Dónde mejor? Y se juega allí, sencillamente, por dinero. Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española del Fútbol, dice que no lo hemos pillao y que la idea es destinar parte de los 300 millones pactados con el régimen saudí a cosas como el fútbol femenino o el fútbol base… El problema es que eso no se lo cree nadie.

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Cuando observo a Rubiales charlando amigablemente con el tipo del turbante en el palco del estadio King Abdullah (ver foto) se me vienen a la cabeza algunas preguntas: ¿de qué coño estarán hablando esos dos? ¿De las energías renovables? ¿De la brecha de género? ¿Del impresionante tren inferior de Leo Messi? ¿Del maldito Flanders?

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