El feminismo es vida

  • "Parecen bastante desacertadas las acusaciones sobre la contribución del movimiento feminista a la debilitación del sujeto político del feminismo"
  • "Si el feminismo no lucha por derechos para todas, y en especial para las más explotadas y oprimidas, es que no es un feminismo de clase"
  • "El Feminismo que estamos construyendo es rebelión contra el orden establecido que nos quiere obedientes y sumisas"

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Cris Hernández e Irina Martínez, integrantes del Frente Feminista del Partido Comunista de Madrid (PCM)

A unos días del 8 de marzo ya podemos anunciar que la movilización convocada por el movimiento 8M ha sido un éxito, como lo fueron en el 2017 el Paro Internacional de Mujeres y en 2018 y 2019 la Huelga Feminista antes de que se celebraran. No se trata de triunfalismo o autocomplacencia, sino de la certeza de estar protagonizando un movimiento popular de masas que planta cara a este sistema capitalista y patriarcal que nos oprime y excluye. Porque cada vez somos más las que nos reconocemos y referenciamos en un movimiento  feminista que se nutre de la experiencia colectiva y continúa el hilo violeta de la historia de liberación de las mujeres.

Estos días, sin embargo, las redes se han llenado de encendidos debates oscuros que parecen esforzarse en abrir brechas, generar desconfianzas y alumbrar una idea de movimiento feminista fragmentado, perdido en debates irresolubles e incluso roto. La primera pregunta que nos hacemos es ¿Esto es así?

En un momento sin movilizaciones unitarias y masivas, el Feminismo sigue llenando las calles y plazas de mujeres que sentimos que el movimiento habla de nuestras vidas.

Seguimos inmersas en una precariedad vital permanente, cuidamos sin cobrar en casa y cubrimos los empleos con peores condiciones. Nos vemos forzadas a encadenar contratos parciales o reducciones de jornadas; asumiendo en aislamiento y soledad la enorme carga de sostener la vida.

Estamos más tiempo en el paro, y malvivimos con subsidios bajos y las jubilaciones más precarias. Desde las instituciones nos patologizan y medicalizan por malestares cuyo  origen son las diversas violencias a las que nos someten y, después de toda una vida cuidando y currando, morimos solas.

El 8M nos ha permitido politizar estas cuestiones, ponerlas en la agenda y entender que en este contexto de crisis global necesitamos transformar el sistema poniendo la vida en el centro.

No puede ser que los cuidados estén privatizados, que haya empresas forrándose vendiendo sillas de ruedas y familias endeudadas para pagarlas.

No se puede permitir que el único respiro para cuidar a un gran dependiente sea un miserable sueldo de 400 euros o una ayuda a domicilio completamente precarizada.

Organizar la sociedad poniendo la vida en el centro supone que los trabajos más valiosos para sostener la vida, las auxiliares que cuidan a nuestros mayores con alzhéimer, las que dan de comer a nuestras hijas en los comedores, las que finalmente nos acompañan durante la vida, no lo hagan en los márgenes del sistema.

La estructura económica y social ha de estar organizada con el objetivo de satisfacer las necesidades humanas. Esa es la única posibilidad de vida digna para la humanidad.

Por ello parecen bastante desacertadas las acusaciones sobre la contribución del movimiento feminista a  la debilitación del sujeto político del feminismo como consecuencia de una deriva identitaria. Más bien pareciera todo lo contrario.

El movimiento feminista ha contribuido a generar un sujeto político construido desde las condiciones de vida materiales en las que vivimos las mujeres. En este sentido, la pertenecía de las mujeres trans en el movimiento no lo debilita, ni lo ha debilitado nunca, como varios artículos han recordado estos días.

La participación de las mujeres trans en el movimiento no se ha hecho únicamente en torno a una cuestión de identidad subjetiva (al hecho de que se definan como mujeres) sino también y fundamentalmente, porque las mujeres trans, en cuanto trans y en cuanto mujeres, viven de forma especialmente virulenta la violencia del sistema: excluidas del mercado laboral, de la vida pública, estigmatizadas y marginalizadas.

Si el feminismo no lucha por derechos para todas, y en especial para las más explotadas y oprimidas, es que no es un feminismo de clase.

Por otra parte, permitir la libre elección de sexo para evitar la patologización de la condición trans no va acabar con siglos de construcción social de géneros y su desigualdad estructural. Parece algo ingenuo pensar que se puede acabar con los sexos y géneros por decreto.

En primer lugar y como también se escribía estos días, no parece muy previsible que los hombres voluntariamente y en masa se vengan a formar parte del bando de las oprimidas.

En segundo lugar, porque remover las condiciones estructurales que están detrás de las desigualdades y opresiones no es tan sencillo, si así fuera, no asistiríamos a asesinatos machistas a diario a pesar de que todas las leyes los rechazan ni habría desigualdades sociales a pesar de explicitarse dicha intención en miles de normativas gubernamentales.

Las marxistas sabemos que las cosas son algo más complejas. Que cambiar el orden establecido no se hace sin remover las condiciones estructurales que generan las desigualdades y sin otro marco de poder con capacidad de disputa.

Integrar en el sujeto político la diversidad de opresiones no es una debilidad, como algunos critican estos días. Es precisamente, ensanchar el campo político para generar ese contrapoder necesario para cambiarlo todo.

Entender que, efectivamente, la clase determina nuestras condiciones de vida, pero que eso no es incompatible con entender que el sistema también se organiza jerárquicamente en función de la división sexual y colonial del trabajo.

Reconocer que la mujer migrante sufre con mayor virulencia la explotación del sistema no es dividir a la clase, sino generar condiciones para construirla.

A través del movimiento hemos establecido una alianza entre las mujeres migrantes, trabajadoras domésticas,  profesoras que defienden la educación pública, estudiantes, kellys, trabajadoras sanitarias, afectadas de la PAH que luchan por el derecho a la vivienda y activistas por los derechos y diversidades sexuales. No sólo hemos sido capaces de juntarnos y reconocernos, sino que hemos hecho nuestras las demandas de las demás en un ejercicio admirable de unidad popular.  Se ha consensuado un programa que exige el cierre de los CIES y demanda papeles para todas, una educación y sanidad pública,  derechos sociales, la no patologización de las personas trans, la mejora de la educación afectivo-sexual y derechos para todas.

No parece, por tanto, que nos encontremos ante un programa construido con base en las teorías queer (que legítimamente defienden mujeres dentro del espacio 8M) sino de un programa de justicia social para todas.

Si además el movimiento feminista es contrario al sistema y llena las calles para transformarlo, ¿de verdad nos encontramos ante un movimiento posmoderno construido en torno a identidades fragmentadas?

El Feminismo que estamos construyendo es rebelión contra el orden establecido que nos quiere obedientes y sumisas. Es unión en libertad, es sororidad para la resistencia. Es determinación para transformarlo todo poniendo la vida y los cuidados en el centro de la sociedad.

Nos llamarán utópicas, pero nosotras somos conscientes del momento histórico que vivimos y sabemos hoy más que nunca que frente al odio del fascismo seguiremos construyendo la humanidad del feminismo.

El capitalismo mata, el patriarcado mata. El feminismo es vida.

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