¿Qué significa dar una clase? Sobre profesores y estudiantes

  • "Me alucina lo que dice nuestro ministro de universidades Manuel Castells advirtiendo que el esfuerzo realizado en la enseñanza online abre una inescapable vía de futuro"
  • "Me espanta observar la alegría de quienes parecen encantados con la teleducación, y que parece estuvieran escondidos esperando a que una pandemia nos arañase"
  • "Plantear la educación, como tantas veces hoy se hace, desde la estrechez de la lógica económica y rentista, es ofrecer una moneda falsa"

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Fernando Bárcena, catedrático de Filosofía de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid

Escribo estas líneas con cierta desolación ante lo que se nos avecina. Releo lo que el director de educación de la OCDE Andreas Schleider dijo no hace tanto en una entrevista concedida a un muy conocido diario de nuestro país, y me sorprenden sus elogios del interés chino por la educación, que básicamente parecen resumirse en haber lanzado una plataforma gratuita de aprendizaje en la nube con 7.000 servidores y 90 terabytes, lo que permite que cincuenta millones de estudiantes se conecten simultáneamente. Me alucina lo que dice nuestro ministro de universidades Manuel Castells advirtiendo que el esfuerzo realizado en la enseñanza online abre una inescapable vía de futuro y que tenemos que acostumbrarnos a una enseñanza bimodal; que al profesorado no le queda más remedio que reciclarse y adquirir las denominadas competencias digitales. Me espanta, en fin, observar la alegría de quienes parecen encantados con la teleducación, y que parece estuvieran escondidos esperando a que una pandemia nos arañase, feroz, para decir a continuación que en realidad no la necesitábamos para constatar que nuestro mundo ya era digital. Muchas facultades universitarias idearán de inmediato formas para impartir certificados de competencia digital a sus profesores, y acabarán por solicitar dicha competencia a los candidatos a serlo. No importará ya ni el tamaño de sus bibliotecas ni la calidad de sus lecturas.

Desde que comenzó el confinamiento estoy en contacto con mis estudiantes universitarios, y que conmigo estudian la materia de filosofía de la educación. Me cuentan, confusos e inquietos, lo que algunos colegas profesores hacen con ellos, que aprovechado la actual situación les sobrecargan con tareas absurdas, pero sin preocuparse lo más mínimo por la forma en que gestionan el estudio en período de confinamiento (hace ya mucho que han perdido el hábito de estudiar en libertad y soledad a lo largo de unos años de escolaridad y en el seno de un sistema educativo que deja mucho que desear). Me dicen que lo que quieren es volver a las aulas, hoy denostadas y despreciadas por nuevas pedagogías, y no a ninguna suerte de "hiperaula" repleta de pantallas de ordenador y artilugios tecnológicos (donde no hay lugar ya para colocar un libro), y que lo que desean es volver allí simplemente para conversar, discutir, leer y pensar junto a sus profesores y sus compañeros, para establecer quizá una cortés conversación acerca de los asuntos de sus materias de estudio. No soportan por más tiempo la enseñanza online, y aunque muchos de ellos no sean verdaderos estudiosos, como alumnos sí desean volver a juntarse entre ellos, porque eso también forma parte de la vida universitaria: ser estudiante, como ser profesor, es una forma de vida. Yo les digo que tienen toda la razón, y que dudo mucho de que los defensores de la sociedad del conocimiento y de la llamada Learning Society crean de verdad en ella —estoy seguro de que los muchachos de Silicon Valley llevan a sus hijos a las mejores escuelas donde se aprecia mucho más la relación personal entre profesores que el uso de la tecnología— , y si la defienden es porque con ella se ahorran costos: esperemos a ver a cuántos profesores terminarán por expulsar de las universidades; sin duda, toda cris siempre acaba con pérdidas de derechos, como sabemos por la historia. En este nuevo escenario, me pregunto cómo hará un profesor de literatura que realmente ame su materia para conmover a sus estudiantes mediante la lectura de un clásico, cuando la presencia entre profesores y alumnos ha quedado anulada y sólo existe la pantalla del ordenador, cuando el libro que se ha dado a leer no está en medio de su conversación —un encuentro que es intelectual y a la vez físico—, en definitiva, si no tienen la oportunidad de mirarse a la cara y de interpelarse en el aula.

Qué duda cabe que en una situación extrema como la actual cualquier profesor consciente y responsable de los deberes que tiene asignado en virtud del oficio que ha escogido por vocación, usará los recursos que la tecnología ofrece porque son necesarios; pero estoy convencido que tratará, por todos los medios, de evitar hacer de esa necesidad una sospechosa virtud. Es todo un síntoma de lo que está pasando que cada vez que alguien pone en cuestión el sistema (porque la tecnología y el medio digital es un sistema, toda una lógica) sea acusado de reaccionario.

Mi idea del hombre o la mujer que han elegido el oficio de profesor es la del alguien que entra en el aula con lecturas ya realizadas y con libros que se leerán de nuevo despacio y se conversarán con alumnos devenidos, mediante ese gesto de lectura, en estudiantes. Es la de alguien que se exilia en su retiro estudioso y alguien que "da a estudiar". Damos por supuesto muy a menudo en qué consiste el oficio de profesor, y que la mejor literatura ha sabido explorar de formas enormemente sugestivas. En el bellísimo relato de Stefan Zweig Confusión de sentimientos (1926) encontramos magníficamente descrito lo que para un joven puede llegar a suponer encontrarse con su maestro: "Nunca había visto nada parecido, un discurso, un discurso que era un éxtasis, la pasión de una charla como fenómeno elemental, y lo inesperado del hecho me obligó a acercarme como impulsado por un tirón irresistible". La voz, como voz de profesor, nadie nos la enseña. María Zambrano decía que "podría medirse la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a la palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla de modo activo".

Existe, entre quien enseña y quien aprende, un contacto maravilloso: este es el hecho primordial. Cuando me dirijo a mis estudiantes, todos ellos están bajo mi mirada, pero no como si yo tratase de espiarlos. Están vivos, y cuento con el hastío de algunos, la admiración de otros, y con sus gestos de aprobación o de reprobación. Cuando alguna cosa alcanza a alguno de ellos lo percibo de inmediato. Hay entre nosotros sonrisas y complicidades compartidas, fervores comunes, y les digo que están ahí no para encontrarse con lo que en cualquier caso la sociedad les ofrecerá, sino para descubrir lo que ella jamás podrá ofrecerles y que encontrarán en obras magnificas cuyo significado tratamos de descifrar, para toparse con la necesidad fundamental que no sabían que tenían.

Frente a todos los elogios actuales de lo virtual, algunos seguimos preguntándonos: ¿En qué consiste un aula?, ¿Qué significa dar una clase? La filóloga francesa Jacqueline de Romilly escribió en Nous autres professeurs, un libro admirable, que "una hora de clase es como un oasis en la trama de los días: es una hora reservada al conocimiento, a la verdad, a la inteligencia". La imagen del oasis es perfecta: un oasis en una porción de tierra fertilizada con agua y vegetación en medio de un arenal. El oasis evoca la idea del descanso y de la tregua en medio de los ajetreos diarios; un refugio para descansar. Un lugar donde retirarse aparte. Eso es la escuela, eso es en lo que consiste un aula. Una hora de clase puede, de hecho, hundir o salvar una vida. Al pequeño Jacques Cormery, las clases de su profesor Bernhard / Germain le salvaron la vida, como cuenta bellísimamente Camus en El primer hombre. Su profesor los consideraba dignos, a él y sus compañeros, de descubrir el mundo: para eso estaban en la escuela. Enseñar con seriedad, haciéndose uno enteramente presente en esa hora de clase que es un oasis en la trama y el discurrir de los días, es acceder, decía el desaparecido George Steiner, a lo que de más vital hay en un ser humano; pues un profesor invade, irrumpe, suspende el ritmo habitual del tiempo, inquieta y arrasa, a veces, con el fin de construir de nuevo. Como escribió en su autobiografía Errata: "Una universidad digna es sencillamente aquella que propicia el contacto personal del estudiante con el aura y la amenaza de lo sobresaliente". Es un proceso de "contaminación implosiva y acumulativa". El profesor "compone" la melodía de cada curso y hace cada clase como si fuese la primera, y de hecho casi siempre es así.

Plantear la educación, como tantas veces hoy se hace, desde la estrechez de la lógica económica y rentista, es ofrecer una moneda falsa, pues el acto educativo tiene que ver con el don. Para que el don pueda ofrecerse tiene que aparecer lo "sorprendente" del regalo: una herencia es realmente grande cuando no se muestra la mano del difunto que lega, dijo el poeta francés René Char. La educación no consiste en llenar una vasija vacía; más bien se trata de proporcionar un buen material capaz de provocar un incendio en la mente del discípulo, aunque haya que tener mucho cuidado con él. El aula permite que profesores y estudiantes estudien juntos, y con ello se conceden la oportunidad para que cada uno descubra el tipo de ser humano que aspira a llegar a ser y para que descubran la parte de la herencia intelectual y espiritual que les corresponde.

Pero todo esto ha de ocurrir sobre el terreno, aunque sea inestable, y no en las nubes. El científico ruso Konstantin Tsiolkovski ordenó colocar como epitafio en su tumba la frase: "La humanidad no permanecerá atada para siempre a la tierra". Desde que lanzaron al espacio, en 1957, un objeto fabricado por el hombre, sabemos que eso es cierto. Y no se trata solamente de que, como pensaba Platón, el cuerpo sea una cárcel del alma o, como sugiere el cristianismo, que la Tierra sea un valle de lágrimas; se trata de otra cosa: ahora ni siquiera el suelo que pisamos, con todas sus alteraciones y desniveles, es un terreno seguro para pensar y para darnos a pensar.

No hemos sido fabricados y luego abandonados, como Frankenstein, sino que hemos nacido y hemos sido acogidos por quienes ya estaban aquí antes que nosotros para enseñarnos el mundo en sus imágenes diversísimas y contradictorias. Por eso leemos, por eso conversamos, por eso transmitimos, por eso estudiamos y pensamos. En los libros hay de todo, claro, pero que existan nos permite elegir, y también recordar, como ha escrito Irene vallejo en El infinito en un junco (Siruela, 2020), que es un hermoso libro de lectura más que recomendable. Uno puede seguir enseñando en medio de una tradición resquebrajada, pero en ausencia de todo pasado es sencillamente imposible. "Cuando estoy en la soledad de mi gabinete, me entrego a la compañía de los muertos, oigo mis libros", escribió Guy Patin, profesor en el Colegio Real desde 1655. El profesor estudia, encerrado en su cuarto de trabajo o en la biblioteca. Se le observa concentrado tomando notas en su cuaderno. Después entrará en el aula, con su cuaderno de notas y sus libros repletos de marcas, seguramente después de haber accedido a ella todos sus alumnos. Cerrará la puerta y con eso gesto los alumnos se habrán convertido en estudiosos y esa pequeña habitación luminosa y yerma que es el aula devendrá un oasis en la trama y el discurrir de los días: los estudiantes, leyendo junto a otros, se sabrán dignos de conocer el mundo.

8 Comments
  1. Paola Vielma Atienza says

    “Cerrar la puerta…” después de estos dos meses de clases virtuales me pregunto ¿resistiré por dos meses más? ¿Un año? Y no me refiero al desgaste físico de permanecer sentada frente a una pantalla, ni a las horas extra preparando un material digital, sino a la necesidad del encuentro, del vínculo con los estudiantes y de todo aquello, que tan bien describes, se produce en el aula. Llevo 25 años de docencia en escuela y está nueva modalidad me ha hecho replantearme si acaso esto, de esta forma es lo que quiero seguir haciendo. Un abrazo fraterno.
    Paola Vielma Atienza (Chile)

  2. Fernando Bárcena says

    Estimada Paola; gracias por tu comentario. Eso mismo me he venido preguntando yo durante este tiempo. Traté de no dramatizar, pero finalmente los hechos son los que son. Yo me temo lo peor, pero habrá que esperar, y desde luego, siempre que podamos, resistirnos a la lógica, al sistema que impone el medio digital, como sea. Sinceramente: sin presencia, no hay posibilidad de encuentro, no es posible, para muchos, la transmisión y la enseñanza. Te mando un abrazo fraterno desde Madrid y, de nuevo, gracias. Fernando Bárcena

  3. LILIANA TOBIO says

    Gracias por decirlo tan claramente, «espanta».Quizás por la falta de fe personal, descreo que la generosidad y coherencia de algunos podrá batallar con el Goliat del capitalismo que ejercen tantos otros. Gracias Fernando …quizás no sea demasiado tarde . El aula es irreemplazable!!! Abrazooooooo

  4. Julio says

    Jamás el aula puede ser reemplazada por la pantalla. No hay nada en la clase virtual q pueda reemplazar al trabajo docente ni aún en las teleconferencias se siente la presencia q brinda el aula. El docente y sus alumnos en el aula es en sí mismo el proceso de aprendizaje

  5. Dany says

    Porque los filosofos diran tanto para no decir nada 🤣. Si el que menos ha aprendido mas cosas por internet que en la escuela, en mi caso aprendi a como programar, matematicas avanzadas, estadistica, cocinar, y muchas mas cosas utiles de lo que aprenderia en una clase con el.

  6. Araceli M. Díaz says

    Ya hace varios días que me tenían muy preocupada mis pensamientos acerca del entusiasmo de algunas y algunos con la educación virtual. Gracias por poner en palabras esas preocupaciones que me asustan. Llevo muchos años enseñando en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario un seminario de Metodología de la Investigación y sé que lo que puedo decirles en clases virtuales o enviándoles materiales no cubren sus necesidades y requerimientos. Cada uno, cada grupo que prepara su monografía y se sientan conmigo para discutir, para vernos, para reírnos ahora está como abandonado a su suerte. Me asusta esta idea de lo virtual reemplazando a lo humano. Me encantó ver que alguien lo podía poner en palabras tan exactas. Gracias porque ahora sé que no estoy sola.

  7. Carolina says

    Me ha recordado desde otramirada, amplia también,… a este otro artículo:

    «Es urgente oponernos al darwinismo social, ecocidio, autoritarismo y a la competencia, rechazar las consignas que pretenden hacer de la nueva educación un sucedáneo autorregulado de técnicas de gestión para competir»

    https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/enves-vida-educacion

  8. Christian says

    Me ha encantado su artículo. Como docente de instituto a punto de ser llamado por primera vez, lo que percibo es una contradicción irresoluble, entre el productivismo y mecanicismo hacia el que presiona el sistema, y la «enseñanza» en sentido amplio como la que usted plantea, junto a la mayoría de docentes del sistema público. Por eso el problema, para mí, se remite a las relaciones de fuerza entre quienes abonan una u otra concepción, y el panorama parece sombrío…

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