‘Baron Noir’ no pasea por Usera

  • "La política se ha alejado de las calles, justo cuando desde estas llegan las señales más claras de que la tendencia va hacia la tragedia y no hacia la comedia"
  • "Si las fuerzas políticas de izquierdas y los sindicatos centran su acción en la institución y obvian la presencia en barrios, el sentido de la protesta será difícil de adivinar"

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282 kilómetros separan Dunkerke de París. Algo más de tres horas en coche que Philippe Rikwaert recorre en varias ocasiones, de norte a sur, de sur a norte, en la serie de moda entre los círculos políticos: Baron Noir. Pablo Iglesias agradecía a Pedro Sánchez en redes sociales que le recomendara ver esta producción francesa. Rikwaert, protagonista de esta serie que se sumerge en los terremotos internos de un Partido Socialista Francés que ha de adaptarse constantemente a los altibajos de la nueva política y los nuevos tiempos: nuevas opciones populistas de derechas, centro e izquierdas arremeten contra el cansado mapa político francés. La vieja Europa y el frenético siglo XXI. Conforme pasan los capítulos, actores y actrices ponen cara, gestos, voz y miradas a algunas de las tensiones que se han desarrollado en la política europea de los últimos años. Reflejo especial a lo que ha acontecido en España.

Luchas por el poder, intrigas palaciegas con regusto a tragedia de William Shakespeare. Macbeth, impulsado por su esposa, asesina al rey Duncan para hacerse con el trono. El arrepentimiento, convertido en voces que resuenan en la mente de Macbeth y apariciones fantasmagóricas, hará enloquecer al protagonista. “Roncos graznidos lanzarán los cuervos, rey Duncan, a tu entrada en mi mansión”. El arrepentimiento no parece ser prioritario entre los personajes de Baron Noir. Las artimañas políticas para ascender al poder, los juegos de alianzas y traiciones, rara vez topan con el lamento de sus impulsores. “A la política uno viene llorado de casa”.

Ni en Baron Noir, ni tampoco en Macbeth, es la sociedad, ni el pueblo, un personaje relevante motor de la trama. Más bien al contrario: es en los pasillos del castillo, en las butacas de la sede del partido o en los jardines del Palacio del Elíseo donde nacen las ideas que definirán el devenir de la historia de la nación, del reino o de la República Francesa. Lejos queda la Revolución de 1789 o el Mayo del 68 de la radiografía política que se muestra en esta serie de ficción, la cuestión no viene desde abajo hacia arriba, sino que surge desde el poder. Lejos queda también el 15M de lo que es, hoy en día, la política española. “Fuera del Palacio”, como acotaba Pier Paolo Passolini, no ocurre casi nada. Es decir: “Il Palazzo” se erige como protagonista de la política, en detrimento de “la Piazza”, donde pocos años atrás acampaban los indignados, donde fue asesinado este director de cine italiano.

Y hoy, el palacio es un plató. Cualquier evento y suceso que aspire a convertirse en hito histórico ha de ser grabado y posteriormente reproducido. Así, la política parece el guion de un programa televisivo, o de una serie, Baron Noir. El terminal puede variar, quizás un teléfono móvil, quizás una cámara de televisión. Pero las instituciones son platós, set de rodaje: Moncloa, el Congreso, el Parlament, la Puerta del Sol con una presidenta luciendo lágrimas negras. Una intervención pública ha de estar estructurada para que quepan las “ideas-fuerza”, ese vocablo, en una cápsula (o en varias) para esparcirla por las redes sociales, para que entre con sentido en una pieza televisiva. Hasta las calles, “la Piazza”, han de ser un plató. Y la rabia que recorre las mismas ha de ser grabada y tergiversada a través de las pantallas.

Así, en los disturbios de Barcelona del otoño pasado como respuesta a la sentencia del procés, un contenedor quemado se convertía en un primer plano duradero en prime time y las cargas policiales comenzaban, casi siempre, a la hora del telediario. Suponemos que hoy, los saqueos posteriores a las multitudinarias manifestaciones pacíficas que se suceden en distintas ciudades estadounidenses adquieren tanto protagonismo porque confieren ritmo a la narración audiovisual y enganchan a través de los móviles de cualquier lugar del planeta. Siempre gusta un poquito de acción, y los disturbios roban el protagonismo a la protesta pacífica. Cuando “la Piazza” llega hasta las puertas de “Il Palazzo”, la Casa Blanca, Donald Trump se encierra en el búnker para al día siguiente madrugar, Biblia en mano, el atrezzo, hacia la puerta de una iglesia, el decorado.

Quizás sea causa del confinamiento y de mirar tanto la tele, pero la actualidad política española lleva semanas demasiado centrada en las intrigas de los platós palaciegos. Con ese tufillo que caracteriza a la política por estas latitudes, la visceralidad coge fuerza. Las tramas se centran en las disputas entre despachos ministeriales, las batallas entre cuerpos policiales y cargos electos, entre el poder judicial y el ejecutivo. De despacho, en despacho; los edificios utilitarios del centro de Madrid son platós de televisión. Las sumas y restas parlamentarias, en cada intento de renovar el estado de alarma, también ha tenido a bien desarrollarse entre bambalinas y centrar el foco hasta última hora. Todo esto, atravesado por esa lanza transversal de hidalguía y honor que es la oposición de las derechas y ultraderechas que ha visto en la crisis del coronavirus la posibilidad de derrocar al Gobierno de coalición pocas semanas después de su toma de posesión. La visceralidad española, que hace que el ruido de sables nunca quede del todo silenciado.

Como resultado, un argumento apasionante, con giros de guion inesperado, levantamientos y caídas de personajes, traiciones, enamoramientos pasajeros, muertes políticas y resurrecciones. Todo rodado en el set para permitir desgajarlo en capítulos, programas de televisión y campañas de redes sociales que han entretenido a la población española durante buena parte de estos meses en los que la pandemia ha arrasado con relaciones, hábitos y costumbres y modales. Podríamos hablar de Baron Noir, pero es la política del siglo XXI; porque fue esta la que inspiró a los creadores de Baron Noir.

Y es que la política cotidiana lleva años anticipándose a esta serie francesa. Encuadrando solo España, en los últimos años: asesinato (político) en el Comité Federal del PSOE a Pedro Sánchez, resurrección y ascenso hasta la Moncloa; aparición de Podemos, irrupción en las instituciones, desgaste y entrada en el Consejo de Ministros; Albert Rivera, ¿dónde está?; Casado derechiza al PP y sube Vox como la espuma; procés, 1-O y cárcel… Si de una tragedia shakesperiana se tratara, aunque solo seleccionara lo más exquisito de lo ocurrido estos años, harían falta varios días para ponerla en pie sobre el escenario.

Más allá del aviso de las manifestaciones contra el Gobierno, bandera de España en alto, cacerolas y algún palo de golf, la política se ha alejado de las calles, justo cuando desde estas llegan las señales más claras de que la tendencia va hacia la tragedia y no hacia la comedia. Esta semana, publicábamos en cuartopoder un cortometraje audiovisual sobre cómo el apoyo mutuo entre vecinos y organizaciones del distrito de Usera, en Madrid, está paliando las carencias derivadas de la actual crisis económica y social. Allí donde las instituciones no llegan, es la solidaridad la que reparte cestas básicas de alimentos a familias que han visto cómo, antes de recuperarse de la crisis económica anterior, la originada en 2008, llega una nueva con una fuerza bestial.

A veces, el motor de la historia llega desde el palacio, en otras ocasiones, desde la plaza. A veces, la historia, se acelera, como se puede comprobar en Estados Unidos, cuando están teniendo lugar de las protestas más importantes de las últimas décadas contra la brutalidad policial y la desigualdad racial. La desafección a la política de amplios sectores de la sociedad se agrava en momentos de crisis, las encuestas la vienen señalando como uno de los principales problemas para la ciudadanía. Si el amplio espectro de medidas sociales aprobadas por el Gobierno no fuera suficiente y no acaban de llegar a sus destinatarios, la calle y el descontento hacia la política puede tener su momento. Si las fuerzas políticas de izquierdas y los sindicatos centran su acción en la institución y obvian la presencia en barrios, el sentido de la protesta será difícil de adivinar. El hambre se manifiesta en colas de vecinas ante las despensas de alimentos. Y las patologías crónicas pronto aparecerán cuando la pandemia de covid-19, que ha envuelto todo en un halo de irrealidad, deje paso a la cruda situación: volverán los desahucios, los sintecho regresan a los soportales, las personas migrantes desafían al Mediterráneo…

La cámara de televisión se empeña en enfocar a una ventana del palacio, la luz encendida asegura que dentro están pasando cosas, se intuyen sombras. Pero el encuadre rara vez mira a la plaza, que por aquí, de momento, está vacía. Las cifras macro intentan dotar de sentido una realidad social que se prevé dolorosa, pero el dolor rara vez se puede explicar con números. El plató genera estados de ánimo y humores en la audiencia, pero los estados de ánimo evolucionan y es difícil predecir hacia dónde van. Y un ejército camuflado en ramas de árboles ataca el castillo de Dunsinane ante la incomprensión de Lady Macbeth. Baron Noir no pasea por Usera.


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