FOTOCHOP (XIX)

Distopía

  • "Siento más afinidad con un costamarfileño aficionado al reggae que con un lechuguino ‘abollaperolas’ del barrio de Salamanca"
  • "El tipo rubio del flequillo es capaz de blandir una Biblia Evangélica en la mano diestra mientras utiliza la siniestra para limpiarse el culo con la Declaración Universal de Derechos Humanos"
  • "Hacer dos mundos físicamente separados. No por un muro ni por una chorrada de esas, sino por un océano del copón, el más grande que encontremos. Los fachas incluso podrían elegir dónde quieren estar"

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Tengo dos días para acabar este ridículo boceto de guión y se me van agotando las opciones. “Queremos una distopía para una serie”, me soltaron los de la productora. Y no se me ocurre nada. Lo único que me pasa por la cabeza cuando pienso en el porvenir tiene que ver con la avalancha neofascista que estamos sufriendo y con las nefastas consecuencias para la salud mental y moral de todos que un movimiento de esta magnitud y naturaleza acarreará, sin duda, en el futuro inmediato. De hecho, alguna de las cosas que escucho no solo en las aberrantes tertulias de La Sexta, también en la tribuna del Congreso, empiezan a afectarme físicamente. No me han salido antenas, ni colmillos, ni tan siquiera me ha crecido el dichoso rabo, pero noto que se me avinagra el carácter y que, tras el confinamiento, cuando salgo a la calle miro para atrás a cada rato, como si fuera un acto reflejo. Que todo el mundo lleve mascarilla tampoco ayuda. Percibo que algunas cosas me dan cada vez más asco y que hay un montón de gente con la que no quiero tener nada que ver. Siento más afinidad con un costamarfileño aficionado al reggae que con un lechuguino ‘abollaperolas’ del barrio de Salamanca, sea del Madrid o del Aleti. Un país necesita un relato histórico mínimamente consensuado y algún tipo de proyecto común, aunque sea difuso, etéreo, y a mí no se me ocurre cosa alguna que quisiera compartir con alguien que escupe sobre la tumba de las Trece Rosas, por muy paisano que sea.

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El plazo de entrega vence en veinticuatro horas y veo en la tele que situaciones similares están pasando en otros lugares y que a estas alturas del siglo XXI el tipo rubio del flequillo es capaz de blandir una Biblia Evangélica en la mano diestra mientras utiliza la siniestra para limpiarse el culo con la Declaración Universal de Derechos Humanos. Así que llegados a este punto de incipiente asfixia ocho minutos contemplando como la rodilla de un madero aplasta el pescuezo de un ciudadano activan la determinación literaria de cualquiera, se me ha ocurrido una historia que vender a los chicos de la productora.

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Boceto de guión. Los fachas son millones en todo el planeta. Decenas y decenas de millones. Y los que no son fachas también son un montón de millones, así que ¿por qué no diseñar algo parecido a un ‘apartheid controlado’? O sea, hacer dos mundos físicamente separados. No por un muro ni por una chorrada de esas, sino por un océano del copón, el más grande que encontremos. Los fachas incluso podrían elegir dónde quieren estar. ¿En el continente americano, de Norte a Sur, de Alaska al Cabo de Hornos? ¿Sería territorio suficiente? Quizás habría que añadir las Islas Caimán para que puedan seguir apañando sus asuntos fiscales y, de paso, dispongan de un sitio decente donde amarrar el velero. Estoy convencido de que cualquier opción sería aceptada por la contraparte con tal de perderlos de vista cuanto antes. Te cambio mi casa de Madrid por la tuya de Cincinnati, o al revés, y asunto solucionado: tu te vienes para aquí y yo me voy para allá. Intercambiamos las escrituras y listo. Y una vez reubicados los habitantes del planeta en sus nuevos e ideologizados territorios, cada uno daría rienda suelta a sus principios y empezaría a vivir la vida como siempre había soñado: a su manera (suena Sinatra).

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Marketing. La serie trata de vender que todos saldríamos ganando, que un final no traumático es posible. Unos podrían enseñar sin rubor en sus escuelas que la tierra es plana, que los negros no son blancos y que el sitio natural de una mujer es el espacio que queda entre el fregadero y la lavadora y los otros no tendrían reparos en subir los impuestos cuanto fuera necesario para fortalecer los servicios públicos y garantizar una vida digna a todo cristo sin que importara una mierda el “efecto llamada”. Así de sencillo.

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Esta mañana he telefoneado al de la productora y le he contado la idea. “¿Y por qué lo llamas distopía si en ese mundo que presentas todo parece funcionar a las mil maravillas?”, ha cuestionado el proyecto nada más terminar la exposición. “Joder. Lleva razón”, he asumido de inmediato. Me estaba comportando como un jodido becario. Por un momento me he visto en la cola del paro y he sentido un sudor frío, muy frío, deslizándose por mi espalda. “Porque los fachas invertirían en armas y los otros en teatros de barrio y acabarían bombardeándolos y, prácticamente, exterminándolos”, le he contestado en un alarde de desparpajo narrativo. “Un pequeño grupo sobreviviría y, utilizando técnicas de guerrilla, ya sabes, les plantaría batalla”, he añadido como si lo tuviera todo pensado desde hace semanas. “Vaya panorama”, ha murmurado desde el otro lado de la línea el de la productora, “pero creo que podría funcionar. ¿Sería como lo de los zombis pero sin zombis, no?”, se ha interesado. “Sí. Algo así”, he asentido sin demasiado entusiasmo. “Para cerrar la primera temporada”, ha vuelto a la carga el hombre de la pasta, “montaremos un espectáculo pirotécnico que hará palidecer al de la caballería aérea del coronel Kilgore en la selva vietnamita… Quiero cuarenta folios para pasado mañana. ¿De acuerdo?”, me ha interpelado la voz.  “De acuerdo”, me he venido definitivamente arriba. “¿Y qué tal el Worried About You de los Stones como sintonía de la serie? Supongo que estamos hablando de diez o doce episodios”, le he probado. “No corras tanto, lagarto. El mundo está plagado de guionistas en paro”, ha saltado como un resorte mi interlocutor rebajando de inmediato el alcance de mis expectativas.

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Maldita ambición.


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1 Comment
  1. ALICIA BERMEJO MARTIN says

    O con un secesionista supremacista catalán, por poner otro ejemplo.

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