¿Qué economía para qué realidad post covid-19?

  • "Lo que está en juego es algo mucho más profundo que la simple definición de una agenda para la recuperación y el crecimiento"
  • "La contienda por lo económico es algo más que una batalla por la representación. Constituye la lucha por la democracia social en sí misma"
  • "La tensión entre las formas distintas de entender lo económico va a ser feroz. No es solo una disputa entre nociones, sino la latencia de poderosos intereses en juego"

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La economía, estúpido.
Campaña electoral de Bill Clinton en 1992

Con más de medio país en fase intensiva de desescalada, y con la sensación (quizá incierta y temblorosa) de cierto control de la pandemia, el debate público está virando hacia lo social y lo económico. Así, el ejecutivo ha debido acelerar de forma significativa el tempo de la gestión sanitaria, en aras de retomar la actividad productiva que, en nuestro país, sobrelleva el nombre de turismo, hostelería y servicios.

Si hacemos un rápido repaso a los principales "mentideros" económicos donde se está pensando esto, nos encontramos con un panorama inquietante. Por poner solo algunos ejemplos. Del lado gubernamental, desde la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo, ya se está pergeñando una hoja de ruta marcada por tres objetivos fundamentales. “Producir y crear empleo”, en especial, dentro de las nuevas tecnologías, el software, las telecomunicaciones, las energías renovables, la ciberseguridad, la biotecnología, la farmacología. “Mantener los sectores existentes” y no perder el empleo que generan. Y la tan cacareada (aunque nunca concretada) “reindustrialización”. Todo ello en diálogo con la necesidad de urdir medidas que busquen contrarrestar las debilidades estructurales en materia productiva y de innovación; así como la más que previsible crisis de deuda que pende sobre nosotros como espada de Damocles, o incluso el precario marco de disputas, tensiones y luchas internas vividas en el seno de la Unión Europea a propósito del fondo de rescate. Un panorama complejo.

Del lado del Banco de España tampoco parece que la música sea muy prometedora. En el informe titulado Escenarios macroeconómicos de referencia para la economía española tras el covid-19, habla directamente de garantizar en el corto plazo el flujo de rentas y entender que para establecer alguna clase de proyección, la incertidumbre es y será un ingrediente fundamental. Aun así aventura tres escenarios posibles: el de la normalización casi completa tras la desescalada (es decir, superada la última de las fases por parte de todas las Comunidades Autónomas), el de la normalización casi completa durante el otoño de 2020, o el de la “normalización incompleta” a finales de 2021. Y cada uno de estos “futuribles”, en dependencia directa con el enmarañado debate de si la recuperación económica mundial será en V, U o W.  En otras palabras, cunde la prudencia y se instala una cierta incapacidad para establecer un suelo sólido de análisis. La contingencia parece más abierta que nunca. Donde sí se percibe un cierto consenso es en que “el futuro depende de las medidas que se tomen ahora”.

Ante esta realidad, incluso en el interior de los universos conservadores hallamos propuestas sobre "lo económico" desconcertantes, pues en otra época hubieran sido la divisa de formaciones de izquierda. Un caso como botón de muestra. En Holanda y Alemania, diferentes académicos y políticos (nada sospechosos de socialismo) proponen el fin de ciertos dogmas ordoliberales. Resulta llamativo comprobar cómo en el orden macroeconómico europeo siguen siendo gobiernos vigilantes de la ortodoxia (contención del gasto público, control de las rentas del trabajo, liberalización de los mercados, privatización de empresas públicas, desregulación de las relaciones laborales); mientras que en el orden interno de sus sociedades se habla de un “nuevo modelo económico pospandemia covid-19” cuyo centro sea “la vida”, sí, la vida, lo han escuchado bien. Mediante un giro copernicano (de talante keynesiano) se insta a “pasar de una economía enfocada en el crecimiento del PIB, a una que sea capaz de diferenciar entre sectores que pueden y deben crecer de manera sustentable y que requieren inversión privilegiada”. Se pide “construir una estructura económica basada en la redistribución”, o incluso “transformar la agricultura y convertirla en una productiva y regeneradora, basada en la conservación y la biodiversidad, que sea sustentable y priorice la producción local y vegetariana”, y para rematar se solicita la “reducción del consumo y especialmente de los viajes”, buscando un “drástico cambio que prohíba los viajes lujosos y el consumo despilfarrador”. ¿No es alucinante el cambio de melodía?

Estas señales nos indican que el laboratorio social de "lo económico", o dicho de otro modo, la "economía política", vuelve a ser un campo central de disputa. Siempre lo fue, pero en esta ocasión, diferentes alternativas y propuestas (antaño ninguneadas) aparecen en el escenario de lo posible como anticipadoras “viables” de realidad. No en vano, en estos últimos meses, tras la constatación de la incapacidad de los mercados (durante la fase dura del confinamiento) para dar una respuesta óptima a las necesidades básicas de la población, encontramos huellas significativas sobre la pertinencia de introducir enfoques alternativos en el debate público, tales como los de la economía social y solidaria, los mercados locales y la soberanía alimentaria, la economía del bien común, la economía circular, la economía feminista, los bienes públicos globales, las finanzas éticas y solidarias. Aunque las élites van a seguir empujando para que se mantenga intacto su poder sobre lo que cabe o no dentro de las políticas, lo cierto es que cada vez más lo que está en pugna es la propia substancia de lo que entendemos por economía, y en qué medida ha de estar al servicio de la vida. Una imagen lo sintetiza bien, la comparecencia de la profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y feminista, Amaia Pérez Orozco, en el Congreso de los Diputados. Nunca antes una economista tan opuesta a los dictados “hegemónicos” de la teocracia neoliberal había tenido la posibilidad de presentar públicamente, en sede parlamentaria, los fundamentos de una lectura crítica de tanto calado. Sin duda, un instante que deja entrever hasta qué punto lo que está en juego es algo mucho más profundo que la simple definición de una agenda para la recuperación y el crecimiento.

Esto nos obliga, a mi entender, a preguntarnos de nuevo por lo que la economía es en su sentido antropológico, ya que en la medida que seamos capaces de reintroducir una cierta “ecología de saberes” (tal y como señala Boaventura de Sousa Santos), estaremos en mejores condiciones de llevar a cabo esa disputa. Para ello me parece interesante recuperar un debate teórico que se produjo en los años sesenta y en el cual se desplegaron dos formas “ideacionales” de concebir los fenómenos económicos. Por un lado estaría aquella noción que se situaba bajo la estela de la maximización, el individualismo, la escasez, el beneficio lucrativo, el carácter lógico de la relación medios-fines, la acción racional, la eficiencia, el estudio de los medios materiales, la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, el sistema de mercado y de precios como modelo único, y el estudio de los sistemas de intercambio (cualquiera que sea la forma en que estén organizados). Esta manera (denominada “formalista”), lo que venía a decir es que hacer economía (siguiendo a Robbins Burling) es comprender “el comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos”. Hasta ahora ésta ha sido la manera dominante desde la cual nuestras instituciones políticas y económicas han interpretado su quehacer.

Ahora bien, frente a este planteamiento, hubo otro camino a la hora de entender el hecho económico. Y es aquel que se situaba no como el resultado de decisiones individuales, sino como un “proceso instituido de interacción” orientado al aprovisionamiento y la satisfacción de necesidades (en palabras de Karl Polanyi), es decir, que la subsistencia humana es el resultado cultural de la conectividad con el medio y con la sociedad antes que un modelo lógico de decisiones racionales. En otras palabras, la economía humana se encontraría indisociablemente “incrustada” en diferentes instituciones económicas y no económicas, de modo que tendría un lugar cambiante dentro de la estructura social según sus diferentes coyunturas. Pongamos un ejemplo durante esta pandemia. El hecho de que “los mercados” fueran incapaces de proveer de servicios y recursos necesarios a los sectores más vulnerables o, mejor dicho, que no estuvieran dispuestos a hacerlo salvo en condiciones de intercambio de mercado, hizo que de forma espontánea se generasen actividades económicas (no lucrativas) de apoyo mutuo y responsabilidad social en los barrios, a partir de la generación de nuevas instituciones ciudadanas (las famosas “despensas solidarias”) que no eran, en sentido estricto, operadores tal y como los concibe la ciencia económica tradicional, pero que sin embargo se revelaron imprescindibles para el aprovisionamiento y la satisfacción de necesidades. Este segundo modo de entender dichos fenómenos (llamado “substantivismo”) lo que señala es que para poder comprender e imaginar "lo económico" debemos conocer en profundidad (siguiendo de nuevo a Karl Polanyi) las “formas históricas de integración” que, básicamente, han sido tres: la reciprocidad, la redistribución y el intercambio. ¿Les suena de algo? Lo interesante de recuperar ese viejo debate de los setenta no sería tanto su réplica ahora, sino entender lo que estaba en juego, sus potencias y debilidades.

La nuevas tendencias en antropología económica han puesto el acento en la necesidad de observar los fenómenos de la producción, la distribución, el intercambio, el consumo, las culturas locales y los modelos económicos, a partir de varios movimientos teóricos que Susana Narotzky resume de un modo bastante elocuente: “Por una parte, creo que un primer paso necesario consiste en el rechazo del concepto de un nivel económico separado o de una región acotada de relaciones o actividades sociales económicas. Por otra, creo útil restringir el alcance de lo "económico" a las relaciones sociales que participan en la producción y reproducción de la vida material, a través de la interacción organizada de los seres humanos y la naturaleza. Por último, desearía proponer la idea de que en las poblaciones humanas, las relaciones materiales no pueden separarse teóricamente de sus expresiones culturales que a su vez, son producidas y toman cuerpo materialmente”. En resumen, sacar a la economía de lo que tradicionalmente los economistas “hegemónicos” dicen que es la economía. Pero también, siguiendo a la propia Amaia Pérez Orozco, valorar como económico “cosas” (como el trabajo reproductivo) que generalmente han quedado fuera de su definición y medición clásicas.

¿Y por qué esto es importante para repensar el futuro post-covid? Se me antojan dos razones. La primera, porque en la nueva disputa por el sentido sobre lo que las políticas económicas deberán ser en nuestro país, a una lógica “formalista” (de corte marcadamente neoliberal) que volverá a situar los ejes de lo posible dentro de la supuesta racionalidad de medios y fines, del principio de escasez, así como de la competencia virtuosa, la centralidad del mercado, el emprendimiento y la resiliencia individual, habrá que contraponer otra lógica “substantivista” que ponga el acento en la reciprocidad colectiva, la redistribución, el intercambio y la centralidad de los trabajos reproductivos. Al mismo tiempo, y como segunda razón, porque la contienda por lo económico es algo más que una batalla por la representación. Constituye la lucha por la democracia social en sí misma, y ahí cobrarán una especial relevancia aquellas propuestas, a mi juicio, que persigan eso que Christian Laval y Pierre Dardot llaman “instituciones del común”. Podemos salir de la pandemia reforzando las dinámicas de desigualdad, de prioridad de la propiedad en detrimento del interés colectivo, del "sálvase quién pueda", o podemos tratar de generar horizontes que intenten poner el foco en la satisfacción de necesidades, en la instauración de una economía de la participación, en el fomento de la autogestión, en la transformación de los servicios públicos en auténticas instituciones del común, y en la construcción de modelos de convivencia económica basados en los ideales del ecologismo político y el feminismo.

La tensión entre estas formas distintas de entender "lo económico" me temo va a ser feroz en los próximos tiempos, porque no es solo una disputa entre nociones, sino la latencia de poderosos intereses en juego. La élite económica no va a permitir fácilmente transformaciones que amenacen unas ciertas tasas de acumulación de beneficio, y utilizarán todas las energías que tengan a su alcance para debilitar cuanta política redistribuidora se interponga en su camino. La pregunta entonces será en qué medida la ciudadanía está en condiciones de presionar al poder o ser ella misma contrapoder para el cumplimiento de una agenda económica orientada hacia la justicia social. Y unido a eso, en qué medida contará también con las energías y capacidades suficientes para “autoprotegerse” y desplegar prácticas de reciprocidad. Ahora bien, ¿será esto suficiente?, ¿qué papel habrá de jugar el Estado (¿plebeyo?)?, ¿qué responsabilidades tendremos que seguir exigiendo a los gobiernos?, ¿a qué escala se puede organizar la reciprocidad, la gestión de instituciones del común?, ¿no necesita todo esto de un nuevo reclamo de lo local, es decir, una suerte de “municipalismo 2.0” que aterrice estas instituciones del común?, ¿bastará tan solo con la recuperación de una visión substantivista de la economía para hacer realidad nuevas prácticas de mundo?

Son muchas las preguntas que se abren. Veremos en qué dirección se componen las respuestas.

Este artículo no hubiera sido posible sin las aportaciones, discusiones y correcciones de Ainhoa Montoya. Gracias una y otra vez.

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1 Comment
  1. mastropiero says

    Un gran artículo con las claves importantes. Muchas gracias.

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