Víspera de tempestades: un horizonte incierto

  • "La derrota de las izquierdas ante el neoliberalismo fue tan contundente, tan absoluta, que apenas ha habido hueco en medio siglo para un proyecto antagonista"
  • "El fin del capitalismo parece imposible, pero el fin de nuestro mundo amordaza los sueños"
  • "Más que un colapso extraordinario, lo que nos amenaza es una africanización del mundo. No en un sentido cultural, claro, sino en el peor sentido material"

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Intuitivamente, mucha gente puede pensar que la historia de la humanidad es una carrera de éxito. Y bueno, no tan intuitivamente, porque en realidad se trata de una intuición inducida por el omnipresente relato del progreso que caracteriza nuestras sociedades y que se cuela desde los colegios hasta los telediarios, por no hablar de cualquier referencia a la ciencia. En esa historia que nos contamos – que nos cuentan – rara vez suelen aparecer los momentos de crisis global, de descenso de los estándares de vida o los colapsos, parciales o totales, de tantas sociedades que han poblado la tierra: tantos mundos que se han ido con la noche de los tiempos. El Antiguo Egipto, Roma, la China medieval, y no tan lejos, los imperios Británico o austrohúngaro que hasta la Primera Guerra Mundial gobernaban el mundo. Sociedades fuertes sometidas a crisis territoriales, económicas, culturales, que los redujeron a sombras de su pasado imponente. Todo esto es difícilmente concebible hoy, más aun en un marco de capitalismo global tan monolítico que cualquier alternativa de izquierda ha sido arrasada. La derrota de las izquierdas ante el neoliberalismo fue tan contundente, tan absoluta, que apenas ha habido hueco en medio siglo para un proyecto antagonista que alumbre la posibilidad de un otro mundo. Decía Fredic Jameson que es más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo: y bien, hoy parece que la alternativa es gratuita, porque el capitalismo es el mundo.

La crisis de las sociedades capitalistas ni siquiera enseña los dientes, se parece más a una lluvia gruesa y constante que cae con algunos arrebatos violentos pero, sobre todo, sin pausa. Así, la sucesión de crisis, la caída de centros de trabajo, el paro, la imposibilidad de encontrar los medios de una vida digna, se alternan y nos empapan como una lluvia espesa, con la misma sensación de humedad, de podredumbre y de impotencia. El descontrolado crecimiento de la actividad económica era un ciclista dopado con hormonas fósiles que no sólo devoran su propio organismo, sino que lo someten a una tensión de crecimiento perpetuo que sólo se alimenta con el mismo crecimiento. Y no hay fósiles para siempre, ni hay planeta infinito que asuma los desperdicios y cosa los rotos que la sociedad industrial hace en cada ámbito de la naturaleza. El fin del capitalismo parece imposible, pero el fin de nuestro mundo amordaza los sueños.

Es la termodinámica, por supuesto: esa cruel e inexorable ley de rendimientos decrecientes; también es la física y los límites de la materia. Pero cuando se trata de asuntos humanos, es la política, es la clase. Brais Fernández y Manuel Garí señalaban hace tiempo como la carrera del neoliberalismo hacia la des-regulación financiera ha laminado el papel del estado como control y en cierta medida freno de las tendencias excesivas del capital, precisamente para garantizar su pervivencia. Algo así como una hidra de dos cabezas, en la que el rol dirigente del mercado en la acumulación de beneficio se combina con el papel del estado como alter-ego controlador. Inhabilitado el Estado, el capital ha soltado las riendas, y los intereses de clase que lo dirigen se disponen a apurar la copa hasta el último sorbo, aunque sea una decisión suicida. A todos los efectos, no hay nadie al volante.

Esto no quiere decir que la política haya muerto; tampoco, como parecen pensar algunos, que el colapso esté garantizado y vaya a ser seguido de una nueva y virginal sociedad poscapitalista. En el interregno, se juegan los escenarios futuros. Como en un campo de batalla cuyos contornos se van desplazando, las distintas alternativas políticas despliegan unas y otras tácticas, invadiendo los espacios desde los que golpear parece más factible. El relato de la crisis oscila entre la culpabilización de los de fuera y la responsabilidad de las élites, en la definición que basa toda la confrontación política, quiénes son ellos y quiénes nosotros.

Es un juego con cartas marcadas. Hay quien parte y bien reparte, y no deja de jugar a su favor. El Estado sigue ahí, pero, como en la famosa metáfora de Marx, su traje no nos vale: nos aprieta, nos incomoda, apenas permite que nos movamos. No es una maldición divina, ni una ley inexorable, sino el resultado de una larga derrota. Hoy, tras la oleada antineoliberal de Latinoamérica y las escaramuzas europeas de las primeras décadas del siglo, volvemos a un punto de partida en el que la impaciencia se hace difícil, cargada de por un peso insoportable. Cuenta Daniel Bensaïd que en sus años jóvenes estaba convencido de que la “historia les mordía la nuca”: y bien, ahora es la catástrofe ecológica. Es difícil no pensar que realmente, esta vez, la catástrofe se acerca para atacar con un mordisco brutal, un dolor como apenas nunca hemos conocido.

Como nunca hemos conocido los occidentales de esta época, claro. Nuestros ancestros en el Estado español y en todos los países sí conocieron decrecimientos forzosos, y nuestros coetáneos en países del llamado tercer mundo los viven a diario. Seamos sinceros con nosotros mismos, lo que la amenaza ecológica anticipa es una reducción de la esfera material y una inestabilidad social que nada tiene de nuevo para los habitantes de muchos países. Más que un colapso extraordinario, lo que nos amenaza es una africanización del mundo. No en un sentido cultural, claro, sino en el peor sentido material. Hoy África es un continente controlado por los intereses del mundo industrial y sometido a injerencia política, expolio masivo de recursos y violencia. Un paquete que, por supuesto, es indivisible. No es una revelación del apocalipsis, es un análisis de lo que la dinámica del capital anuncia ante el declive generalizado de las fuerzas de producción: un repliegue de los centros del poder y una intensificación de la explotación de trabajo y naturaleza. Quien antes estaba dentro, ahora está fuera. Recordemos Argentina, Grecia, Siria.

Pero no es, por supuesto, la única posibilidad. Las situaciones de desequilibrio, de caída de un orden social, son el campo de cultivo de los nuevos mundo por venir. Lo que Bensaïd llamaba "los saltos", esos avances bruscos, esos momentos en los que se condensa la lucha política y avanza la lucha de clases, cobran un acento epocal ante la dimensión de la crisis ecosocial. Es imprescindible que surja un política de clase con fuerza para desplazar los intereses del capitalismos suicida, pero esa misma clase tendrá que improvisar, también un nuevo marco cultural, civilizatorio, lejos de la bulimia económica que nos domina. Nada de esto parece realizable, pero la dimensión de la crisis lo hace no sólo posible sino inevitable. Todo está en juego.


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