DOMINGO

Que no nos cierren los teatros

  • "El pasado lunes, un día triste para el mundo del teatro, los directores del Teatro Pavón Kamikaze anunciaban que se cierra el proyecto al finalizar el próximo mes de enero"
  • "Durante estos cinco años, el Pavón se ha convertido en un referente para la escena y dramaturgia actual. Se ha convertido en un lustro en una parte de la historia teatral española contemporánea"
  • "Que no nos quiten las ganas de soñar, que no nos cierren los teatros. Ya lo planteaba Ibsen: los poderes públicos y privados de la ciudad se alían para defender sus intereses, manipulan la verdad y a la ciudadanía"

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A finales del verano del 2018, el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid programaba Un enemigo del pueblo (Ágora), una muy libre puesta en escena del clásico de Henrik Ibsen. Ya saben, el autor noruego plantea hasta qué punto los poderes públicos y privados de la ciudad se alían para sacar adelante sus propios intereses, hasta qué punto son capaces de esconder la verdad para conseguir sus objetivos, hasta qué punto, si la verdad es algo que se puede moldear de arriba abajo, tiene sentido la democracia. Un texto muy actual, un clásico. Una lectura o visionado obligatorio para estudiantes de Periodismo y para ciudadanos que se precien libres.

En esta versión de 2018, con dramaturgia y dirección de Àlex Rigola e interpretada por Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes, se trasladaba el conflicto de Ibsen a la actualidad. El público, al entrar al teatro y salir del mundo cotidiano, al inicio de la función, tenía que votar si seguir o no con la función; el patio de butacas, a través de una serie de votaciones podía escoger parar la representación e irse a sus casas, volver a la realidad. A través de una serie de preguntas trampa, se evidenciaba lo fácil que era la manipulación del colectivo, del pueblo, lo fácil que era guiar la voluntad en las decisiones democráticas. El dilema que planteaban los actores, desde el escenario, dialécticamente con el público, en el patio de butacas del Pavón, era el siguiente: una compañía de teatro ha de decidir si callar o no su crítica desde sus creaciones si quiere seguir recibiendo subvenciones. ¿Qué precio tiene nuestra ética? Eso sí, si el público decidía apostar por la libertad frente a la imposición, aquella función no se podría celebrar. La gente quería teatro, ya había pagado la entrada.

El pasado lunes, un día triste para el mundo del teatro, los directores del Pavón Kamikaze, el propio Elejalde, Miguel Del Arco, Aitor Tejada y Jordi Buxò, anunciaban que se cierra el proyecto al finalizar el próximo mes de enero. A partir de ahí, el calendario de programación, vacío, como un precipicio. “Hemos apostado por un teatro para la nueva dramaturgia, algo que en Madrid no había, pero siempre hemos dicho que para que el proyecto fuera sostenible necesitábamos cubrir un 33 % de los gastos con la taquilla, un 33 % con la aportación de las administraciones y un 33 % de empresas, pero no hay Ley de Mecenazgo que lo haga posible y las administraciones nos han dado lo justo para callarnos la boca”, explicaba Del Arco a El Cultural. Una premonición, la versión de Rigola de Ibsen, dos años y unas semanas después de estar en cartel.

Durante estos cinco años, el Pavón se ha convertido en un referente para la escena y dramaturgia actual. Se ha convertido en un lustro en una parte de la historia teatral española contemporánea. Así, en 2017, era reconocida su labor recibiendo el Premio Nacional de Teatro. Los “kamikazes”, primero como compañía teatral y luego asentándose en este espacio situado junto a la Plaza de Cascorro, han sido algunos de los responsables del hervidero teatral en que se convirtió Madrid la década pasada. Unos años en los que el off madrileño generaba tantas buenas creaciones que, habitualmente, era comparado con el Off Broadway o con Buenos Aires. La pandemia, como guinda del pastel, y la falta de creatividad por parte de las administraciones públicas hace que esta experiencia vaya quedando en un recuerdo cada vez más lejano.

La pérdida del Kamikaze supone, también, la pérdida de un espejo. La apuesta por la dramaturgia contemporánea de este teatro le había convertido en un espejo en el cual las nuevas generaciones teatreras se querían mirar. Un buffet libre de ideas, un referente, un sueño, siempre, poder estrenar en el escenario de la calle Embajadores. El buen teatro crea buenos teatreros y teatreras, y así estaba Madrid. Ya no está, se fue el Pavón Kamikaze. El teatro, al fin y al cabo, es eso: inmediatez.

Los profesionales del directo, de los espectáculos, los conciertos, los teatros llevan saliendo a la calle desde hace meses organizados en la iniciativa Alerta Roja. La pandemia de covid-19 ha golpeado duramente a este sector, a pesar del buen hacer de sus gentes que han convertido estos espacios en espacios seguros frente al coronavirus. La cultura es segura. Sin cultura no hay futuro.

Se ha dicho mucho que la pandemia supone un antes y un después civilizatorio, un incendio que nos hace comprendernos como débiles y sutiles, la humanidad. La crisis sanitaria pasará, gracias a la ciencia. Sin embargo, la crisis económica y social tiene visos de convertirse en un nuevo giro que empobrezca a las mayorías y enriquezca a las minorías. O inventamos, o imaginamos, o reímos y lloramos, o apostamos por la catarsis, o nos esclavizamos. Que no nos quiten las ganas de soñar, que no nos cierren los teatros. Ya lo planteaba Ibsen: los poderes públicos y privados de la ciudad se alían para defender sus intereses, manipulan la verdad y a la ciudadanía. Por una ciudadanía crítica, que no nos quiten las ganas de soñar, que no nos cierren los teatros.

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