El ecofascismo que viene

  • "El término ecofascismo también es adecuado si tenemos en cuenta que esa extracción de recursos, en muchas ocasiones, se hace de manera violenta"
  • "A pesar de los muchos avances que han hecho algunos países del ámbito de la socialdemocracia, esta no es ni podrá ser quien haga frente al ecofascismo"
  • "Frente a un ecofascismo que expolia los territorios, pero también la fuerza de trabajo de las mujeres, hemos de defender un modelo ecofeminista y decrecentista"

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“La crisis ecológica es tan seria que es urgente no hacer nada al respecto”

Michael Löwy parodiando las conclusiones de las grandes cumbres del clima.

Hace ya tiempo que se viene alertando de que el decrecimiento no es una opción que podamos elegir. El acaparamiento de tierras, la entrada del agua en el mercado de futuros, los picos de los combustibles fósiles y la búsqueda a la carrera de nuevos yacimientos de minerales, los crecientes desplazados ambientales, nos hablan de que ya es una realidad el decrecimiento.

Sabemos, y especialmente lo sabe el capital, que hemos de decrecer en términos globales el consumo de recursos naturales. Pretender que se haga de igual manera entre quienes nos han traído hasta esta situación, enriqueciéndose de camino, y quienes estamos pagando las consecuencias de un sistema devorador de recursos y personas, es increíblemente perverso.

Porque no todas somos igualmente responsables. Y nos encontramos ante dos posibilidades. Una, la que ya conoce y propone el sistema capitalista, que básicamente se trata de decrecer a través del mercado y sus representantes públicos más o menos violentos, llegando a un escenario ecofascista en el que unos pocos acumularán todos los recursos y la inmensa mayoría se quebrará en una sociedad con falta de agua, en permanente inseguridad alimentaria y sufriendo enfermedades y tragedias asociadas al cambio climático.

Pero, ¿a qué nos referimos con ecofascismo?

Hasta hace relativamente poco, se ha utilizado este término para denigrar al ecologismo por parte de medios de derecha, alertando frente a posiciones que plantean que los recursos del planeta son finitos y que es imposible seguir dejando en manos del mercado su regulación. No gastaremos ni media gota de tinta en ello.

La acepción a la que nos referimos, y que nos preocupa, es aquella con la describimos un escenario de futuro cada vez más cercano, en el que, a través de sistemas políticos y poderes económicos, cada vez menos personas tengan acceso a los recursos materiales necesarios para sostener una vida digna. ¿Cómo? Extrayéndolos de otros lugares, arrebatándolos a las personas más vulnerables.

No desvelamos nada nuevo si decimos que estamos en un momento de enorme deterioro ecológico. Recientemente, la pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto la fragilidad de nuestra sociedad que entra en crisis sanitaria a consecuencia del ataque a la biodiversidad y los ecosistemas. El modelo de producción capitalista, depredador de territorios, nos pone en riesgo sanitario acabando con las barreras naturales que representa la biodiversidad.

Pero no es el único problema al que nos enfrentamos de manera urgente: la disminución de los recursos hídricos, el agotamiento de las tierras fértiles, la crisis energética o la pérdida de biodiversidad cultivada que permite adaptarse a las condiciones cambiantes del clima o las plagas venideras, son algunos de los retos que tenemos ahora mismo sobre la mesa.

El ecofascismo basa su acción en convencernos, por una parte, de que no existe ninguna crisis ecológica, ninguna emergencia climática. Y, por otra, de que hay que adoptar medidas en el ámbito del mercado para garantizar que, aquellos que puedan pagarlo, sigan pudiendo acceder a los recursos necesarios. Se ayudan, eso también, de un ideario profundamente racista: no hay recursos para todos, y tenemos que protegernos para que no nos los arrebaten.

Cínico, realmente, teniendo en cuenta que España importa el 80% de la energía y el 75% de los minerales, fundamentalmente de América Latina y África, y que los alimentos consumidos requieren el doble del territorio nacional. Somos parte de eso que se ha venido en llamar capitalismo caníbal.

Y ojo, que esta realidad no es incompatible con un descenso del acceso a los recursos por parte de las capas más vulnerables de nuestra sociedad: pobreza energética, falta de alimentos sanos y sostenibles, falta de acceso al agua…existencias abocadas a vivir en los bordes del sistema aquí y ahora, también.

El término ecofascismo también es adecuado si tenemos en cuenta que esa extracción de recursos, en muchas ocasiones, se hace de manera violenta: desalojos de campesinos para quedarse con tierras de interés minero, hídrico o para acceder a tierras de interés ganadero. Siempre con el apoyo de gobiernos que dejan en la cuneta a su propia población por intereses económicos. O, en casos aún más extremos, fomentando guerras en distintos puntos del planeta para hacerse con los recursos necesarios (petróleo, agua, etc)

La cuestión ahora es construir una alternativa que haga frente a esta realidad. En mi opinión, y a pesar de los muchos avances que han hecho algunos países del ámbito de la socialdemocracia, esta no es ni podrá ser quien haga frente al ecofascismo emergente.

¿Por qué falla la socialdemocracia?

Hay una fantástica metáfora acerca de la mano izquierda del Estado, acuñada por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en la que explica que la mano derecha del Estado, generalmente representada en el Ministerio de Economía, pero también nos vale en este caso Industria, v.g., es la mano fuerte, poderosa, la que tiene los recursos y diseña el país y la vida. Bourdieu habla de que las áreas sociales de los gobiernos son su mano izquierda: insuficientes, sin poder real, intentando tapar los agujeros sociales que abre la mano derecha.

Las políticas ambientales están también en esa mano izquierda, y no consiguen cambiar las políticas económicas e industriales: La educación ambiental, las campañas de reciclaje o la elección de consumir productos ecológicos, por sí mismas, sirven de muy poco si no enfrentamos un cambio integral del modelo de producción, distribución y consumo.

Hacer frente a la emergencia climática no es sólo hacer la transición a las energías renovables. Si sabemos que es imposible hacer una transición a un sistema energético basado al 100% en energía renovables a escala planetaria porque las reservas minerales no lo permitirían, ¿qué podemos hacer? Habrá que priorizar el uso de materiales, definir qué es indispensable para una vida digna y qué no lo es, redefinir el modelo de consumo y adecuar la producción a objetivos sociales y ambientales que permitan garantizar esa vida digna a todas y en todo momento.

Hacer frente al descenso de recursos hídricos implica mucho más que sistemas de eficiencia en el uso del agua, o mejora en los sistemas de regadío. Implica una intervención decidida en el uso del agua en la agricultura, en garantizar el mantenimiento de los acuíferos y en planificar una producción alimentaria adecua a la vocación del terreno. En Andalucía, por ejemplo, solo el 7-8% de la producción se corresponde con la vocación propia (principalmente, secano). Se busca incrementar la producción en una carrera loca, mientras el desperdicio alimentario no cesa de aumentar y muchas familias no acceden a alimentos frescos con la frecuencia necesaria para tener una alimentación nutricionalmente adecuada.

No estamos ante un problema de solución tecnológica ni económica (en el marco del libre mercado). El capitalismo verde no resolverá con vocación internacionalista ni de futuro el colapso ambiental al que estamos asomados porque mantiene en su esencia un crecimiento económico que no es posible en un planeta de recursos limitados y con unos límites biofísicos ampliamente sobrepasados.

Estamos ante la necesidad acuciante de poner un pie un sistema político y económico basado en la redistribución de la riqueza y en la planificación democrática de la economía. Volvemos a los clásicos, sí, pero incorporando cuestiones que den respuesta a la situación en la que nos encontramos hoy.

Frente a un ecofascismo que expolia los territorios, pero también la fuerza de trabajo de las mujeres, externalizando tanto los costes ambientales como los cuidados, hemos de defender un modelo ecofeminista y decrecentista:

  • Socialización de los medios de producción y gestión comunal de los recursos naturales, para acabar con una distribución de los servicios basada en quien tiene capacidad económica para acceder a ellos y quién no.
  • Socialización de la toma de decisiones y del poder, para acabar con el desequilibrio existente entre quienes tienen los derechos, asociado a un status económico y social, y quién no. Aquí es donde entra en acción de manera clara la necesidad de una alternativa ecofeminista que lucha por acabar con todas las desigualdades y opresiones producto de una sociedad patriarcal que mantiene a las mujeres expulsadas de la toma de decisiones. Y también aquellas que se sustentan en los territorios: las brechas rural-urbano, países ricos-países empobrecidos y, en general, la tensión entre centro y periferia. Con las mujeres, en todos los casos, como personas más vulneradas.

Sin embargo, y teniendo tan claras algunas de las cuestiones, no hemos podido resolver el qué hacer ahora mismo, cómo conseguir que estas medidas que sabemos necesarias para tener un futuro posible en este contexto de colapso sean entendidas, reclamadas e impulsadas por la sociedad en su conjunto.

Corremos el riesgo de caer en la melancolía de la frustración tomando un camino de todo o nada: si las políticas de capitalismo verde no son suficientes frente al ecofascismo que viene y no parece que tengamos cerca la revolución ecofeminista que necesitamos, ¿cuál es el camino? ¿qué nos llevará más cerca del objetivo deseado? ¿cómo podemos visibilizar las alternativas e impulsar una conciencia mayor de que la crisis ecológica es, en esencia, el reto más grande que tenemos frente a nosotros y que, sin resolverla, no habrá posibilidad de dar solución al resto de crisis: ¿económica, energética, alimentaria, etc?

Aquí tenemos por delante una de las luchas recurrentes en el ámbito de la izquierda: la pugna por la hegemonía cultural.

No creo que las políticas que fían todo a la iniciativa individual sean demasiado útiles. Volcar toda la responsabilidad de la lucha ambiental en las personas consumidoras es una manera exquisita que tienen las grandes empresas y los gobiernos afines a ellas para no asumir su propia responsabilidad impulsando los cambios legislativos necesarios y, por tanto, también los cambios en los sistemas productivos y de consumo necesarios para reducir el impacto ecológico. Pero tampoco lograremos plantar cara al ecofascismo que viene sin poner en pie una sociedad que piensa distinto y consume distinto para que todas, las que están aquí y allí, ahora y mañana, puedan tener acceso a una vida digna con las necesidades cubiertas.

Y para este reto global que tenemos frente a nosotras, será indispensable la unidad de quienes pensamos que es posible construir otra sociedad: la construcción de una hegemonía cultural, en el sentido más gramsciano del término, será imposible sin el concurso y la alianza entre los sectores productivos, el sindicalismo de clase, el feminismo y el movimiento ecologista.

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1 Comment
  1. c says

    saja sindicato d ricos terratenienets especuladores grandes empresas contra todo lo qe a ellos no les convenga, opinan d todo cn demagogia y ni estuvieron en la mani rural de 2019

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