El centro más rentable

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Julián Sauquillo

No salió que, al fin, los votos de todos los electores sean iguales (así lo señala cuartopoder, edición del jueves, 18 de marzo de 2010). Nos tendremos que conformar con “¡cada hombre (y mujer), un voto!” pero de desigual valor según voten a los partidos mayoritarios o a Izquierda Unida. Quienes voten a este último partido, tal como quedan las cosas, tienen que encontrar a casi seis partidarios electorales más de su opción que el votante de los partidos mayoritarios para ver materializado su deseo de estar representado por su elección política. La pérdida de esta oportunidad para acercar el sistema electoral español a una proporcionalidad real es dañosa para el sistema democrático. Que el PSOE y el PP blinden el bipartidismo tiene una meta política, evidentemente, muy clara: asegurarse el centro político a toda costa. Pero a tal rentabilidad partidista puede hacérsele algunas objeciones. Fundamentalmente, subraya un dudoso control del mercado electoral y vuelca el resultado agónicamente al centro político.

A nadie se le escapa que vivimos políticamente en un modelo competitivo de partidos, desde que Schumpeter decidió etiquetar así la situación real de los partidos en los años cuarenta del pasado siglo (Joseph Schumpeter, Capitalismo, socialismo, democracia (1942)). Si nuestro sistema de partidos se configura a comienzos del siglo pasado como sistema plural de partidos –ya no como dos partidos, uno liberal y otro conservador–, pueden abstenerse los más miopes en su visión de la democracia. La política democrática siempre tuvo que ver con el mercado electoral. Los partidos ofrecen sus ofertas electorales, los electores las demandan y consumen más o menos, y gana quien ha incrementado más su alternativa electoral. Max Weber en el año 1917, definía ya la política como lucha para captar seguidores y aliados políticos. Y su descarnada afirmación no carecía de convicciones políticas. Realismo e idealismo no tienen por qué estar reñidos. Que esto haya sido así, más o menos siempre, no tiene importancia si los competidores que respeten los valores constitucionales juegan en pie de igualdad. Pero el valor desigual de los votos –algún economista hablaría de “oligopolio” político y me parece todavía más crudo- consagra un poco la desmotivación del votante de voto disminuido. Se larga a votar con el “voto útil”. Cuando no, se abstiene. Y la oferta de Izquierda Unida tiene que cerrar. Algo que es muy poco alentador del pluralismo político.

Además, un analista tan reputado como el politólogo Crawford Macpherson, señaló cómo el mercado electoral funciona de forma semejante al de la venta de helados en la playa. Ayer dos vendedores aparecieron por sus extremos y se detuvieron en los riscos que la limitan, cerca de las favelas de sus pobres barriadas, hasta que vieron hoy que alejarse más de su hábitat y aproximarse al centro les garantizaba controlar una y otra parte de la playa sin demasiado coste y muchas más ganancias. Sólo tenían que acordar no traspasar respectivamente el centro y ahuyentar a los vendedores. Bastaba hablar, como todo comerciante, de lo mal que van las ventas. Desde que el sistema político democrático se ha fundamentado en copar electoralmente el centro, las consecuencias, por lo menos, han sido dos. La primera, más positiva, es que se favoreció la estabilidad política sin demasiados conflictos abiertos. La playa no se volvió un gallinero. La segunda, más dudosa, es que los debates evitaron posiciones políticas más extremas, menos centradas, y dentro del respeto a los valores del juego político, que enriquecieran el debate. La discusión política pudo volverse así más rutinaria y perder algo de interés.

A los ciudadanos, que solemos quererlo todo, nos podrían objetar que más vale la calma política que el ardor guerrero. Así que renuncien a un arco político excesivamente amplio. No en vano, nuestro sistema político, lleno de plazos, repartos competenciales, procedimientos, lecturas y relecturas legislativas, busca enfriar los ánimos y llevar la racionalidad deseable al sistema político democrático. Podríamos convenir los ciudadanos que, así las cosas, valdría la pena renunciar a la animación para lograr raciocinio, que “no está la cosa para muchas alegrías”. Podríamos sacrificar los mayores alardes y alharacas. Pero lo peor de todo es que ni con bipartidismo conseguimos, actualmente en España, la calma necesaria y deseable para conseguir los acuerdos políticos. La deseable discusión abierta en el parlamento tiene que evitar las excesivas convulsiones. Pero lo más lamentable es que hemos rebasado ampliamente las convulsiones y nos encontramos en un cierto rifirrafe parlamentario. Si hubo acuerdo entre PSOE y PP para blindar el bipartidismo –lo desconozco– no consiguió, desde luego, aplacar el vocerío.

Así lo perdemos todo y nada ganamos. La falta de calma no deja de aturdir al electorado que eligió a sus representantes. Sin que el panorama sea muy alentador para la ciudadanía. Y, así las cosas, más vale repartir las voces en una mayor polifonía política, no vaya a ser que el coro, como dicen los ingleses, sólo hable para la sillería o, estrictamente, para el organista. 


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3 Comments
  1. Reality says

    Me ha encantado la imagen de los dos vendedores de helado y la conversación-tipo de los comerciantes acerca de cómo van las ventas. Y ahora lo que quería decir: la ley electoral de este país es una vergüenza y no me extraña el desencanto de la gente con la política.

  2. SO says

    Por el día ando siempre despistado
    por la noche en sus brazos se me olvida
    por el día voy ciego de lado a lado
    por la noche casi todas de movida
    por el día hoy me siento acorralado
    por la noche en sus brazos se me olvida
    por el día perdona haberte asustado
    por la noche todas todas de movida.
    Y su calor es como el sol
    en una cama fría en una noche de un invierno
    y su calor es como el sol
    me levanto a mediodía hace ya noches que no duermo…
    Extremoduro y Fito en directo- Sol de invierno

    http://www.youtube.com/watch?v=G0HtsqlsHgM

  3. VRedgrave says

    Debería reclamarse, con mayor insistencia, un cambio real del sistema electoral por parte de la ciudadanía. No solo nos «atrapan» en un modelo bipartidista evidentemente injusto, si no que sostienen un debate cada vez mas empobrecido, infantil y simplista.

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