Por la Federación Ibérica

Fernando Álvarez-Uría *

Recordando a Saramago

Hace tan sólo unos pocos días ha muerto en Lanzarote, a los 87 años de edad, el escritor portugués, y Premio Nobel de Literatura, José Saramago. Durante mucho tiempo Saramago militó en el Partido Comunista Portugués, pero, tras la revolución de los claveles, cuestionó la organización autoritaria de los partidos comunistas, anclada en el llamado centralismo democrático, para adoptar una trayectoria de pensamiento cada vez más antiautoritaria y libertaria. Una de las expresiones más clara de su aproximación  al anarquismo fue su defensa apasionada de la confederación ibérica, es decir, la propuesta de avanzar hacia la unión política entre España y Portugal para reforzar sus mutuos vínculos ultramarinos con los pueblos de América. La apuesta de Saramago, a pesar de haber sido recibida por los medios de comunicación con escepticismo, como si se tratase de una provocación, cuenta, según las encuestas elaboradas por el equipo de sociólogos de la Universidad de Salamanca dirigido por el profesor Mariano Fernández Enguita, con numerosos partidarios, tanto portugueses como españoles. En el momento actual, cuando flamencos, catalanes, bretones, corsos, escoceses, vascos, o defensores de la Padania, inventan la tradición,  cuando se prodigan bailes de disfraces a costa de desempolvar del baúl de los abuelos piezas testigo para el diseño de nuevos trajes regionales, cuando grupos gregarios de hooligans enarbolan con pasión banderas independentistas, cuando partidos nacionalistas de las regiones ricas reclaman en una demarcación territorial un régimen de excepcionalidad fiscal para no compartir su riqueza con los vecinos más pobres, la propuesta del escritor Saramago señala para la izquierda internacionalista un cambio de rumbo, un camino progresista a seguir para alcanzar la cada vez más necesaria unidad política europea.

La caída del muro de Berlín supuso el derrumbe del tablero de la geopolítica mundial pactado en la Conferencia de Yalta, en febrero de 1945, de modo que el orden instituido tras la Segunda Guerra Mundial se quebró de forma irreversible. Stalin, Churchill, y el Presidente de los USA, Franklin Delano Roosevelt, el político que llevó adelante las políticas del New Deal en respuesta a la Gran Depresión, optaron entonces por hacer prevalecer los intereses nacionales de las grandes  potencias vencedoras en la Gran Guerra sobre los intereses del mundo en su conjunto. El resultado de esa primacía de los intereses nacionales sobre los intereses colectivos es que sufrimos en la actualidad  un enorme desnivel entre los mercados financieros globalizados y unas políticas de campanario en las que siguen primando los Estados nacionales y los intereses locales, de modo que la política de bloques nos incapacitó para hacer frente a la volatilidad de los mercados financieros repletos de productos tóxicos. En la era de la globalización de los mercados propia del capitalismo postindustrial el mundo aún no dispone de Organismos Internacionales sólidos capaces de vertebrar un nuevo Orden internacional basado en la justicia, la solidaridad, la democracia social y política.

José Saramago planteó, hace ya algunos años, la cuestión de la deseable confederación de España y Portugal en una única nación. Con su propuesta asumía la vieja reivindicación formulada en términos internacionalistas por anarquistas portugueses y españoles en favor de la federación ibérica. Se trata de una propuesta idealista, progresista, que choca con las guerras identitarias a las que tan acostumbrados nos tienen los patriotas de todo tipo, incluidos los patriotas españoles, portugueses, franceses e italianos que se oponen a la formación de una Europa social y política unida.

Los anarquistas consideraron siempre los fundamentalismos nacionalistas, que ahora florecen de nuevo alimentados por el humus de las políticas neoliberales, como una herencia retrógrada del pasado, un residuo religioso de viejos feudos y condados medievales administrados con mano férrea por caciques, monarcas absolutos, y grandes señores para su exclusivo beneficio y por tanto en perjuicio de los de abajo, que son mayoría. Las fronteras y las banderas son demarcaciones de propiedad, signos de separación y de pertenencia, ámbitos militarizados que reenvían a la propiedad privada, a la fuerza y a la violencia. Frente a la diferenciación y jerarquización de las viejas naciones en pugna el cambio no pasa por desmigajar los Estados en miniestados que nieguen el principio de la naturaleza común de todos los seres humanos. En oposición a los nacionalismos el pensamiento libertario promovió el esperanto como lengua común más allá de los Estados, y proyectó la utopía de un mundo sin fronteras y sin pastores que apacienten rebaños, un mundo, en fin, de ciudadanos libres.

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En 1927 los federalistas ibéricos editaron el periódico Tierra y libertad para defender una nueva concepción de la democracia social y medioambiental basada en el trabajo comunitario realizado en cooperación, y en las decisiones consensuadas en las reuniones y asambleas. Los sueños libertarios, convertidos en ocasiones en pesadillas a causa del recurso a la violencia, (presuntamente revolucionaria y partera de la historia), contaminados también por una errónea minusvaloración de la democracia representativa y del Estado social, no se han cumplido, tan solo se experimentaron localmente, por ejemplo en las colectivizaciones que tuvieron lugar en el Alto Aragón durante la guerra civil española, pero, cuando el viejo orden se deshace el federalismo libertario señala un camino a seguir pues, como defendió Bertrand Russell, el anarquismo no es sino el ideal último al que debería aproximarse la sociedad. La idea por tanto de recuperar las viejas aspiraciones a la creación de una federación ibérica no debería ser confundida con una serpiente de verano instrumentalizada por los periódicos durante los tórridos calores estivales: la historia camina en esa dirección.

Albert Camus, también militante libertario, hijo de madre menorquina, y Premio Nobel de literatura, defendió, en su Carta a un amigo alemán, que España, Francia e Italia son una nación. Olvidó incluir a Portugal en la lista, olvidó, en su sueño de una Europa política, a la vez socialista y democrática, contar con un pequeño gran país que constituye en Europa la mejor expresión de la cortesía y de los valores que nos legaron las  viejas civilizaciones grecolatinas. La humanidad es una. El mundo es una república de ciudadanos libres, pues los seres humanos, por naturaleza, nacen, libres e iguales, y no sometidos a servidumbre.

En los últimos tiempos algunos periódicos señalaban que ya está en marcha el estrechamiento de los vínculos entre Galicia y el Norte de Portugal, y que la unión va a ser impulsada por la Agrupación Europea de Cooperación Territorial (AETC), un organismo que ha promovido hasta ahora la agrupación Francia-Bélgica con sede en Lille, y la formada por Hungría y Eslovaquia. Vigo será la capital de una euro-región de gran importancia demográfica y económica pues agrupa a cerca de seis millones y medio de habitantes. Nada impide por tanto que pronto Extremadura, Zamora y Salamanca constituyan también una euro-región con el Alentejo portugués. De hecho frente a los viejos tribalismos caciquiles bendecidos por las iglesias locales, (de Loyola a Montserrat pasando por Santiago de Compostela y el Pilar de Zaragoza, – sin olvidar, claro está, Covadonga-) se empiezan a imponer en Europa políticas abiertas a la cooperación comercial y cultural. Un ejemplo en este sentido fue la Declaración de Santiago de Compostela, firmada por los consejeros agrícolas de los gobiernos de Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco, que vincula la estabilidad y el desarrollo del mundo rural al predominio de criterios medioambientales y socio-culturales sobre los intereses meramente mercantiles. Ante la próxima reforma de la Política Agrícola Común (PAC) de la Unión Europea, que pretende fijar la población del mundo rural, los gobiernos autónomos de la cornisa cantábrica, elegidos entre otros por pequeños propietarios campesinos, con viejos saberes y tradiciones que conforman la vieja cultura rural, una cultura que desborda los límites administrativos fijados por las Comunidades Autónomas, deberían ir más allá de las declaraciones de principios para aunar esfuerzos que den salida a productos agrícolas de calidad, y propicien experiencias cooperativas de agroecología.

El derrumbamiento del llamado socialismo real proporcionó a la nueva Alemania unida una hegemonía económica en el Norte y el Este de Europa, en los países satélites de la antigua Unión Soviética, y sin embargo son los partidos verdes alemanes, es decir, los más próximos a la tradición libertaria, quienes se muestran más partidarios de avanzar con decisión hacia una Europa federal, dotada de poderes legislativos, ejecutivos y judiciales. En el otro polo Francia, tantas veces anclada en el centralismo y en la grandeur, encabeza la propuesta de una más estrecha Unión Mediterránea, una perspectiva que proporciona a Barcelona una nueva posición estratégica en la nueva euro-región de la Europa del Sur.

Tanto el fundamentalismo neoliberal como los nacionalismos excluyentes han funcionado durante estos últimos treinta años como una pareja dialéctica para reforzarse entre si. La nueva crisis del petróleo, la proliferación de los llamados conflictos regionales, los escándalos de corrupción y de dinero fácil, los cataclismos ecológicos provocados por un capitalismo depredador, el reciente crash de las grandes bolsas, señalan con fuerza la necesidad de cambiar el escenario internacional para sustituir la competición y los proyectos de secesión por la cooperación y la planificación común en interés de todos los pueblos. En este nuevo marco cosmopolita, en este cambio de rumbo, que apenas se está comenzando a esbozar, hacia la Europa social y un mundo solidario, es preciso apelar una vez más al internacionalismo frente a los que en nombre de la cultura se apropian en exclusiva de bienes comunes de civilización. La federación ibérica, un proyecto respetuoso con la diversidad cultural, una vieja aspiración considerada a la vez posible y deseable por millones de ciudadanos portugueses y españoles, podría ser un valiente paso adelante. Ahora solo falta un decidido compromiso de los ciudadanos para que el sueño con el que un día soñó, y nos hizo soñar, el valiente y generoso escritor José Saramago comience a convertirse en realidad.

(*) Fernando Álvarez-Uría es catedrático de sociología en la Universidad Complutense y coautor con Julia Varela de Sociología, capitalismo y democracia, y Sociología de las instituciones, ambas obras publicadas en la Editorial Morata.