María y yo: La poética del autismo

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Julián Sauquillo

Dos de los lugares legendarios del teatro independiente que proliferó en los setenta del pasado siglo en Madrid son la Sala Cadalso y el Pequeño Teatro Magallanes. Los dos situados en las calles que les dieron nombre. Son dos lugares localizados en mi mapa sentimental de lugares desaparecidos. Pronto no podré pasar por lugar alguno donde no haya acabado algo o alguien que me acompañó en el pasado. Ambos ya no están presentes en la cartografía madrileña como lugares de encuentro del teatro más sugestivo. El grupo catalán T.E.I (Teatro Estable Independiente) era habitual de la calle Magallanes con sus representaciones de Bertold Brecht sobre el envilecimiento general de la sociedad alemana por el nacionalsocialismo. Los hijos de las juventudes hitlerianas denunciaban nada menos que a sus padres por no colaborar con el nazismo. La Sala Cadalso contaba, por otro lado,  con ácidas representaciones del grupo Tábano. Hoy nos falta a todos aquel aguijón de la sociedad. Sin embargo, en la calle Magallanes todavía resuena la interpretación del actor. Si la buena formación para interpretar cine es la del actor entre bambalinas, esta teatral calle dejó paso a una pequeña y selecta sala de cine. Esta sala, algo escondida en un pasillo callejero (Magallanes, 1), espera numantinamente a la gente de buen gusto. Quizás porque lo bueno no es evidente y ha de ser buscado. Allí el cine de calidad abunda. Y Maria y yo (2010) de Félix Fernández de Castro, documental sobre un cómic de Miguel Gallardo -Premio Nacional de Cómic de Cataluña 2008- acerca de la experiencia de este último con su hija autista, es una excelente muestra.  No deben perdérsela.

El cómic del singular padre de esta joven autista de catorce años ya expresa los hallazgos emocionales de la película (María Gallardo y Miguel Gallardo, María y yo, Astiberri Ediciones, Bilbao, 2007 (4ª ed. 2010)).  La posición de partida no es fácil: una relación paterno-filial basada en esta discapacidad podía acabar en un drama en vez de en un poema festivo. Pero en esta relación no hay ni sensiblería ni tristeza en la convivencia con una hija muy querida que no va ser nunca normal. Más bien hay goce de la convivencia con esta chica que publica en su camiseta “I´am unique just like everyone else”, recavando la misma singularidad que todo el mundo. Si acaso, queda un fuerte cabreo ante las miradas curiosas de los incomprensivos escrutadores de “rarezas” que no se miran a sí mismos, los casos más llamativos.

El padre explica cómo la impaciencia de su hija en ver retratados a todo conocido o amigo, su propia sociabilidad dispuesta a formar una galería de retratos en su memoria, hizo que un dibujo cargado de detalles se volviera necesariamente rápido como un apunte. Había que dibujar al ritmo de los deseos de María. La inspiración vino de la alegría de un nacimiento que todavía no se había descubierto amurallado. También, de la habilidad de María para hacer listas de lejanos conocidos tan largas y variadas como los espaguetis que se come. María es una campeona de recordar los nombres de antiguos amigos y conocidos. Vence al más memorioso y su padre ve “oro” en la alegría de la hija en pillar los renuncios del más pintado. Le da tranquilidad que su padre Miguel se los pinte en unos preciosos cuadernos porque puede repasarlos. Le da seguridad tener pintado a este selecto “casting”. Miguel también pinta para ordenar la experiencia de María con pictogramas que ordenen las tareas diarias: todas las de ir al lavabo, también las de vestirse, jugar o ducharse,… porque María se orienta mejor con imágenes.

Los autistas no pueden soportar los cambios o un mundo desplegado y abierto. No tienen filtros para seleccionar la información venida de sus sentidos (lo oyen todo desde  diferentes niveles de la calle) y tanto agolpamiento de informaciones sin criba les conduce a apartarse y replegarse. A María le gusta pasear siempre por los mismos lugares, comer con delectación de su plato y del de su padre,… Le encanta comer, nadar y filtrar la arena de la playa entre sus manos durante horas. Antes de ver María y yo, el director Takeshi Kitano había logrado las imágenes de playa que más me emocionaron –ni Godard lo hace mejor-. Sobre todo la de Sonatine (1994) del director japonés, aunque no sólo. Pero tras descubrir esta película española, las dos escenas acuosas rodadas por Félix Fernández de Castro me han conquistado aún más. Una del padre buceando con María a sus espaldas como si navegara sobre una “tortuga de la Polinesia”, mientras suena una alegre canción catalana. Otra de María aislada en la playa concentrada en la arena fina que repasa entre sus dedos, mientras su padre la mira de lejos y sueña que su hija puede ver la formulación orgánica de sus elementos naturales.  Lo invisible para nosotros.

El mapa de María va de su padre en Barcelona a su abuelo Pepe y su madre May en Canarias. Quiere que su padre le dé mordisquitos cuando le llama desde  Barna y le da pellizcos a Miguel cuando llegan al “resort” canario después de un incómodo trayecto aéreo en asientos no adaptados. Un viaje en avión puede dejar su plaza y la de su padre como el rastro más alegre y amplio de los papelitos que ha roto para descomponer su particular puzzle imposible (todos llevamos un puzzle dentro de nuestra vida como señala Fernando León de Aranoa en Amador (2010)). Habrá que barrerlos y será un auténtico desquicie para un sobrecargo o una azafata cartesianos. A María, su familia le ayuda a componer su particular puzzle con generosidad admirable. Y esta película es mucho más emocionante que la fantasiosa Origen (2010). Llega a plantearnos algo imprescindible. Que todos viajamos a Canarias o a Yoknapatawpha con la misma vulnerabilidad que María. También, que recorremos nuestro pedregoso camino con el mismo deseo que María y Miguel de ser queridos en la adversidad.

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