Los artistas lo celebran con cautela

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Alfredo Grimaldos *

Los payos de la Unesco acaban de declarar el flamenco Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Una noticia que, en principio hay que celebrar, aunque habrá que esperar algún tiempo para ver de qué forma este reconocimiento oficial se traduce en un apoyo real a los artistas que mantienen vivas la mejores esencias del cante, el toque y el baile. De momento, los políticos de la Junta de Andalucía han jaleado el asunto con bastantes más alharacas que los propios profesionales del arte jondo.

“El flamenco es un arte muy especial, que merece apoyo y protección. Me parece bien que, de forma oficial, se le considere como algo grandioso”, señala la cantaora Carmen Linares, una de las figuras que había suscrito la campaña impulsada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía para que la Unesco incluyera el flamenco en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Y añade: “Es un arte tan vivo, tan potente y con tanta riqueza musical que no necesitas explicárselo a la gente. No he ido a ningún país donde pase desapercibido. He visto al público vibrar con el flamenco en Noruega o Finlandia”.

Efectivamente, la Unesco no ha hecho más que reconocer una evidencia: que el flamenco es la manifestación musical con mayor personalidad de la cultura española y un arte que triunfa en los principales escenarios del mundo desde hace muchos años. Sus peculiares claves internas y la fuerza comunicativa que le caracteriza han conseguido atrapar, a lo largo de los dos últimos siglos, a numerosos artistas nacidos lejos de la Península Ibérica. Pintores, fotógrafos, músicos y novelistas, además de todo tipo de viajeros y turistas, se han quedado irreversiblemente prendados de la magia propia del cante, el toque y el baile, tras conocer alguna de sus manifestaciones más genuinas.

El compositor ruso Mijail Glinka visitó Granada en 1847, y los duendes flamencos impregnaron para siempre su música. Más tarde, le ocurrió lo mismo a Debussy, y algo similar debió de suceder con el inquebrantable viajero e intuitivo escritor Richard Ford. Todos ellos encontraron en la queja de un cante por soleá, en el sonido del bordón durante una falseta de seguiriya o en el desplante de un bailaor con estampa torera, un embrujo del que ya nunca pudieron librarse.

Durante los años 30 y 40 del pasado siglo, la gran Carmen Amaya ya triunfaba rotundamente por todo el continente americano, acompañada por la guitarra del genial Sabicas, quien residió durante décadas en los EEUU, donde su enorme personalidad desataba pasiones. Después, Antonio Gades, Paco de Lucía y otras muchas figuras del cante, el toque y el baile han llevado triunfalmente el flamenco a todos los rincones del mundo. Precisamente ha sido Paco quien ha actuado, hace un par de meses, en el Teatro Real de Madrid, para impulsar la campaña Flamenco Soy, con la que se ha apoyado la candidatura del arte jondo.

El espaldarazo oficial cosechado ahora viene a culminar la larga tarea de muchos artistas para “dignificar” –en palabras de don Antonio Mairena- el flamenco y a los flamencos. Del duro trabajo en el campo y las noches en vela cantando para los señoritos en las ventas, los artistas pasaron primero a los tablaos y los grandes festivales veraniegos, y después alcanzaron los teatros. No cabe duda de que los profesionales del flamenco gozan ahora de mayor prestigio y consideración social que nunca, aunque en el camino se hayan perdido también muchas cosas.

El reconocimiento de la Unesco debe hacernos recordar que el flamenco es una música popular que se ha mantenido fiel a sus raíces para no perder la personalidad. Ante la turbulencia de la globalización y la desaforada búsqueda del pelotazo comercial inmediato, resulta fundamental mirar hacia atrás y tener siempre presentes a los grandes maestros. El flamenco es una carrera larga en la que se va interiorizando el conocimiento poco a poco. El éxito a los veinte años es más propio de otras músicas como el pop o el rock.

La crisis económica y la falta de liquidez de ayuntamientos y otros entes públicos ha hecho mucha mella en el patrocinio de los espectáculos de flamenco. Ahora, si el reconocimiento de la Unesco conlleva un incremento de las ayudas económicas a los profesionales de este arte, habrá que estar vigilantes para que el reparto de recursos sea equitativo y se realice según criterios racionales, sin amiguismos y clientelismos, de modo que no se excluya a nadie.

Por ejemplo, Eva La Yerbabuena, una de las grandes figuras del baile actuales, prefiere no lanzar desmedidamente las campanas al vuelo y aguardar a ver en qué se traduce el resultado de la catalogación de la Unesco: “Yo siempre pondré todo mi empeño en apoyar lo que sirva para que el flamenco se conserve y desarrolle. A ver si de una vez somos conscientes del valor real de este arte y nos creemos lo que tenemos. Pero soy más de hechos que de palabras. Las presentaciones, los grandes encuentros y las fotografías institucionales están muy bien, pero habrá que esperar un poco para comprobar lo que supone, de verdad, todo esto para el flamenco. Más importante que las grandes declaraciones es el apoyo real a este arte único”.

(*) Alfredo Grimaldos es periodista y escritor. Entre sus últimas obras destacan Historia social del flamenco (Península, 2010) y La Iglesia en España, 1977-2008 (Península, 2008).
1 Comment
  1. Jonatan says

    Lo que resulta raro es que UNESCO reconozca a estas alturas la valía cultural del flamenco. Las pesetas seguro que se las llevan los de siempre: los listillos que están en las administracones secundarias organizando saraos baratos de famosillos que se creen flamencos.

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