Carlos Santos o el suicidio al final de la vida

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Julián Sauquillo

Sería imperdonable confundir a Carles Santos con Carlos Santos. El primero estuvo en Madrid para ofrecer un concierto estrambótico –lleno de alegría surrealista– dentro del virtuosismo musical catalán, el pasado octubre (Piturrino fa de músic), con una compañía joven dirigida desde una madurez bien entrada en años. El segundo arribó solo un mes después, para morir acompañado de dos voluntarios de la asociación Derecho a Morir Dignamente en la misma ciudad. No tenía pariente alguno y llegó sin amigos. Una variación en una letra, “e” u “o”, basta para denominar dos vidas singulares. Las suyas, como las nuestras, sometidas al azar de la enfermedad y la muerte. El segundo estaba condenado al anonimato. Pero también tuvo sus horas de fama: decidió abrir un debate sobre la muerte voluntaria, cuando la enfermedad convierte a la vida en penuria indigna, y ser acompañado por Juan José Millás, una celebridad, todavía comprometida y con rabia.

Para todos, la frontera entre una vida con sentido (artístico y musical, por ejemplo) y sin él es muy tenue. Para dotar de un sentido consistente a la vida conviene sentirse inmortal. No cabrían proyectos artísticos si supiéramos que nos quedan meses o tan sólo días de vida. Hay que ignorar esta liviandad de la existencia. A Picasso le repugnaba que le hablaran de la muerte. Su presencia real le hubiera desactivado. Pero, aunque le demos la espalda, es la única reina absoluta. Tomada en serio, todas nuestras vidas se parecen a esa partida de ajedrez que La Parca echa con el personaje central de El séptimo sello de Ingmar Bergman. La muerte ya ha ganado la partida de antemano pero da un respiro a su contrario para que viva unas escenas más. Las necesarias para que haya película. Pero nunca sabemos si nuestra vida va a ser un largometraje, un corto o apenas un videoclip. Nadie es tan joven como para no morir un minuto después, ni tan viejo como para morir al día siguiente. En todo caso, muchos estamos en contra de que la vida se convierta en un maratón innecesario mediante el “encarnizamiento terapéutico”.

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En realidad, el problema más serio no es la muerte, para la que se han planteado todo tipo de consuelos, sino la enfermedad. Tenía razón Epicuro al decir que la muerte no es un problema pues, cuando ella está, nosotros no estamos y, cuando nosotros estamos, ella no está. Pero, ¿qué pasa cuando sufrimos una enfermedad prolongada? ¿Qué ocurre cuando, ya muy enfermos, nadie puede cuidarnos o los dolores son inaguantables? ¿Cómo calmar la ansiedad existencial ante un horizonte cercano de desaparición? La pregunta fundamental de la existencia es planteada en el El Gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene: “¿Cuándo me moriré?”, formula un joven en una feria. A lo que el sonámbulo Cesare le contesta “Esta noche, morirás”. Ante tal terror, no basta con envolverse en papel de plata para conservarse como hace el hipocondriaco Woody Allen (aunque los tratamientos quirúrgicos de belleza ya superan esta deliciosa ingenuidad judía). Tampoco la ciencia da solución alguna. Los biólogos moleculares dicen que mi generación de cincuentones se beneficiará de la popularización de los estudios del  genoma: nos dirán, exactamente, donde se produce nuestra mutación genética letal. Pero yo me pregunto, inquieto, si tantos avances me servirán para curarme o, simplemente, para que sepa, a ciencia cierta, en qué momento exacto me moriré.

Ante tales incertidumbres, Carlos Santos ha mostrado en compañía literaria de Millás, el absurdo de la vida: cómo la existencia se trunca sin solución en cierto momento. Ante la expectativa de dolores y, sobre todo, de pérdida de autonomía (no podía dominar ni los esfínteres por un quiste radicular entre las vertebras S2 y S3 y carecía de ayuda familiar), ha decidido libremente quitarse la vida. En cierto modo, ha ganado la batalla a la muerte. Muchos filósofos alemanes –Karl Jaspers, Walter Benjamin,…– viajaban con cianuro (a ser posible de calidad). Carlos Santos actuó con la serenidad y belleza de los filósofos antiguos y la desesperanza de los alemanes de entreguerras. Los pensadores, antes, se decían que tenemos un ámbito que dominamos –el cultivo intelectual, la amistad, la participación política, la familia,…–, y existe otro indisponible o incontrolable –la enfermedad, la muerte, el amor, la fortuna económica,  hasta cierto punto…–. Carlos Santos ha deseado controlar lo incontrolable y lo logró.

Su vida ha sido desgarradora, sacrificada, para salir de un contexto pobre y pacato ante el que sólo cabía ser extranjero (guía turístico, acaso). Tenía sentido del humor como para negociar el precio de la noche de hotel donde iba a morir, proteger a su coche huérfano del desguace o impedir que su ropa personal, ya inútil, fuera un estorbo para la pensión habitual. Pero, sobre todo, poseía el coraje necesario para anticiparse a la indignidad a la que nos somete la enfermedad y la muerte aplazada. Ha sido libre. En vez de quejarse, ha visto la ventana abierta, como aconseja Epicteto, para salir con un coctel mortal. Ha vigilado que su vida acabara siendo a su hechura en vez a manos de la fatalidad. Ha sido, plenamente, libre.

Conviene ver la vida como un camino en cuyo recorrido, antes o después, debemos devolver el esqueleto –en palabra del Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. La paradoja que nos atenaza a la mayoría antes de dar fin a la vida en el momento decidido es que “luego… nadie encuentra el momento adecuado para morirse…”. La vida está llena de fatigas. Nadie perspicaz y lúcido encuentra demasiados motivos para estar mínimamente alegre. Todos necesitamos una voluntad férrea  para sobreponernos. Pero, después de todo, casi siempre, al más pobre de la tierra, ya moribundo, si le dicen “esta ha sido tu patética y perra vida, si la repites será igual de paupérrima en esta segunda ocasión, ¿quieres repetir vida?”, seguro que contesta “dame otra más igual”. No es el caso de Carlos Santos. Con una entereza envidiable, puso fin a su vida. Sólo se sintió reconfortado por dos voluntarios también plenos de fortaleza, sus compañeros en el trance de la muerte. Aliviaron su soledad. Ha querido abrir un debate sobre la muerte voluntaria cuando la vida ya es indigna. Se negó a vivir míseramente. Con sabia resolución, se empeñó en darse una forma de vida libre. No admitió, por ello, la adversidad inmunda. Su último viaje no ha sido a países ignotos abarcables en la palma de su mano. Se embarcó en el fondo oscuro de la única noche que no clarea, la más misteriosa de las noches.