Las estrellas del Ateneo de Madrid bajo el franquismo

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Julián Sauquillo

Estas estrellas fueron cercenadas de la ornamentación del Ateneo, debido de la paranoia del franquismo. Se trataba de acabar con cualquier resto republicano dentro de la represión de todo lo que fuera “confabulación judeo masónica”. Los franquistas serraron literalmente la ornamentación estelar de la verja, del mobiliario y de las escaleras que conducen a la biblioteca de la “docta casa” en previsión de que condujeran al camino de iluminación y estudio. Ocurrió en 1952, bajo la presidencia de Florentino Pérez Embid. Postergaron a Segismundo Moret y a Rafael María de Labra de su posición prioritaria entre los bustos del salón de actos, por masones conocidos, y colocaron, en su vez, a Juan Donoso Cortés y a Marcelino Menéndez Pidal en los laterales de la palestra. Llegaron a pedir la ayuda de los bomberos para acceder al maravilloso mural del techo del salón de actos, obra de Arturo Mélida, para borrar paletas, lámparas de aceite, compases y cartabones. Pero el camión no podía acceder por la escalera. La persecución castradora era muy congruente con los tiempos sombríos que se deseaban perpetuar. Tales huellas tardaron mucho en ser restablecidas, en 1995, con el proceso de normalización de su vida democrática.

En verdad, las paranoias totalitarias distorsionan la realidad. Las estrellas no son una invención masónica e ilustrada. La masonería hizo acopio de una tradición antigua. Las estrellas son un símbolo precioso del gnosticismo, desde los cuatro primeros siglos de nuestra era en múltiples sectas radicales según Jacques Lacarriére. Para tal secta, vivimos bajo la bóveda de la noche, que representa el oscuro mal que nos envuelve. Tan solo existen unas desgarraduras en el manto maléfico que nos tapa. Son las estrellas por donde entra la luz y el bien. A tanto mal solo le cabe un contraataque con mucho más mal, como si de una cura homeopática gnóstica se tratara. En realidad, la historia del arte está llena de estrellas gnósticas. Vayan dos alusiones excelsas. En algún momento de las Cartas a Theo de Van Gogh, el pintor está entrando en la locura. Come en un modesto restaurante sombrío donde solo los petos de las sirvientas clarean con su blancura. Las frutas del comedor todavía representan el color de la naturaleza y por las persianas entornadas entran rayos de luz. Son destellos salvíficos en la tenebrosidad absoluta. También en Las Hilanderas de Velázquez se repite el insólito esclarecimiento de la tenebrosidad. Un grupo de mujeres se afanan en hilar en la modesta penumbra, mientras al fondo un chorro de luz parece tenerlas en una alegoría que las rescata de sus penas. Pero el totalitarismo no puede detenerse en finezas en su persecución de la ilustración. Apaga cualquier luz.

Ahora, el Ateneo de Madrid ha explicado en una exposición y una publicación la trama franquista que se cernió sobre sus estrellas. En su sala de retratos de personajes ilustres -donde Manuel Azaña decía que allí se colgaban los rostros de los mayores que cada generación quería superar simbólicamente como en un ritual caníbal- se acaba de celebrar una exposición sobre estas estrellas. De su estela ha quedado un libro: Las estrellas del Ateneo (diciembre de 2010) que narra polifónicamente los episodios de una defenestración. La investigación de tal censura ha sido detectivesca. Carpinteros, forjadores, tapiceros se pusieron manos a la obra y un fotógrafo inmortalizó a las estrellas decapitadas. Hasta hace tres años, no aparecieron ornamentaciones herméticas, figuras geométricas, tapadas bajo mediocres tapetes. Todavía quedaban restos de esta defenestración y disimulo de todo rastro masónico, bajo los símbolos muy antiguos.

La sede del Ateneo, dotada de las estrellas de marras, fue inaugurada en 1884 por Cánovas del Castillo con la asistencia de Alfonso XII. Con gran asonada republicana por la asistencia del rey. Los republicanos pidieron la dimisión de la junta directiva por la presencia del rey. Desde entonces, la sede social de la institución refleja los méritos y deméritos de la misma sociedad contemporánea donde se inscribe. A diferencia de otras instituciones donde todo es circulación de personas e ideas –comercialización de productos culturales-, el Ateneo es un remanso social donde los gobiernos se intentan inmortalizar y algunos desean perpetuarse en el cargo. La vida social de la “docta casa” refleja los vicios y virtudes de Madrid. Algún día, habrá que hablar de sus estrellas entre el fondo maléfico de la vida: de Julio Luelmo, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, César Navarro, Julio Caro Baroja, Agustín García Calvo, José Siles, Miguel Ángel Pérez de la Canal, Matías Díaz-Padrón,… De las estrellas geométricas, sólo avanzo que, al final y en el fondo, el paranoico siempre lleva razón. Los templos existen y al viejo político conservador algo se le pasó.

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