Yo negrata, tú esclavo

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Juan Ángel Juristo *

Para los amantes de los festejos necrológicos, aniversarios y demás eventos, este pasado año nos ha traído, entre otras muchas cosas, el que rindamos homenaje por el centenario de su muerte a Mark Twain, el padre de la literatura moderna en los Estados Unidos y modelo de lo que debe ser, sobre todo hoy, un periodista. Los eventos, mundiales, se han desarrollado con normalidad, es decir, se ha elogiado hasta la hartura al creador de Tom Sawyer y su importancia en la historia de la literatura y, de paso, se han editado sus libros más célebres procurando no dar demasiado bombo a sus escritos sobre religión donde la chanza que escribió entre Adán y Eva en el Paraíso es, todavía hoy, una bomba de relojería. Hasta aquí todo en orden, todo en orden hasta que un catedrático norteamericano se ha descolgado, se publicará este mes de febrero en aquel país, con la edición expurgada de Huckleberry Finn, donde se ha sustituido la palabra negrata, “nigger”, que aparece doscientas veces, por esclavo y donde, de paso, también se han cebado con el despectivo de indio. No voy a entrar en detalles tan obvios como condenar cualquier tipo de bobalicón puritanismo, no es nueva la cosa desde aquellas ediciones expurgadas de Shakespeare que hacía Charles Lamb en la puritana Inglaterra de Victoria, pero sí llamar la atención sobre la prepotencia que está adquiriendo la estupidez en nuestros días y eso sí es peligroso.

Don Marcelino Menéndez y Pelayo era un carca pero, sobre todo, uno de los grandes filólogos de la Europa de su tiempo. Así que cuando se encontraba con algún diálogo escabroso que había que traducir de un original griego o latino sencillamente no lo traducía y nos endilgaba la frase tal cual había salido de Catulo o Aristófanes, pero no se le ocurría cambiarlo por otra cosa. A eso se le llama respeto y es algo con lo que muchos nos hemos educado hasta formar parte de lo que debe ser un ideal de cultura. Y henos aquí que el tal cátedro, de quien no quiero reproducir su nombre al igual que se hizo con el que quemó la biblioteca de Alejandría, justifica la cosa porque, dice, le molesta ver escrita esa palabra en un texto y ni corto ni perezoso, cambia un atributo despectivo hacia una raza por otra palabra que designa un estado, ya que se puede ser esclavo sin ser negro. Desde luego que el cambio es tonto pero imagínense que le hubiera dado por sustituir la palabra negrata por ciudadano afroamericano, que es lo suyo en el canon de la corrección política que por allí se usa, el cachondeo se hubiese escuchado por medio mundo y el detalle inquisitorial hubiese quedado en agua de borrajas.

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No. Son estúpidos pero también perversos, nada inocentes. En Alemania, otra patria adelantada de la corrección política, se dieron cuenta de que la novela de Agatha Christie, Diez negritos, así se la conoce en todo el mundo, se titulaba originalmente, Y no quedó ninguno, y para no herir sus propias susceptibilidades, desde entonces así ha quedado para que quede impreso y bien impreso en el imaginario de cualquier infante alemán. En Bélgica un tribunal tiene que dilucidar si prohíbe o no Tintin en el Congo por contener frases despectivas hacia los negros y poseer connotaciones racistas. Y así podíamos multiplicar los ejemplos, casi siempre teniendo a los negros como excusa, mientras ese continente de donde son originarios muere diezmado por el hambre, el sida, las guerras y la esclavitud, para algunos una bendición porque por lo menos comen, en las minas que saquean la nueva modalidad de amos blancos en forma de amos chinos.

No. Son estúpidos pero, sobre todo, perversos. La mentalidad de una inquisición blanda se ha apoderado de Occidente, es decir, una inquisición que manipula y condiciona como recurso último antes de repartir las bofetadas, lo que la distingue de la anterior, tan bruta, tan poco sofisticada, tan de los tiempos anteriores a la propaganda moderna. Saben que lo mejor es manipular los textos, es decir, la memoria, a fin de presentar una Arcadia en el imaginario que no deje ver el infierno en el que estamos. Un consuelo me queda: a cien años de la muerte de Mark Twain todavía sus textos molestan. No cabe mayor elogio para un autor de su estilo. Yo, para rendirle homenaje, a partir de ahora me declaro antes que esclavo, negrata. Es lo que deberían hacer las personas decentes.

(*) Juan Ángel Juristo es critico literario y escritor.

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