Trinidad, constitucionalista

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Julián Sauquillo

Corría el año 1984 y yo acababa de escribir mi primer trabajo encargado por el conocidísimo Diego López Garrido. Se acababa de inaugurar la Revista de las Cortes Generales y yo había publicado, precozmente, una reseña en su tercer número. Tenía tanta ilusión y me las prometía tan airoso que forré literalmente un ejemplar. Aunque no deba hacerse esto con las publicaciones periódicas. Sobre todo, porque su contenido sufre el paso del tiempo todavía más que la celulosa del papel. ¿Quién nos iba a hablar, entonces, de revistas electrónicas? Pese a mis esperanzas, mi ascenso no se confirmó y sigo escribiendo reseñas. Además, sigo siendo tan iluso, por lo menos, con todo lo que escribo y donde escribo. Ni he ascendido ni cambio, me digo. No he llegado a nada. Pero, entonces, mis esperanzas estaban cobradas. Una de las personas que leyó mi reseña fue Trinidad Jiménez, nada menos. Quizás por la propia confusión y azoramiento de mi escritura, me pidió, en la Facultad, el mismo libro que reseñé. Hoy escribo con el libro devuelto al lado. Un ejemplar gastado por el tiempo y usado profusamente por una joven estudiante algo menor que yo: El postsocialismo de Alain Touraine. ¡¡Qué barbaridad!! Su título, inevitablemente, ha adquirido un significado distinto entre el año ochenta y hoy. Quizás ella lo haya olvidado. Pasó demasiado tiempo. Pero no debo seguir por aquí –me digo– parece que estoy pidiendo un cargo.

Todo esto viene a mi memoria como si fuera de la serie televisiva El túnel del tiempo. Su revalidación se debe a las declaraciones vertidas por la hoy Ministra de Asuntos Exteriores. De su paso por Túnez, Egipto, Siria… han quedado unas declaraciones públicas muy meditadas sobre la utilidad de nuestro modelo de transición democrática –el procurado con mucho mérito por Adolfo Suárez– para estos países. Si hubo un tiempo de transiciones en Alemania y la Europa del Este, hoy, indudablemente, se abre una esperanzadora nueva ola de transiciones: no sólo las mencionadas, también las anunciadas en Argelia y Marruecos. Nuestra transición democrática ya obró como ejemplo para los países latinoamericanos que salían de dictaduras.  Y pueden darse, hoy, modelos como el español u otros. Por el momento, queda la prudencia de la Ministra formada en la Universidad Autónoma de Madrid de señalar la idiosincrasia de cada país  árabe y los diferentes ritmos de reforma de cada lugar.

No cabe duda de que el proceso constituyente, que dará lugar a nuevas Constituciones en aquellos países, es un acto de poder que incluye y excluye a partes de la población. Un acto de poder que, en el mejor de los casos, operará mediante mayorías, como dijo Francisco Rubio Llorente, en un contexto general. Y no puede ser de otra forma. Un acto de poder que no puede estar abierto mucho tiempo. A veces tiene que cerrarse con la aprobación de un texto constitucional en la Asamblea Constituyente y en el referéndum sin ultimar todo lo fundamental. Nuestro Consejo de Estado señala –en el Informe para la Reforma Constitucional (2006)– cómo se dejó para un momento posterior a la entrada en vigor de nuestra Constitución nada menos que la determinación del número de autonomías y ciudades autonómicas. Y no pudo ser de otra manera. Así debió hacerse.

En las transiciones en los países de Europa Central y del Este no siempre se han dado propiamente Asambleas constituyentes, extraordinarias, pues han sido sustituidas por “mesas de diálogo” (Round Table Talks) y asambleas ordinarias (Polonia, Bulgaria, Rumanía y Checoslovaquia). No es el mejor ejemplo. Los modelos constitucionales suponían una auténtica importación en aquellos países y las élites políticamente formadas, deseables para el cambio,  eran una auténtica excepción.  Polonia contó con estas élites pero no los otros países. Es una ficción suponer que los consensos constitucionales necesarios se delinean en una situación racional perfecta de acuerdo ciudadano, sin estrategias. Razonar  como si esos consensos se hubieran producido en situación de absoluta imparcialidad es muy ideal. Posiblemente, la labor de las constituyentes sea mucho más parecida a la obtención ardua de un equilibrio de poder  que a la culminación de un consenso constitucional neutral y sin intereses.

Nunca hay una construcción constitucional de nueva planta que cree efectos normativos inéditos. La Asamblea constituyente puede dirigir con guías las ramas crecidas de la historia nacional pero no podarlas. La metáfora que mejor ilustra el trabajo de la constituyente, en términos más reales, es un jardinero que dirige los elementos naturales que se encuentran en el perímetro de un jardín hacia una dirección correcta. Menos gráfica de este trabajo de diseño constitucional es la imagen de un ingeniero que funda una constitución política absolutamente nueva. Las transiciones ponen de manifiesto en términos descriptivos más una negociación que un consenso colectivo perfecto. Nunca hay una tabula rasa señalan tanto Claus Offe como Jon Elster. De aquí que el proceso constituyente deje abiertos problemas constituyentes derivados de la negociación entre fuerzas e intereses del pasado y fuerzas constituyentes que desean una ruptura.  Así que resulta difícil hablar de revoluciones –como se hizo ahora impulsivamente- para referirse a las transiciones en estos países mediterráneos. Cambiarán su forma política. Se garantizarán allí los derechos fundamentales hoy vulnerados. Pero, siempre habrá un juego político entre las élites que gobernaron y las que hicieron la oposición. Podrá darse un cambio en la forma de Estado. Pero será impensable una destrucción drástica de su maquinaria y una nueva creación de su aparato. Y, en el mundo real ajeno a los sueños, tampoco podrá ser de otra manera.

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