El precio de las piruletas y la Cumbre europea

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Francisco Serra

Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel conversan, ayer sábado, mientras caminan por un corredor de la sede del Consejo de la UE, en Bruselas (Bélgica). / Oficina de prensa del Gobierno alemán (Efe)

Un profesor de Derecho Constitucional fue a comprar el pan, acompañado de su hija. La niña llevaba unas pegatinas rosas que pensaba regalar a la chica que, muy amable, todas las mañanas, al tiempo que alargaba la pequeña chapata al profesor, le ofrecía a ella una pastita. Más tarde, en el mercado, tenía intención de seguir repartiendo pegatinas entre los proveedores habituales que siempre le daban una piruleta o, en ocasiones especiales, un huevo kinder. El día anterior, en el autobús, mientras su padre miraba por encima los titulares del diario, ella había desplegado el periódico gratuito que todas las mañanas ponía en sus manos la repartidora y, después de pasar rápidamente las hojas, había comentado, satisfecha: “No, no ha subido el precio de las piruletas. Solo un poco. Voy a mirar ahora el de los caramelos”.

El profesor, que creía recordar haber visto descrita una escena parecida en las tiras de Mafalda, pensó que la buena ficción acaba de modo inexorable convirtiéndose, tarde o temprano, en realidad. El comportamiento de su hija no estaba tan alejado del suyo propio, que llevaba meses abriendo el periódico por las páginas de economía para comprobar con alivio que no había subido la prima de riesgo o el Ibex no se había desplomado. Aunque muchos de sus amigos y parientes más próximos habían invertido sus ahorros en Bolsa en los años previos a la crisis y los habían visto muy mermados, en su caso no había tenido posibilidad alguna de llegar a contar con ingresos que poner a rentar, pues en los últimos años su salario se había reducido bastante y solo el brusco descenso y luego la moderada alza del euríbor le habían concedido un pequeño respiro.

Del mismo modo que su hija indagaba todas las mañanas una posible subida del precio de las piruletas, el profesor intentaba interpretar, como un augur ante las vísceras de un animal recién sacrificado, los crípticos artículos en los que lúgubres economistas presagiaban los mayores males para la economía española y, en consecuencia, para su propio bolsillo, ya casi vacío. Cada cumbre europea que se anunciaba le hacía temer los mayores males, porque los Estados europeos parecían empeñados en una enloquecida carrera por recortar gastos sin tomar en consideración si esas drásticas medidas afectaban a la prestación de servicios esenciales para los ciudadanos.

La semana pasada, tras una animada tertulia en una terraza con Ismael Melville y su amigo Alfonso (un filólogo retirado que ahora dirigía una bella colección de clásicos para la editorial Dykinson) sobre la nueva edición castellana de La rama dorada de Frazer, el famoso antropólogo, había visto llegar a la plaza de Prosperidad una de las columnas de manifestantes del 15-O y más tarde se había unido a ella en las inmediaciones de la plaza de Cibeles, observando la presencia de figuras conocidas, como el filósofo Javier Sádaba, que deambulaba entre la multitud. Abriendo al azar el célebre libro en los días siguientes, muchas de las conductas que allí se describían no le parecieron tan alejadas del momento presente. La concentración en la plaza y el posterior peregrinaje hacia la Puerta del Sol no era más que una muestra de la rápida conversión de ese lugar en recinto sagrado, centro de una nueva religión secular que se extendía progresivamente por toda la Tierra.

Frente a esa demanda generalizada de un mundo que no se moviera por intereses solo económicos, la acción de los políticos tradicionales permanecía apegada a las viejas categorías, a la persecución de objetivos inmediatos sin atender a fines ulteriores.

El anuncio de la celebración de una cumbre europea, en vez de generar confianza, suscita mayores incertidumbres y no aporta soluciones, más bien es el origen de otros problemas. Para la economía española, cada reunión de los dirigentes de la Unión no hace más que acrecentar los temores de una intervención no solicitada. Se proponen nuevas pruebas para demostrar la solidez de unas instituciones que pueden desmoronarse no tanto por su debilidad interna (que tal vez es similar a la de las que operan en otros Estados) como por un miedo irracional, que parece haberse extendido por todos los resquicios del “mercado común europeo”.

Europa es apenas algo más que un “mercado” gobernado por el temor. A una “economía del miedo” va a sustituir en breve una “política del miedo”, las barreras que no llegaron a derribarse ahora se volverán a alzar y la política común europea, que debía haber surgido “de toda la fuerza común”, nunca llegará a nacer a no ser que toda una generación de mediocres políticos que tan solo se preocupan por lo que pueda suceder en un minúsculo territorio de alguno de sus Estados deje paso a otra forma de hacer política, para la que no hacen falta cumbres, sino holzwege, “caminos del bosque” (aunque acaben convirtiéndose en “sendas perdidas”, que no salen de ningún lugar ni llegan a ninguna parte); no grandes elecciones, sino plebiscitos cotidianos, de los que pueda emerger la verdadera Europa.

El profesor le dio un currusco de pan a su hija y emprendió el camino a casa, cargado con las bolsas de la compra, sabiendo que una vez más iba a ser muy difícil que Merkel, Sarkozy y los demás líderes europeos consiguieran la pegatina rosa y era muy probable que al día siguiente, con horror, los dos comprobaran en sus respectivos diarios que la economía española se dirigía hacia una nueva contracción y encima se había disparado el precio de las piruletas.


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