El Fraga que yo conocí

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Santiago Chivite *

El autor del artículo, con Manuel Fraga, el 2 de febrero del pasado año, en la RFEF. / Archivo personal de S. C.

La última vez que vi a Fraga fue en febrero de 2011 en la Federación Española de Fútbol, en Las Rozas, en el acto en el que la Selección Española recibió la medalla de oro de la Comunidad de Madrid. Don Manuel llegó aquel día en silla de ruedas, encogido, bien vestido, con los ojos caídos, silencioso. Le vi entrar y pregunté qué hacía allí. Me dijeron que se apuntaba a todo lo que le ofrecían ir. Activo como siempre, imparable, sin tener en cuenta ni el deterioro de sus piernas ni el cansancio de su mente. Le colocaron a un lado, delante de la primera fila de butacas. Estaba solo, como aparcado, mientras a su alrededor revoloteaban, saludándose y besándose, muchos cargos políticos del partido que él fundó y que o no le conocían, o no le habían visto entrar, o procuraban no acercase a él en exceso. Corrección política. Presente frente a pasado. Juventud frente a vejez acentuada. Ingratitud o ignorancia. ¿Sabrían muchos de ésos que tenían trabajo gracias a aquel viejo gallego?

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Yo, que había sido de su equipo de prensa en Génova, me acerqué a él ilusionado. Le saludé y me presenté por mi nombre. No pareció identificarme, pero le recordé que estuve en prensa con él en Génova. “Ah sí, sí…” dijo en voz tan baja que ahora dudo hasta si lo dijo. Pero yo lo oí. Como nadie más venía a hablar con él, tuve tiempo de decirle que había sido un honor para mí trabajar a su lado, que tenía un grato recuerdo de Carmen, su mujer, con quien coincidí en Perbes y que sería para mí un honor hacerme una foto con él. Supongo que me dijo que bien, y me la hice. Mi última foto con Fraga.

A partir de 1984, y durante dos años, hasta que él se fue tras la despedida desde la ventana de la sede de AP en Génova, formé parte, junto con otros periodistas, de la Oficina de Información de Alianza Popular, nombre que recibió el primer gabinete de prensa de un partido político en España. Pionero Fraga. Ni para entrar a trabajar en Génova ni después nadie me pidió carné de partido, ni me analizó el grupo sanguíneo, ni me hizo pronunciar votos de fidelidad y servicio al PP (entonces AP). La verdad es que entré con pocas ganas, pero accedí a pedir la excedencia en el Ya, donde trabajaba, por la promesa de que iba a ser un trabajo profesional; y porque pagaban mejor que en el periódico, claro.

Con Fraga aprendí a no perder el tiempo. Un día, y después de un largo viaje de don Manuel a Hispanoamérica, llamaron a prensa para que subiéramos al despacho del Presidente a informarle sobre las noticias nacionales más relevantes sucedidas en España durante su ausencia. Como ese día estaba yo al frente de la Oficina de Información, subí con una carpeta en la que había uno o dos folios tan solo con los titulares de las noticias más importantes. Me tocó pasar al despacho de Fraga junto a Jorge Verstrynge, entonces secretario general. “Prensa, novedades de estos días”, pidió don Manuel. Y le entregué la carpeta. La abrió, vio la hoja y cerró la carpetilla: “Muy bien. secretario general, ahora usted, y aprenda de prensa a ser breve”.

La brevedad, la concisión. En una ocasión tuve que viajar con él a Valencia, íbamos en coche, en el famoso Volvo blindado. En la parte delantera del vehículo se sentaban el conductor y un escolta; detrás, Fraga y yo. El jefe de la Oficina de Información, el periodista Enrique Beotas, quiso ponerme en antecedentes sobre cómo debía conducirme con Fraga, especialmente a la hora de aguantar el silencio si él estaba leyendo o no deseaba hablar. Y, para que lo entendiera mejor, me contó que en una ocasión iba él con don Manuel en un ferry de los que hacen el trayecto entre la península y Ceuta o Melilla, no recuerdo. El caso es que Fraga, apoyado en una de las barandillas del barco, y mirando al mar, comentó el paso por aquellas latitudes de fenicios y árabes, de romanos y moriscos, sus actividades, sus aportaciones a Europa, su concepción del comercio y del trato entre los pueblos vecinos. En un momento determinado Fraga se calló y Beotas, para mostrar que había estado atento, y seguramente muy entretenido con cuanto le contó don Manuel, sacando lo mejor de su capacidad admirativa, comentó: “Don Manuel, cuánta historia nos contempla desde estas aguas”. Y Fraga le miró de soslayo: “No diga usted chorradas, amigo Beotas”. Genio y figura. Alejamiento de las frases hechas. Necesidad de síntesis, siempre necesidad de síntesis y de decir algo interesante o de callar. Pero me sirvió para que no me importara ir a Valencia pegado a él y en silencio prácticamente total. Eso sí, le tuve que dar algún suave codazo cuando se caía sobre mí en alguna de sus cabezadas.

Fraga no contaba nunca chistes, sino anécdotas. Y muchas. Pero siempre sucesos interesantes por su contenido y por los personajes, casi siempre históricos, que los protagonizaban: Churchill, Adenauer, Atila, el Aga Khan, Catón o Alejandro Magno, sin evitar a Godoy o Ramiro II el Monje. Cabeza privilegiada, memoria de opositor, genio de tímido. Y acción, huracán, no parar. Como en aquella precampaña gallega en la que cada día visitábamos una media de 18 pueblos. Yo estaba allí, nadie me lo ha contado. Eran tiempos en que nos acompañaban en nuestros periplos políticos algunos periodistas, para los que los servicios de prensa (hoy comunicación) habilitábamos uno o dos coches conducidos por chicos gallegos de Nuevas Generaciones. Pues bien: íbamos al primer pueblo y prestábamos atención al tema del que hablaba el patrón a los vecinos, luego al segundo y al tercero. Una vez que comprobábamos que el contenido de sus charlas era el mismo en todos (Fraga era el mitinero más disciplinado de toda AP, nunca se salía del guión común marcado desde Génova para cada jornada) la caravana de periodistas y yo mismo nos saltábamos tres pueblos y esperábamos al líder en el cuarto, tomando un pulpo a feira o unas zambouriñas y un ribeiro. Y así hasta que llegábamos al lugar del mitin central, que solía producirse en un salón inmenso, ante dos mil personas a las que se había servido un almuerzo frío en bandejas de plástico. Mientras comían los demás, Fraga dedicaba fotos a cuantos se lo solicitaban hasta que concluía el acto. En muchas ocasiones se iba sin haber probado bocado.

Y así, andando de lado a lado, como era habitual en él (“Zapatones”, le decían algunos), se alejaba con las manos siempre llenas de papeles, de informes y de informaciones de prensa que él mismo recortaba a tirones. Nosotros, los periodistas de la oficina de información jamás le mutilábamos los periódicos. Le dábamos cada día un juego de prensa completo y él mismo lo seleccionaba. Prensa nacional e internacional, por supuesto. Todo lo leía, todo lo recortaba, todo lo guardaba. ¿Será verdad eso de que tenía habitaciones enteras llenas de recortes de prensa de toda su vida política? Una vez esperábamos en el aeropuerto de Lavacolla la salida del vuelo Santiago-Madrid. Estábamos solos los escoltas, él y yo. Le llevé un juego completo de prensa diaria de Galicia y de Madrid. La devoró. Volví con todas las revistas políticas que había en el kiosco. En un momento determinado, un escolta me dijo: “Chivite, que don Manuel ya ha terminado de leer la prensa y está mano sobre mano”. “Pero si ya no hay más prensa”, le contesté. “Pues tú verás”. Le miré, estaba inquieto, buscando algo con la mirada. Me levanté, fui al quiosco y volví a comprar la prensa del día. Toda otra vez. Y la volvió a mirar y a recortar. Menos mal que en ese momento avisaron que había que embarcar.

Ahorrador, detallista, hasta casi roñoso, cuidadoso, exquisito con lo que no era suyo y con lo suyo también. Yo solía acompañarle en Galicia en los meses de verano, bien a algunas visitas a pueblos que hacía en alguna precampaña (el jefe de la Oficina de Información le acompañaba en las campañas propiamente dichas) o en encuentros con prensa, a los que dedicaba algunos días de su estancia en Perbes, en La Coruña.

Recuerdo una de esas citas informativas, concretamente una con Luis del Olmo, entonces en Radio Nacional de España, con el que habíamos acordado una entrevista en directo, Fraga en su casa y del Olmo en los estudios centrales de Madrid o Barcelona, es lo mismo. Acudí yo a la casa de Fraga con tiempo, recibí al equipo móvil de la radio, le hice pasar al salón desde donde hablaría el presidente de AP y los técnicos empezaron a colocar cables y micro. Se iba acercando el momento de empezar la entrevista y gente del equipo de radio me comentó que tenían dificultades de enlace con la emisora central. Nervios, llamadas, sustos… No había manera. No se pudo realizar la conexión. ¿Quién se lo decía a Fraga? De acuerdo con Carmen, a quien le conté los apuros, y antes de que apareciera Fraga, se habilitó la conexión a través del teléfono particular de la casa, desde donde se consiguió conexión. Salió Fraga, saludó a los técnicos, le colocamos en el sitio y enlazamos con Luis del Olmo. Se hizo la entrevista, por cierto muy bonita, grata, perfecta. Al terminar, y mientras se recogían los cables, me llama Fraga a un aparte. “Amigo Chivite, ¿a cargo de qué teléfono se ha realizado esta entrevista?”. “La verdad, don Manuel -salí yo-, ha sido una entrevista magnífica, llena de información, Luis del Olmo ha quedado encantado…” Me cortó en seco: “Le pregunto a usted que quién ha pagado esta conexión telefónica”. Y yo empecé a soltar excusas, que si la técnica, que si el directo… “Pues que sea la última vez que pago yo una conferencia telefónica, que esto es una casa particular y tiene su propia economía”, cortó. Lo oyó su mujer, Carmen, y cuando me vio solo me dijo que no le hiciera caso, que era un cascarrabias, y recuerdo que me ofreció un bombón de una bandeja que había en un lado del comedor. Me dijo también que siempre que hiciera falta se haría como se había hecho, que no me preocupara. Y no me preocupé. Aún diría más: me quedé asombrado de que aquel hombre, del que decían que le cabía el estado en la cabeza, tenía sitio para atender la pequeña economía doméstica de su casa.

Desconcertante. Políticamente incorrecto. Los de prensa batallábamos con él muchas veces inútilmente. No era ese político disciplinado, condescendiente, que tuviera en cuenta ni corbatas ni conveniencias, ni imágenes ni historias. Genio (mucho) y figura, aunque fuera desgarbada.

En uno de los encuentros individualizados con medios de comunicación que celebraba los veranos durante su estancia en Galicia, acordamos una entrevista con el diario Ya de Madrid, entonces aún existente. Aquí hubo anécdota doble: con el redactor y con el fotógrafo del periódico. Resulta que estaba entrevistándole el periodista y, al parecer (los de prensa no estábamos nunca en las entrevistas por respeto al informador y a su libertad para preguntar), Fraga se extendió hablando sobre España y Europa, sobre el papel de unos y otros en la Unión Europea que se avecinaba, el significado de esa unión de pueblos, la oportunidad histórica única, etc., cuando el informador le dijo, a modo de comentario. “Pero, don Manuel, ¿usted se cree todo esto que dice?”. Lo haría sin mala intención, pero Fraga no estaba para matices: “Mi querido amigo, abandone usted el salón, esta entrevista ha acabado”. El entonces joven periodista salió cabreado, que si este tío, que qué se ha creído, que se va a enterar de lo que voy a poner en el periódico… Mientras tomábamos un albariño en un bar cercano a la casa, conseguí calmarle. Ante unos trozos de empanada gallega completamos entre los dos las respuestas que no le había dado aún y el periodista pudo tener su entrevista, que era para lo que había venido desde Madrid.

Pero no acabó todo ahí. Hice pasar al fotógrafo del Ya para que realizara su reportaje fotográfico, sin decirle a Fraga de qué medio era. Y resulta que en un momento determinado Fraga se plantó ante una pared de su casa (y en chándal azul, qué pavor) bajo unas inmensas cabezas óseas de ciervos, rematadas por unas cuernas generosas, amplias, rizadas, que parecían coronar generosamente cabeza y frente del líder político. Me miró el fotógrafo, aterrado. “Don Manuel -se me ocurrió decir- convendría pasar al despacho para completar el reportaje, con la playa al fondo, tras las cristaleras, que aquí la luz no es buena”. Me miró: “Mi querido amigo, aquí estamos bien y esto es todo, que el fotógrafo ya sabrá qué hacer”. Finalmente el diario tuvo que echar mano de fotografías de archivo. Las de Fraga “coronado” no eran de recibo.

Fraga, Manuel Fraga, “Manoliño” para sus paisanos, siempre preocupado por las cuentas del partido para el que muchas veces pedía dinero. En una ocasión un empresario gallego, y muy amigo suyo, vino un día a Génova a ver al “Patrón”. “Mi querido amigo -le dijo Fraga- haber venido a verme te va a costar un millón de pesetas”. El gallego amigo calló, sacó la chequera y le extendió el talón. “Toma, Manolo. ¿Puedo preguntarte para qué quieres este millón?”. “Que te responda a esa pregunta te va a costar otro millón”, le contestó Fraga. No sé si lo quiso saber o no.

Es verdad que Fraga parecía un poco bruto, ruidoso en sus respuestas, a veces imprevisible, temible para los que le veían desde fuera. Para los de dentro, al menos para mí, no tanto. “Don Manuel -le pidió una periodista al finalizar una conferencia en el Club Siglo XXI-, ¿me podría resumir la conferencia que acaba de pronunciar?”. “Mi querida amiga, ése es su trabajo. El mío, pronunciarla, y ya lo he hecho”.

Fraga ha muerto en un piso de 90 metros cuadrados. Me quedo con sus recuerdos, sus frases, su sentido de España, como han dicho tantos. Pero me quedo con el Fraga emotivo de aquellas idas y venidas en campañas políticas por los pueblos de Galicia, cuando a la noche, después del último encuentro masivo con afiliados, se retiraba al hotel a descansar. Yo le esperaba en el mostrador de recepción a donde acudía a pedir la llave de su habitación. “Buenas noches, mi querido amigo. ¿Alguna novedad?”. Le entregaba la carpeta con el resumen de teletipos del día y alguna comunicación que le había llegado desde Génova. “Nada, don Manuel. Solo esto”. Paraba un momento sus andares de vaivén, torpones, me cogía el sobre y me miraba un momento a los ojos. “Muchas gracias. Buenas noches”. Y reanudaba su marcha, en medio del silencio del hotel, acompañado por sus escoltas, camino del ascensor. Se ponía las gafas y aún tenía fuerza para ver los últimos teletipos mientras se cerraba la puerta y quedaba a oscuras el pasillo.

(*) Santiago Chivite es periodista. Fue subdirector de la Oficina de Información de AP y jefe de prensa del Grupo Popular en el Congreso. Ha publicado, entre otras obras, Cope: una cadena de radio en busca de su identidad (Fragua, 2008).
4 Comments
  1. Elvira Huelbes says

    Bonito recuento de anécdotas, Santiago, pero sólo una corrección. La última anécdota la protagonizó un periodista – no «una»- de RNE, de cuyo nombre soy incapaz de acordarme, que llegó tarde a la conferencia. Se comentó mucho entonces en la radio.

  2. luis says

    Magnífico artículo, Santiago.

  3. Susi says

    Bonito recuerdo y bonitas palabras Santi. Un beso grande.

  4. Susi says

    Bonito recuerdo, bonitas palabras Santi. Un abrazo.

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