Rajoy, la crisis, el fútbol y las témporas

Juan Carlos Monedero *

Como las constituciones las escriben los que ganan los conflictos sociales, en la Constitución alemana e italiana está recogido el derecho de rebelión, prudencia cuyo doble fin no era sino, por un lado, evitar que cualquier alevín de Hitler o de Mussolini pudiera volver a elegir la barbarie como opción democrática, y por otro, dificultar que en el nuevo camino político los alemanes volvieran a perder de vista un orden territorial descentralizado -que pudiera regresar otra república de Berlín-, la democracia - fortaleciendo para ello los partidos y la división de poderes-, y también, asunto nada menor, para garantizar la redistribución de la renta -sabedores los vencedores de que no hay democracia sin un mínimo material cubierto-. Por eso el Tribunal Constitucional alemán se pronuncia constantemente. No es voz de su amo: interpreta y defiende la Constitución.

Debido a que en España, tanto en 1939 como en 1977, no fueron precisamente los antifascistas los victoriosos (sino todo lo contrario) la Constitución Española no solamente carece de un articulo como el 20.4 de la Ley Fundamental de Bonn ("Contra cualquiera que intente eliminar este orden -el estado federal democrático  y social- todos los alemanes tienen el derecho de resistencia cuando no fuera posible otro recurso"), sino que blinda al gobierno -aunque sea mentiroso-, a los partidos -aunque sean corruptos-, a los jueces -aunque sean venales-, a la Casa Real -aunque sea parasitaria y ladrona- y a la santísima iglesia de Roma -aunque sea rica, homófoba, oscurantista y encubridora de pederastas-, así cada uno de ellos se cisque, cuantas veces se vean apretados, en el preámbulo de la Constitución y en cada uno de los artículos que recogen derechos ciudadanos o fórmulas que caminen hacia una "democracia avanzada".

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Aunque la tradicional desmemoria socialdemócrata quiere entender ahora, en este desgobierno de Rajoy, que la razón asiste al pueblo del reino de España a rebelarse contra los que dinamitan su Constitución, habría que recordarles que la reforma del articulo 135, aprobada entre el PSOE y el PP en septiembre de 2011, ya llevó a que se empezara a plantear el derecho a la rebelión contra la ruptura del pacto social perpetrada en sede parlamentaria. El hecho de que votantes del suelo firme del PP -pensionistas, policías, farmacéuticos, militares o usuarios del toro de Osborne y su entorno - salgan a la calle a recordar las trazas de estafa de lo que está pasando, puede envalentonar a los que presumiblemente harían lo mismo de estar en el gobierno. Sin embargo, no conviene olvidar que es precisamente la socialdemocracia, desde el Pasok griego al partido socialista francés, pasando por el PSOE de González, Zapatero y Rubalcaba, quien ha venido haciendo con los mercados lo que hicieron sus pares en los años 30 con Hitler bajo supuesta voluntad de apaciguamiento. Con uno de cada dos jóvenes en el paro, con las puertas de la universidad cerradas otra vez a las clases populares, con los enfermos y sus familias pagando dos veces las medicinas, con Fabra, Camps, Rita Barberá y Urdangarín en libertad -este último con contrato renovado por Telefónica de 1'5 millones de euros-, con casi 6 millones de parados, con los servidores públicos con el sueldo bajado y luego congelado durante dos años (además de ser insultados constantemente y nuevamente golpeados con la retirada de esa compensación salarial mal llamada paga extra), con este panorama, parece evidente que la pusilanimidad del PSOE deja de ser prudencia para pasar a ser cobardía.

Pero todos tienen sus razones. ¿No pudiera ser que el PSOE no vaya mas allá -al igual que los sindicatos-, porque la gente simplemente no los seguiría? ¿No son partidos de izquierda y sindicatos reflejo de su sociedad? Aunque algo de voluntad falta. Malos tiempos cuando los representantes de los trabajadores solo quieren representar la voluntad popular pero no conformarla. De eso, que se encargue la televisión. O el fútbol. ¿Quién mejor que el fútbol? ¿O ya no nos acordamos de lo importante que ha sido ganar tres competiciones internacionales seguidas?

Pues eso. El fútbol. ¿O no hemos visto un grado de pasión colectiva con motivo de la victoria de España en la Eurocopa inédito a la hora de frenar desahucios, de recuperar puestos de trabajo, de echar a políticos ladrones e incompetentes, de tomar fábricas, de reclamar una educación digna o una sanidad decente -y por tanto pública- o de quemar aun simbólicamente a los responsables políticos de tanto bosque que arde en verano porque no se cuidó en invierno? Hace tiempo que la cultura y la política dejaron de competir con el fútbol. Valencia ardía pero Rajoy andaba en Ucrania celebrando los goles de la roja. Teatro, conferencias, estrenos aplazan sus horarios para no coincidir con el partido del siglo de cada semana. La universidad no convoca a nada que ocurra a la misma hora que un derby. Los médicos hacen cesáreas adelantadas para llegar al fútbol y los partidos hace tiempo que dejaron de medirse con los partidos. Que siempre ha habido clases, aunque en verdad quería decirse "equipos".

Terry Eagleton -del marxismo tenía que  venir- dejaba claro recientemente que el fútbol era un leal amigo del capitalismo. Ganas de provocar. Los rasgos que analizaba solo buscaban, claramente, cuestionar a la gente que, además de golpeada, parece que debía renunciar al único placer que les quedaba. No en vano, el fútbol es un invento a la altura de la iglesia, de la democracia parlamentaria, de las monarquías.

El fútbol -sostiene Eagleton-, a diferencia de la alta cultura, es incluyente y cada semana te recrea lo sublime. En un mismo ejercicio une el talento individual con el "abnegado trabajo colectivo", juntando la competición y la cooperación, la lealtad y la rivalidad en un mismo escenario sin contradicciones. Los futbolistas son, a diferencia de otras profesiones, como cualquiera de nosotros y como nosotros mezclan encanto y ordinariez. Tienen novias normales y acuchillan a la flor y nata de las top model. Encienden cigarros con billetes de 500 y cuando pueden le compran un piso a su madre. La gente común es experta en el fútbol. Pueden no saber por qué el banco central presta a los bancos al 1% y los mismos bancos lo colocan a los estados al 7%, pero muestran una erudición encomiable, junto a una memoria principesca, al debatir sobre asuntos deportivos, recitar una alineación o recordar un arbitro. Y se puede participar. ¿O acaso no es cierto que hay mas debate en las tertulias deportivas que en los círculos cerrados del tertulianismo político? ¿No tienen más canales los aficionados para cambiar de presidente -o de entrenador- que el que tienen los ciudadanos para cambiar a cualquier político, robe, mienta, insulte a los parados o sea un inútil? El fútbol sigue sumando. La "fuerza del púgil y la fragilidad de la bailarina" se juntan en ese escenario de tradición y posmodernidad, donde, sereno o borracho, compartes el pasado y los anuncios de cereales del presente, al tiempo que te entregan himno (a nosotros, que no tenemos), manera de vestir, identidad de grupo e iconos a los que adorar y servir. Recuerda Eagleton que nada preocupaba más al poder que saber qué hacer con los trabajadores en su tiempo libre. Los reyes se inventaron las maniobras para que los soldados no saquearan las ciudades cuando no guerreaban. El capitalismo hizo otro tanto con el fútbol para tratar con exquisitez a los exigentes ciudadanos. Pueblos desocupados se hacen preguntas inconvenientes y pueden hasta llegar a plantear respuestas inadecuadas.

Cuentan los especialistas que, precisamente por cuestiones de ubicación, el culo no tiene nada que ver con las témporas. Las témporas de este ejemplo no eran las oraciones propias de la vigilia a la entrada de las estaciones, sino el nombre de las sienes (de ahí la denominación del hueso temporal). Y una cosa es lo que está al lado del entendimiento y otra lo que está al final de la digestión. En Canarias invitan a no confundir el culo con las pestañas. Es lo mismo. Confundirlas, en uno u otro caso, no puede ser sino señal de torpeza o de mala intención. ¿Crisis, fútbol, Rajoy? ¡Pero qué tendrá que ver el culo con las témporas!

Estamos, y ya son millones los que la sufren, en mitad de una guerra entre las elites europeas, peleadas entre sí, no a la búsqueda de una solución (que hable también de medio ambiente, de China y de América latina), sino por ver quién va a ser capaz de cargar sobre otra ciudadanía externa el peso del ajuste. Quien fracase, tendrá que hacerlo sobre la propia y eso dificultará su continuidad. Pero en algo coinciden todas las elites europeas: no se puede salir si no se sincera la diferencia entre el dinero y la riqueza, esto es, si las 70 veces más de dinero que existe (en papel y en dinero contable) no termina pareciéndose a la riqueza real que existe en nuestros países. Si el PIB de España es aproximadamente de 1 billón y medio de euros, hay 100 billones de euros a los que hay que asignar riqueza real. Y cualquier camino es algo más que doloroso: un proceso hiperinflacionario (donde todo valga 70 veces más), una guerra que obligue a empezar de nuevo con muchas necesidades y pocas preguntas, o quedándose los que se salven con las propiedades de todas las españolas y españoles durante dos o tres generaciones. Rajoy lo sabe. Y también Rubalcaba. El problema es que también lo saben Merkel y Monti y Hollande y Samaras. Todos quieren que el ajuste lo paguen las ciudadanías de los otros países. Les va en ello su puesto de trabajo.

Entonces, ¿está todo perdido? ¿Existirá todavía alguna forma de distraer a la gente para evitar que ponga las ganas, la rabia y el esfuerzo en salvar la democracia, en salvar precisamente "su" democracia? ¿Vamos a ver a Rajoy saliendo en helicóptero del palacio de la Moncloa? ¿O la resignación se va a convertir en el credo ciudadano? ¿Pasión vicaria en el fútbol y el miedo o una recuperación de Neptuno y la Cibeles para la democracia?

La realidad no es evidente. Es más fácil saber cuándo pierde la selección que cuándo pierdes tu futuro. Con el agravante de que ese partido no se juega todas las semanas. La mirada de cada cual siempre es funcional. Lo que no queremos ver terminamos no viéndolo. No se trata de confundir el fútbol con las témporas, sino de entender que cuanto antes digamos "hasta aquí", antes empezaremos a repensarlo todo. Con referentes sociales que nos abran puertas. Que nos ayuden a ver que estamos ante un nuevo tipo de golpe de Estado. Que miren desde otros lugares y que midan su validez en el dialogo de la calle. Que sienten las base de un nuevo proyecto constituyente. Que dejen de confundir el culo con las témporas. Que entiendan que ya hemos perdido una parte sustancial de nuestra democracia.

(*) Juan Carlos Monedero es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid y director del Departamento de Gobierno, Políticas Públicas y Ciudadanía en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.