Elecciones catalanas en los tiempos de la «España bonsái»

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Francisco Serra    

Imagen: Flickr de norio.nakayama

A un profesor de Derecho Constitucional, hace unos años, le regalaron un bonsái. Era muy hermoso, con su robusto tronco y sus delicadas ramas, diminuto pero con la rara perfección de lo quimérico. Tal vez no supo podarlo con el esmero debido o no lo regó lo suficiente y en poco tiempo acabó mustiándose, hasta que, por último, el profesor lo arrojó, con cierta tristeza, al cubo de la basura. Poco antes había estado en Japón y había peregrinado, como muchos otros curiosos, a Omiya, una localidad a las afueras de Tokio en la que abundan los viveros y conocida, con razón, como Villa Bonsái. Allí había podido admirar bellísimos ejemplares de minúsculos árboles que eran preparados con mimo por esforzados jardineros.

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En España hasta no hace mucho los bonsáis eran casi desconocidos. La mayoría nos enteramos de que existían cuando trascendió que Felipe González los coleccionaba. El gran estilista de la lengua, Rafael Sánchez Ferlosio, imaginó en uno de sus más célebres artículos que el líder socialista había hecho traer desde el lejano país asiático a un anciano monje taoísta encargado de la difícil tarea de su cuidado y que se alimentaba de modo frugal, aunque el examen del punto de cocción de su arroz requería la vigilancia directa de la mismísima Carmen Romero.

Cuando regresaba a casa después de recoger a su hija a la salida del colegio pasaban siempre frente a un chalet rodeado por un muy cuidado jardín, del que una vez vieron salir corriendo, airado, al que parecía ser el encargado de la finca, dando grandes voces. La niña se asustó y, desde entonces, siempre aceleraba el paso al llegar frente a la verja y susurraba, temerosa: “¡Vamos rápido, papá, que viene el jardinero feroz!”.

Hace unos días, al profesor, leyendo la Historia mínima de España, escrita por un famoso historiador, le dio por pensar que también debiera escribirse una “historia de la España mínima”, pues parecía como si la nación se hubiera enpequeñecido, se hubiera transformado en un diminuto bonsái, con toda la apariencia de un árbol gigantesco, pero en tamaño reducido.

En la “España bonsái” las querellas entre los partidos políticos, las tensiones territoriales parecen adquirir enormes proporciones, pero en el fondo, la globalización las convierte en “historias mínimas”, disputas de patio de vecindad, muy molestas, pero que carecen del aliento de las cuestiones existenciales. A la “España invertebrada” de Ortega y Gasset ha sucedido la “España bonsái”, que para un espectador solo es posible distinguir después de observarla con detenimiento.

Muchos anhelan la aparición de un “jardinero de hierro” que pode con sus grandes tijeras las hojas y las ramas que han crecido en exceso, pero quien tenga unos mínimos conocimientos de jardinería debe saber que un bonsái solo puede manejarse con la máxima delicadeza y una vez que ha sido sometido a tratamiento jamás podrá convertirse en un árbol de dimensiones normales, está condenado a ser una bella miniatura.

La España que tenemos, la “España bonsái”, la “España mínima”, no puede dejarse en manos de un inexperto que recorte sin ninguna cautela, sino que debe ser sometida a un riguroso proceso por medio del cual se eliminen las minúsculas hojas secas para que, vivificadas, aparezcan las nuevas. Para nuestra desgracia los economistas que dictan las directrices políticas nada saben de la vida de las plantas y creen adivinar la existencia de brotes verdes sin haberlas regado previamente; mas nada puede crecer, ni siquiera un bonsái, sin antes haber sido alimentado.

Hoy no tiene ningún sentido suspirar por España “una, grande y libre”; basta una España “mínima”, lejos de las rutas imperiales, pero en la que quepamos todos, nación de naciones o incluso Estado de Estados, patria común en la que se reconcilian la identidad y la diferencia, la única posible en un mundo en el que ya no tienen futuro los países entendidos a la manera tradicional.

Después de acostar a su hija el profesor se sentó ante el ordenador para escribir uno de los post, “ensayos bonsái”, con los que desde hacía dos años y medio venía poblando cuartopoder. En el mundo moderno la literatura imitaba a la vida, pero en los tiempos de la postmodernidad, es la realidad la que emula a la ficción y, terminada ya la época de los grandes relatos en la Historia, ahora todos vivimos micro-relatos, en los que no hay protagonistas, sino una multitud sin rumbo en perpetuo deambular. La España imperial encontró su espejo en las andanzas de un ingenioso hidalgo; en los tiempos de la “España mínima”, la “España bonsái”, todos pululamos por la Red, la mayoría de las veces sin ingenio alguno.

2 Comments
  1. Don Incómodo says

    Parece que algunos catalanes, algunos y Mas a la cabeza, quieren llevar a las dieciseis comunidades autonómicas y dos ciudades autónomas restantes como dieciocho bellos bonsais al Parque Güell como parque temático animado por la Sardana

  2. Rendi says

    Bueno, yo de momento seiugre9 parasitando en los asuntos web.Pero sed es ceirto que cuando uno se mete en esto del soft libre acaba necesitando colaborar (tutos, plugins, foros )#1 – por

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