El 14 de abril, jaque al saqueo

Hugo Martínez Abarca *

Las primeras apariciones en público de Juan Carlos de Borbón tras la cacería de Botsuana fueron un viaje a Brasil rodeado de las principales fortunas españolas (aquel viaje en el que Botín iba en bermudas corporativas) para buscarles negocios en América Latina y los funerales por el príncipe heredero y ministro del Interior (es decir, de la represión) de Arabia Saudí, país donde, según nos cuentan, el propio Juan Carlos de Borbón había jugado un papel fundamental en la consecución para constructores españoles de la obra del AVE que unirá La Meca y Medina. Mientras, hemos conocido detalles de la corrupción en torno a carísimos eventos financiados desde las instituciones y organizados por los duques de Palma y las cuentas en Suiza sobre las que la Casa Real sigue “recabando información” mientras presume de querer ser incluida (de forma “limitada”) en la Ley de Transparencia.

El desplome de la Casa Real no afecta sólo a la imagen personal de quienes la encarnan. Con todo lo revelador que es, lo menos trascendente de lo que estamos conociendo es la crueldad de quien se divierte matando elefentes, la vida de lujo que ello (o la herencia de su padre) da a conocer frente a la propaganda cortesana que narraba una familia real austera, o la doble moral de una monarquía católica que no parece ajustarse con demasiado rigor a los preceptos de la familia tradicional que pregona el casamentero de Felipe y Letizia, Rouco Varela.

La clave de lo que estamos conociendo es que lejos de tener un papel simbólico, la Corona ha jugado el papel de bisagra en el entramado de grandes negocios en beneficio de una cúpula económica engrasada por la cooptación de las élites políticas. Que el caso Nóos vaya en paralelo al caso Gürtel (en el que los eventos de financiación pública también eran el instrumento que servía para el saqueo) y que tengamos la primera noticia sólida de cuentas en Suiza de Zarzuela a la vez que vamos conociendo cuentas en Suiza del PP a nombre de Bárcenas sirve para ilustrar que más allá de no ser una familia “ejemplar” han sido un instrumento del engranaje que desde antes de la Transición ha vinculado nuestro crecimiento económico a la escopeta nacional, al chanchulleo facilitado desde el poder político con la esperanza de que cayeran migajas (o incluso migajones) del saqueo a una parte del pueblo que se considerara afortunada de un crecimiento que se cocinaban los poderosos.

La burbuja económica, lógicamente, ha pinchado a la vez que la política y arrastra necesariamente a  la institución que ha servido de vértice y ejemplo de toda una cultura político-económica. La crisis de la monarquía es la crisis del régimen, es la crisis de la cultura de la Transición que ya nadie niega. Cómo se interpreta y afronta la crisis de régimen es lo que hoy permite distinguir las distintas propuestas de salida a la crisis (o de perpetuación en la misma): una hacia un modelo neoliberal postdemocrático, otra un inmovilismo que pretende salvar el régimen del 78 y considera posible (y deseable) recuperar los años dorados del crecimiento de los 90 y una propuesta de ruptura democrática que construya un nuevo edificio político-económico.

De esas tres opciones empieza a ser un consenso que el inmovilismo setentayochista es una quimera. Ayer mismo publicaba El País una encuesta demoledora para la monarquía y el bipartidismo y un artículo de Julián Casanova titulado “Monarquía o república” reconociendo el desplome de las instituciones de la Transición y la ineficacia acaso definitiva de la monarquía como garante de tales instituciones. El régimen de la Transición se desploma y la partida que se juega es entre las otras dos posiciones: el shock neoliberal postdemocrático y la ruptura democrática hacia un proceso constituyente. Supervivencia de los saqueadores o supervivencia de un pueblo que se niega a seguir siendo saqueado.

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Este 14 de abril es el primero en el que tal crisis de régimen es el ámbito de enfrentamiento político del que penden los demás debates. Coincide justo con el primer aniversario de la caída del rey en Botsuana que hizo inevitable la apertura del cuestionamiento público del pilar del edificio institucional que había vivido rodeado de silencios y complicidades.

Hace ya años que el 14 de abril no es una fecha nostálgica que recuerde la II República sino, sobre todo, una expresión de la reivindicación de la III República. Pero nunca como este año la propuesta republicana ha pasado de ser más o menos utópica o idealista a ser una opción inmediata de salida a la demolición del edificio. En todo caso el 14 de abril remite a un republicanismo que no es meramente cosmético sino que en el imaginario popular remite a profundos avances en democracia y derechos humanos, a conquistas educativas, a separación Iglesia-Estado, a justicia social… La repulsa a la monarquía que pueda darse en reductos ultraderechistas huye mucho más del 14 de abril que de la Corona.

Si conseguimos la ruptura democrática vendrá por la fortaleza en muchos frentes: el político-institucional, el cultural, el mediático, incluso el judicial… pero necesariamente tendrá que tener el soporte de una grandísima movilización popular. Ésta empezó a tener cimientos sólidos el 15 de mayo de 2011, pero este 14 de abril tiene que dar un salto hacia la construcción de un nuevo país con cimientos democráticos. Ese rumbo ya empezó a construirse con las manifestaciones del 25 de septiembre por un proceso constituyente, pero no cabe duda de que este 14 de abril tiene que ser un hito de la movilización contra el saqueo y por la construcción de una democracia real, sin privilegiados ni corruptos al mando. Si el 14 de abril llenamos las calles no sólo estaremos haciendo un jaque al rey: estaremos haciendo un jaque al régimen del saqueo.

(*) Hugo Martínez Abarca es miembro del Consejo Político Federal de Izquierda Unida y autor del blog Quien mucho abarca.