La vigencia de la ideología

Víctor Arrogante *

Hay quién dice que el marxismo es una filosofía obsoleta, que procede del siglo XIX. En el mejor de los casos dicen que sus principios y propuestas son pura utopía y que no están vigentes; cuando no que es una aberración intelectual, representada con cuernos y rabo. Y eso lo dicen precisamente quienes profesan ideas que provienen del siglo I. Una organización jerarquizada, homófoba y antidemocrática, y que ha estado dominando los designios de la humanidad, a sangre y fuego. Me considero marxista por la fuerza de la razón.

Algunos pensarán que me he quedado encastillado en la concepción del siglo XIX, pero no es así. Salvando las distancias y los avatares históricos, la mayoría de las circunstancias de entonces, políticas, sociales y económicas, siguen estando vigentes hoy, como vigente es la necesidad de unidad de la  mayoría social para cambiarlo todo.

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Han transcurrido casi dos siglos y algunas de las reivindicaciones de entonces se pueden seguir haciendo hoy. Ha cambiado el modelo social. Ha surgido la llamada «clase media» y al proletariado se le denomina productor, trabajador y trabajadora. Pero la clase dominante sigue siendo la misma de entonces: los que tienen todo y todo lo pueden.

La esclavitud, tal y como la conocemos por las películas ­­de romanos y demás, ha podido desaparecer, pero la esclavitud de la miseria de siglo XIX está presente en nuestra realidad. Esclavos son quienes sin tener nada, lo deben todo; esclavitud intelectual y política, frente al poder financiero; esclavitud al fin y al cabo, con distintas connotaciones económicas, políticas y sociales, pero esclavitud, y la libertad como principio para ser verdaderamente libres.

Los privilegios de la “burguesía” y del poder político siguen estando tan vigentes como vigente están la dominación de los “mercados financieros” sobre la economía de la ciudadanía y de los propios Estados. La justicia social, la desigualdad y la solidaridad siguen siendo proclamas y reivindicaciones necesarias y urgentes de conseguir para el mayor bienestar y dignidad de hombres y mujeres. En fin, al buen entendedor le sobran información y elementos de juicio, como para entender que las circunstancias históricas no son las mismas; pero si lo son determinadas situaciones que hacen que las mujeres y hombres de hoy sigamos estando sometidos al poder político y económico de la clase dominante.

Hoy como ayer, haciendo un análisis marxista de la realidad injusta en la que vivimos, vemos que la emancipación de la clase trabajadora —«el proletariado», la inmensa mayoría de la población, que solo tenemos la fuerza del trabajo para sobrevivir—, significaría la emancipación de toda la humanidad; por lo que, para que reine la justicia social y la libertad sea una realidad, es necesario transformar el modo de propiedad de los medios de producción; así como la estructura socio-económica tal y como está concebida; cambiar el propio Sistema, que permite la explotación de la mayoría de la sociedad, en beneficio de la minoría. La minoría poderosa, que ostenta la mayoría de la riqueza y de los medios de producción, sigue siendo, como ayer, la clase explotadora de la mayoría que nada posee, los explotados.

El «Programa Máximo» del PSOE en 1880 reflexionaba y hacía unas propuestas, basadas en principios marxistas, porque socialista y marxista era el partido; y decía que la sociedad es injusta, puesto que divide a sus miembros en dos clases desiguales y antagónicas: la clase dominante, la burguesía, que posee los instrumentos de trabajo; y la clase dominada, el proletariado, que no posee nada, salvo su fuerza vital. Y que esta situación es la primera causa de la esclavitud en todas sus formas: «la miseria social, el envilecimiento intelectual y la dependencia política». Y esto es posible, porque los privilegios de la burguesía están garantizados por el poder político, del que se vale para dominar a los trabajadores. ¿Estoy trasnochado? ¿No es exactamente lo que hoy ocurre?

Hoy como ayer, la necesidad, la razón, la dignidad y la justicia social exigen que la desigualdad desaparezca. Para ello hay que hacer desaparecer la estructura social que lo permite. Pero esto no se puede conseguir sino es «transformando la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad común de la sociedad entera». Esto es: más Estado social, nacionalizaciones y menos privatizaciones, para mayor bienestar.

Si entonces eran aspiraciones, hoy lo siguen siendo. ¡Trabajadores del mundo, uníos!

(*) Víctor Arrogante es profesor y columnista. En Twitter, @caval100.