Allende y la izquierda española

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Antonio García Santesmases *

SantesmasesConmemoramos cuarenta años del  trágico final de la Unidad Popular en Chile y es el momento de preguntarnos cómo vivimos aquellos hechos en España, cómo influyó en nuestro proceso de transición a la democracia, qué efectos tuvo en la definición ideológica de la izquierda española.

Veníamos de hechos pasados que marcaban nuestra percepción de la realidad. Por situar una fecha habría que recordar 1968. Lo que Manuel Sacristán denominó el doble aldabonazo había removido muchas conciencias: los sucesos ocurridos en París  mostraban los límites del cambio en las sociedades del capitalismo avanzado; y la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia en Praga  hasta donde estaba dispuesto a llegar el marxismo-leninismo a la hora de defender el principio de soberanía limitada para los países pertenecientes al bloque del Este.

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Los partidos comunistas español e italiano habían reaccionado criticando la invasión de las tropas soviéticas. Para sorpresa de muchos, Fidel Castro apareció como el defensor incondicional de la invasión. En medio de estas dos interpretaciones, de los que apoyaban lo que después se denominaría  eurocomunismo y de  los que defendían la vigencia del marxismo-leninismo soviético,  emergía  la gran esperanza chilena. Salvador Allende aparecía como el defensor de una vía democrática al socialismo  que respetaba la legalidad constitucional,  reconocía el pluralismo político y  amparaba el Estado de derecho.

Una vía que recordaba muchas de las esperanzas de la España republicana de los años treinta. En España había Frente Popular y en Chile Unidad Popular. En España había partidos socialista y comunista,  y en Chile también. En ambos países jugaba un papel esencial la democracia cristiana y en ambos casos se valoraba el rol que podían jugar las Fuerzas Armadas.

A partir de aquí venían las diferencias. En la España republicana tenía una enorme presencia la CNT, en Chile no había anarquistas pero sí tenía fuerza un Movimiento de Izquierda revolucionaria que no confiaba en una vía democrática, legal y  pacífica hacia el socialismo. También había cambiado el mundo cristiano. En la república española, el mundo católico se alineó mayoritariamente a favor del golpe militar, con la excepción muy relevante de lo ocurrido en Cataluña y en el País Vasco. En Chile, el mundo cristiano se había fragmentado y  mientras un sector muy poderoso apoyó el golpe, otro sector de la democracia cristiana estaba por mantener la legalidad constitucional. Había emergido igualmente una izquierda cristiana en los ámbitos populares y había aparecido públicamente el movimiento de Cristianos por el socialismo.

Las revistas españolas  de la época, como Triunfo, seguían el experimento chileno con gran interés: muchos  recordarán  el artículo de Enrique Tierno Galván de marzo del 73 dando cuenta de su intervención en un seminario  universitario de debate en Chile acerca de las posibilidades de una vía democrática al socialismo que respetara la legalidad.

En este clima es fácil de entender que  el golpe de Pinochet supuso  un mazazo tremendo  para las aspiraciones de una izquierda democrática y reformista. Todo eran preguntas: ¿qué había ocurrido?,  ¿qué había fallado?,  ¿cómo era posible haber confiado en la constitucionalidad de las fuerzas armadas?, ¿era cierto como decía Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista Chileno, que las burguesías sólo aceptaban a los socialistas siempre y cuando éstos no quisieran el socialismo?

Todas estas grandes preguntas emergieron en aquellos meses posteriores al golpe militar. Para la generación que entonces presidía el PCE en París era como volver a vivir los sucesos de los años treinta en España. Con la diferencia de que en España una parte del ejército fue fiel a los valores republicanos. Gracias a su lealtad y a la valentía de los sectores populares el golpe franquista no triunfó. El abandono de las democracias europeas fue decisiva para la victoria del bando franquista apoyado por la Italia fascista y la Alemania nazi.

Todo eso es historia y es conocido pero la rememoración no quedó ahí; el final trágico de la Unidad Popular influyó decisivamente en la izquierda española y europea. No se puede entender la aparición del eurocomunismo, las reflexiones de Berlinguer en Italia y los debates en Francia acerca de la unidad de la izquierda sin tener en cuenta el dramatismo de lo ocurrido. Había que asegurar grandes mayorías que avalaran los cambios sociales y que permitieran hacerse con la hegemonía de los procesos políticos.

Un influjo decisivo de lo ocurrido en Chile se produjo también en el pensamiento político de la izquierda. En los años setenta el marxismo gozaba de un gran predicamento en el mundo intelectual y las grandes preguntas aparecieron inmediatamente. Fue el socialista italiano Norberto Bobbio el que las resumió a la perfección: ¿existe una teoría marxista del Estado?, ¿hay alguna alternativa a la democracia representativa?; ¿qué socialismo es posible?

Los hechos ocurridos en Chile no movieron únicamente a la solidaridad; provocaron una gran reflexión en las organizaciones políticas de la izquierda y en los centros de pensamiento. Una reflexión que abonó la vía de la moderación, de la prudencia, del consenso, de evitar a toda costa una fractura irreversible de las sociedades democráticas. Esa prudencia durante tiempo se entendió que había sido la gran virtud de la transición en los países del Sur de Europa a la hora de acabar con las dictaduras. Una transición que, en el caso español, se interpretaba durante años que podía ser un modelo para acabar con las dictaduras del Cono Sur. Mucho se escribió entonces y en los años posteriores acerca de  la posibilidad de exportar el modelo español a Uruguay, a Chile, incluso a Argentina.

¿Cuándo cambia el paradigma de la prudencia, de la moderación, del consenso? Pienso que el cambio fundamental en el caso de Chile se produjo a final de los años noventa con la detención en Londres  del general Pinochet. Al igual que en el caso español la transición había tenido mucho de desmemoria, de pasar la página, de echar al olvido las querellas del pasado. Un echar al olvido que ayudaba a la estabilidad política pero que condenaba a la desmemoria y al sufrimiento de las victimas.

En este contexto, que un juez español, Baltasar Garzón, a instancia de unos abogados españoles (como Joan Garces), ordenara la detención de Pinochet irrumpió como un vendaval que cambiaba todas las percepciones. Un cambio que no sólo afectó a las doctrinas jurídicas sino que penetró radicalmente en los valores políticos de los procesos de transición. ¿Hasta donde debía llegar el silencio?; ¿se podían iniciar procesos democráticos sin saldar cuentas con el pasado?

A partir de ese momento todo cambia. Durante mucho tiempo la transición española aparecía como el modelo en el que había que mirarse.  Se había logrado una Constitución democrática alcanzando la concordia sin remover los agravios respectivos, enterrando los odios  y  logrando la reconciliación. A partir de lo ocurrido en Argentina y en Chile esa lectura comienza a ser cuestionada. ¿Cómo es posible que la justicia española ordene la detención de Pinochet y acabe expulsando de la carrera judicial al magistrado que la ordenó?; lo ocurrido con Baltasar Garzón  ha marcado la valoración de la transición española, de aquel modelo idílico de los ochenta al cuestionamiento del momento actual.

Son pues muchas las cuestiones que suscita el recuerdo de Allende. Una me parece esencial para terminar. Para algunos, en la vitrina de los héroes están los revolucionarios triunfantes, los líderes que han sobrevivido años y años a distintos avatares. Allende aparece, por el contrario, como la figura trágica que paga con su vida la apuesta por un socialismo democrático. Por ello quizás es hoy tan valorado. Son tantos los que olvidaron  que no era posible socialismo sin democracia que su figura aumenta en el recuerdo. Tan alejado del marxismo-leninismo como del populismo, tan cercano a los valores republicanos, humanistas y socialistas, su figura se agranda con los años.

Se agranda también pese a  los que igualmente han olvidado que tampoco es posible una democracia auténtica sin políticas solidarias, sin atender a las necesidades de la población, sin defender los derechos económico-sociales. Se recuerda mucho y es verdad que no es posible socialismo sin democracia (ahí está el final de los países del este para confirmarlo), pero se olvida que tampoco cabe una democracia auténtica sin políticas inspiradas en los valores del socialismo y del republicanismo, del humanismo y de la fraternidad, como las que Allende encarnó y que hoy nos recuerda Loach al evocar el espíritu del 45.

(*) Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la UNED. (Allende y la izquierda española es un resumen del autor de su intervención en un ciclo organizado por el Centro de la Diversidad Cultural de la Embajada de Venezuela).
1 Comment
  1. HoChi says

    Todo ok, profesor, salvo que olvidó cuando escribe «…Tan alejado del marxismo-leninismo como del populismo, tan cercano a los valores republicanos, humanistas y socialistas» Qué también está alejado de una socialdemocracia sin horizonte socialista, como gerentes buenos del capitalismo. Allende y la Unidad Popular abrieron la posibilidad de una vía nacional, pacífica, democrática, independiente, pluralista al Socialismo… Pero al Socialismo, no a una gestión «social y de derecho» del capitalismo. Por lo demás, completamente de acuerdo. El golpe a Allende fue algo más que el enésimo golpe a un presidente deocrático. Fue una contrarevolución imperialista y neoliberal.

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